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Un domingo soleado en la ciudad capital, pero con brisas más
bien frescas. Ideal para volar barriletes, tradicionales en
estos primeros días de noviembre. Al mediodía
ya escuchamos noticias acerca del alto abstencionismo que
caracterizó esta “segunda vuelta”, en la
que la ciudadanía guatemalteca era llamada a dirimir
en las urnas el “empate técnico” entre
los dos candidatos que desde el 9 de septiembre quedaron como
punteros. Se trató de escoger entre Álvaro Colom,
de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) y el general retirado
Otto Pérez Molina, del Partido Patriota (PP).
El contexto en que se desarrolló este acontecimiento,
al que difícilmente se pudo aplicar el calificativo
de “fiesta cívica”, explica la raquítica
respuesta que estaban dando los guatemaltecos y guatemaltecas
a esta convocación. En primer lugar, más de
la mitad de la población apenas sobrevive en la pobreza,
no tanto porque Guatemala sea un país pobre, sino porque
sus riquezas están repartidas asimétricamente:
un pequeño sector acumula los recursos mientras la
gran mayoría no tiene el ingreso mínimo que
le permitiría vivir con dignidad. Y a un pueblo hambriento
no se le puede motivar para participar activamente en política.
Somos un ejemplo de lo que se ha llamado la combinación
de democracia política y de fascismo social.
En segundo lugar, desde la solemne suscripción de la
paz “firme y verdadera” en 1996, esta paz no se
ha verificado en la realidad sino ha resultado ser, aparte
de algunos magros logros, de papel. Siguen inalteradas las
principales causas del conflicto armado interno que durante
36 años deshizo nuestro tejido social. Seguimos siendo
una sociedad desgarrada por el racismo y la injusticia social.
Para muchos eran, pues, demasiadas las decepciones experimentadas
para que emprendieran el camino a los centros de votación.
Entre las dos propuestas, finalmente, muchos no reconocían
una substancial diferencia: en ambos casos se trataba, en
su opinión, de ofertas avaladas por las élites
del poder y en ambos casos se sospechaba la influencia de
financistas oscuros, cuyos millones procedían del narcotráfico
y/o del crimen organizado, aunque fueran de facciones opuestas
y rivales entre sí. En todo caso, y este fue otro argumento
para no ir a votar o para nulificar su voto, el país
se encuentra minado por estas mafias, que tienen comprados
a sus fieles socios en cada institución estatal: en
los especialistas del Poder Ejecutivo, en el Parlamento y
en las estructuras encargadas de administrar la justicia.
Además, ¿de qué espacio disponen actualmente
los Gobiernos nacionales para tomar decisiones autónomas,
cuando los fundamentos de la política vienen dictados
por unas pocas instituciones globalizadas que concentran las
tomas de decisión como si fueran voceras de algún
invisible Gobierno supranacional?
Finalmente, la ausencia de una alternativa popular influyó
en la consigna del voto nulo por parte de grupos social y
políticamente conscientes pero cansados de tener que
votar, una vez más, por el mal menor. Otros, en cambio,
optaron por dar su voto a Colom, para evitar la desgracia
del regreso al autoritarismo militar y al estilo verticalista
y pro-empresarial de un candidato cuya trayectoria personal
incluía el haber participado activamente en la represión
de la población civil en el altiplano indígena
y en las secciones encargadas de la inteligencia militar.
La consigna de la “mano dura” les recordaba el
modo de gobernar a sangre y fuego, asumido por el general
Pinochet en Chile. Prometía liberar a la población
de una de las plagas más graves y más sentidas
del momento: de la inseguridad que se sufre en las calles
de Guatemala y del alto número de actos delictivos
y violentos que nos convierte en un país altamente
peligroso. Pero el remedio de la mano dura, que anunciaba
mayores castigos y más “limpieza social”
y se negaba a atacar las causas estructurales de la violencia,
podría resultar peor que la enfermedad.
Colom, el ganador
Nunca los resultados de una elección en Guatemala fueron
dados a conocer tan rápidamente como este 4 de noviembre.
A las 21:30 h. ya se habían contabilizado suficientes
votos como para concluir que Álvaro Colom salió
como presidente electo. Después de haber propuesto
su candidatura presidencial en dos oportunidades anteriores,
esta vez lo hizo con éxito. Ganó la contienda
con cerca del 53% de los votos válidos contra el aproximadamente
47% que logró el general Otto Pérez. Pero inmediatamente
hay que relativizar el peso de estos números, ya que
el abstencionismo alcanzó 52% de los empadronados.
El resultado no cayó como sorpresa, aunque los medios
de comunicación masiva y especialmente la prensa escrita
habían asegurado, sobre la base de encuestas “confiables”
aunque también de su propia preferencia, que el Patriota
de la “mano dura” saldría como vencedor
indiscutible. Únicamente acertó la encuesta
de Borje y Asociados, publicada unos días antes por
“El Periódico”. Álvaro Colom, ingeniero
civil de profesión, cosechó los frutos de las
pacientemente construidas estructuras partidarias de la UNE.
El pueblo de Guatemala, especialmente el de los departamentos
del interior del país, se pronunció en esta
oportunidad contra el regreso al militarismo. ¿Cómo
promete el recién electo sobrino del querido y visionario
alcalde de la ciudad capital en los años ´70
(Manuel Colom Argueta), resolver la inseguridad y la violencia
epidémica que convierte en insoportable la vida para
nuestra sociedad? Con inteligencia, así reza su propaganda,
es decir, no con mano dura, sino atacando sus causas profundas:
la pobreza, el desempleo y la falta de serios proyectos de
desarrollo rural.
Lo que no deja de provocar escepticismo ante este programa
de combate a la inseguridad es la falta de fondos para financiarlo.
Somos un país donde quienes están en condiciones
de tributar, se han opuesto sistemáticamente a cualquier
reforma fiscal. A más de diez años, ni siquiera
llegamos al 12% en la tasa que los Acuerdos de paz en 1996
habían postulado como el mínimo, a ser alcanzado
en un plazo no mayor de cinco años. ¿Logrará
el nuevo presidente esta vez un pacto fiscal y con él
la posibilidad de costear las reformas que nos podrán
acercar a un razonable nivel de seguridad y gobernabilidad?
A pesar de identificarse como socialdemócrata, el presidente
electo indudablemente habrá tenido que diluir sus planes,
a la hora de necesitar el aval de al menos una parte del empresariado
guatemalteco, y no le será fácil vencer su tradicional
renuencia a redistribuir el ingreso mediante una nueva política
fiscal. Otro escollo a sortear es el combate del poder de
los carteles del narcotráfico y del crimen organizado,
sin el que será imposible acabar con la impunidad y
avanzar hacia un estado de derecho. Incluso hay quienes afirman
que representantes de ese poder subterráneo están
infiltrados entre los financistas y asesores del mismo partido
de Colom. Por otra parte, el electorado se pregunta si tendrá
la oportunidad de contar con la recién instalada CICIG
(Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala),
con fondos de las Naciones Unidas.
Tareas imprescindibles
Mientras no se descarta la posibilidad de que el rumbo que
navegará el Gobierno de Colom lleve a Guatemala a un
punto de partida realmente diferente del actual atolladero,
habrá que dirigir la mirada a quienes son los verdaderos
“vencedores” en la segunda vuelta de las elecciones
pasadas: los más del 50% de los ausentes y el porcentaje
de quienes le dio su voto para evitar un “mal peor”.
Ciertamente, los sectores populares no se reconocieron en
ninguna de las dos fórmulas que les fueron presentadas
en las boletas del voto el 4 de noviembre.
Intuimos que la sensación de la mayoría de ellos
interpretará la victoria de Colom como la de un programa
que, a pesar de sus referencias a nuevas políticas
sociales y a pesar de la intención de algunos de sus
portadores, se inscribe en posturas conservadoras. Esta lectura
les pondrá en alerta para no ceder en criticidad ante
el Gobierno que en enero próximo relevará al
de Óscar Berger y a privilegiar nuevas luchas de concientización
y organización, que nos encaminarán a otro sistema
político, a otro sistema de partidos y a otra democracia,
donde los hoy ausentes serán el principal actor político.
Se trata de tareas imprescindibles que fácilmente salen
de nuestra pluma pero requerirán, para llevarlas a
la práctica, de mucho esfuerzo, mucha creatividad,
mucho replanteamiento de teoría social y política
y mucha confianza en las energías inagotables de los
pueblos. Éstos, que hoy no son tomados en cuenta o
son excluidos del consumo de bienes básicos y del quehacer
político vigente, serán el nuevo sujeto.
Este nuevo sujeto, que está en el mapa como ausente
y como aquel que no goza de verdadera ciudadanía por
razones racistas, genéricas, sectarias y clasistas,
es llamado a irrumpir en nuestro escenario social y político,
con la misión de rehacerlo y reinventarlo. No lo concebimos
como un sujeto que dentro de una nueva ideología pudiera
encaminarse a una meta ya trazada, como si ya existiera un
modelo de sociedad alternativa que inexorablemente habría
que conquistar. Pero se trata de la gente inconforme con el
actual estado de cosas, que con modestia y paciencia, y confiando
en nuevas inspiraciones, podrá buscar nuevos caminos
y ensayar nuevas formas de convivencia en nuestras ciudades
y pueblos: una sociedad viable en la que, en lugar del lucro
de unos pocos, la vida de todos y todas se constituya en el
norte de cada decisión colectiva. Ojalá que
la Administración Colom sea un primer escenario para
avanzar en esta dirección.
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