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 Enero 2008 nº 244 - DOCUMENTOS

Elecciones en Guatemala
Votar o no votar
Publicado en “Voces del Tiempo”: revista de religión y sociedad, en noviembre de 2007


Un domingo soleado en la ciudad capital, pero con brisas más bien frescas. Ideal para volar barriletes, tradicionales en estos primeros días de noviembre. Al mediodía ya escuchamos noticias acerca del alto abstencionismo que caracterizó esta “segunda vuelta”, en la que la ciudadanía guatemalteca era llamada a dirimir en las urnas el “empate técnico” entre los dos candidatos que desde el 9 de septiembre quedaron como punteros. Se trató de escoger entre Álvaro Colom, de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) y el general retirado Otto Pérez Molina, del Partido Patriota (PP).

El contexto en que se desarrolló este acontecimiento, al que difícilmente se pudo aplicar el calificativo de “fiesta cívica”, explica la raquítica respuesta que estaban dando los guatemaltecos y guatemaltecas a esta convocación. En primer lugar, más de la mitad de la población apenas sobrevive en la pobreza, no tanto porque Guatemala sea un país pobre, sino porque sus riquezas están repartidas asimétricamente: un pequeño sector acumula los recursos mientras la gran mayoría no tiene el ingreso mínimo que le permitiría vivir con dignidad. Y a un pueblo hambriento no se le puede motivar para participar activamente en política. Somos un ejemplo de lo que se ha llamado la combinación de democracia política y de fascismo social.

En segundo lugar, desde la solemne suscripción de la paz “firme y verdadera” en 1996, esta paz no se ha verificado en la realidad sino ha resultado ser, aparte de algunos magros logros, de papel. Siguen inalteradas las principales causas del conflicto armado interno que durante 36 años deshizo nuestro tejido social. Seguimos siendo una sociedad desgarrada por el racismo y la injusticia social. Para muchos eran, pues, demasiadas las decepciones experimentadas para que emprendieran el camino a los centros de votación.

Entre las dos propuestas, finalmente, muchos no reconocían una substancial diferencia: en ambos casos se trataba, en su opinión, de ofertas avaladas por las élites del poder y en ambos casos se sospechaba la influencia de financistas oscuros, cuyos millones procedían del narcotráfico y/o del crimen organizado, aunque fueran de facciones opuestas y rivales entre sí. En todo caso, y este fue otro argumento para no ir a votar o para nulificar su voto, el país se encuentra minado por estas mafias, que tienen comprados a sus fieles socios en cada institución estatal: en los especialistas del Poder Ejecutivo, en el Parlamento y en las estructuras encargadas de administrar la justicia. Además, ¿de qué espacio disponen actualmente los Gobiernos nacionales para tomar decisiones autónomas, cuando los fundamentos de la política vienen dictados por unas pocas instituciones globalizadas que concentran las tomas de decisión como si fueran voceras de algún invisible Gobierno supranacional?

Finalmente, la ausencia de una alternativa popular influyó en la consigna del voto nulo por parte de grupos social y políticamente conscientes pero cansados de tener que votar, una vez más, por el mal menor. Otros, en cambio, optaron por dar su voto a Colom, para evitar la desgracia del regreso al autoritarismo militar y al estilo verticalista y pro-empresarial de un candidato cuya trayectoria personal incluía el haber participado activamente en la represión de la población civil en el altiplano indígena y en las secciones encargadas de la inteligencia militar. La consigna de la “mano dura” les recordaba el modo de gobernar a sangre y fuego, asumido por el general Pinochet en Chile. Prometía liberar a la población de una de las plagas más graves y más sentidas del momento: de la inseguridad que se sufre en las calles de Guatemala y del alto número de actos delictivos y violentos que nos convierte en un país altamente peligroso. Pero el remedio de la mano dura, que anunciaba mayores castigos y más “limpieza social” y se negaba a atacar las causas estructurales de la violencia, podría resultar peor que la enfermedad.

Colom, el ganador

Nunca los resultados de una elección en Guatemala fueron dados a conocer tan rápidamente como este 4 de noviembre. A las 21:30 h. ya se habían contabilizado suficientes votos como para concluir que Álvaro Colom salió como presidente electo. Después de haber propuesto su candidatura presidencial en dos oportunidades anteriores, esta vez lo hizo con éxito. Ganó la contienda con cerca del 53% de los votos válidos contra el aproximadamente 47% que logró el general Otto Pérez. Pero inmediatamente hay que relativizar el peso de estos números, ya que el abstencionismo alcanzó 52% de los empadronados.

El resultado no cayó como sorpresa, aunque los medios de comunicación masiva y especialmente la prensa escrita habían asegurado, sobre la base de encuestas “confiables” aunque también de su propia preferencia, que el Patriota de la “mano dura” saldría como vencedor indiscutible. Únicamente acertó la encuesta de Borje y Asociados, publicada unos días antes por “El Periódico”. Álvaro Colom, ingeniero civil de profesión, cosechó los frutos de las pacientemente construidas estructuras partidarias de la UNE. El pueblo de Guatemala, especialmente el de los departamentos del interior del país, se pronunció en esta oportunidad contra el regreso al militarismo. ¿Cómo promete el recién electo sobrino del querido y visionario alcalde de la ciudad capital en los años ´70 (Manuel Colom Argueta), resolver la inseguridad y la violencia epidémica que convierte en insoportable la vida para nuestra sociedad? Con inteligencia, así reza su propaganda, es decir, no con mano dura, sino atacando sus causas profundas: la pobreza, el desempleo y la falta de serios proyectos de desarrollo rural.

Lo que no deja de provocar escepticismo ante este programa de combate a la inseguridad es la falta de fondos para financiarlo. Somos un país donde quienes están en condiciones de tributar, se han opuesto sistemáticamente a cualquier reforma fiscal. A más de diez años, ni siquiera llegamos al 12% en la tasa que los Acuerdos de paz en 1996 habían postulado como el mínimo, a ser alcanzado en un plazo no mayor de cinco años. ¿Logrará el nuevo presidente esta vez un pacto fiscal y con él la posibilidad de costear las reformas que nos podrán acercar a un razonable nivel de seguridad y gobernabilidad? A pesar de identificarse como socialdemócrata, el presidente electo indudablemente habrá tenido que diluir sus planes, a la hora de necesitar el aval de al menos una parte del empresariado guatemalteco, y no le será fácil vencer su tradicional renuencia a redistribuir el ingreso mediante una nueva política fiscal. Otro escollo a sortear es el combate del poder de los carteles del narcotráfico y del crimen organizado, sin el que será imposible acabar con la impunidad y avanzar hacia un estado de derecho. Incluso hay quienes afirman que representantes de ese poder subterráneo están infiltrados entre los financistas y asesores del mismo partido de Colom. Por otra parte, el electorado se pregunta si tendrá la oportunidad de contar con la recién instalada CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala), con fondos de las Naciones Unidas.

Tareas imprescindibles

Mientras no se descarta la posibilidad de que el rumbo que navegará el Gobierno de Colom lleve a Guatemala a un punto de partida realmente diferente del actual atolladero, habrá que dirigir la mirada a quienes son los verdaderos “vencedores” en la segunda vuelta de las elecciones pasadas: los más del 50% de los ausentes y el porcentaje de quienes le dio su voto para evitar un “mal peor”. Ciertamente, los sectores populares no se reconocieron en ninguna de las dos fórmulas que les fueron presentadas en las boletas del voto el 4 de noviembre.
Intuimos que la sensación de la mayoría de ellos interpretará la victoria de Colom como la de un programa que, a pesar de sus referencias a nuevas políticas sociales y a pesar de la intención de algunos de sus portadores, se inscribe en posturas conservadoras. Esta lectura les pondrá en alerta para no ceder en criticidad ante el Gobierno que en enero próximo relevará al de Óscar Berger y a privilegiar nuevas luchas de concientización y organización, que nos encaminarán a otro sistema político, a otro sistema de partidos y a otra democracia, donde los hoy ausentes serán el principal actor político.

Se trata de tareas imprescindibles que fácilmente salen de nuestra pluma pero requerirán, para llevarlas a la práctica, de mucho esfuerzo, mucha creatividad, mucho replanteamiento de teoría social y política y mucha confianza en las energías inagotables de los pueblos. Éstos, que hoy no son tomados en cuenta o son excluidos del consumo de bienes básicos y del quehacer político vigente, serán el nuevo sujeto.
Este nuevo sujeto, que está en el mapa como ausente y como aquel que no goza de verdadera ciudadanía por razones racistas, genéricas, sectarias y clasistas, es llamado a irrumpir en nuestro escenario social y político, con la misión de rehacerlo y reinventarlo. No lo concebimos como un sujeto que dentro de una nueva ideología pudiera encaminarse a una meta ya trazada, como si ya existiera un modelo de sociedad alternativa que inexorablemente habría que conquistar. Pero se trata de la gente inconforme con el actual estado de cosas, que con modestia y paciencia, y confiando en nuevas inspiraciones, podrá buscar nuevos caminos y ensayar nuevas formas de convivencia en nuestras ciudades y pueblos: una sociedad viable en la que, en lugar del lucro de unos pocos, la vida de todos y todas se constituya en el norte de cada decisión colectiva. Ojalá que la Administración Colom sea un primer escenario para avanzar en esta dirección.


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