Para debatir con él, estoy buscando un interlocutor
sensato que disienta de lo que voy a exponer en esta columna.
Hasta ahora no lo he encontrado.
Comenzaré con varias citas: En su discurso ante la vicepresidenta
del gobierno el nuevo cardenal García-Gasco defendió
que “no se puede construir una sociedad al margen de Dios”.
Dijo también: “La paz, la concordia, la justicia,
la libertad, el progreso y la civilización del amor son
fruto de la cercanía a Dios”.
No hace mucho que Rouco, creo que en la COPE –siento haber
perdido la cita- aseguraba que, sin Dios, los marxistas eliminaron
a los que no eran marxistas y los nazis a los que no eran nazis.
Pienso que estas afirmaciones pueden valer para un consumo casero
pero, dirigidas a la opinión pública, a muchos
se les ocurrirá lo mismo que a mí. A saber: lo
que dice Gasco vale aplicado a la creencia personal. Ya san
Pablo decía que los frutos del Espíritu son paz,
bondad, confianza... Pero si se trata de la sociedad, la cosa
es mucho más discutible. Porque ¿quién
determina si una sociedad está al margen de Dios o cerca
de Dios? Por ejemplo: tras la guerra civil España estaba
cerca de Dios. Pues hubo miles de penas de muerte, torturas,
opresión, corrupción...
En cuanto a Rouco, a cualquiera se le ocurrirá oponerle:
cuando tuvieron ocasión para hacerlo, los cristianos,
con Dios, enviaron a la hoguera a muchos que no eran cristianos.
Pero resulta que estoy leyendo el libro de Ratzinger “Jesús
de Nazaret” y encuentro allí la argumentación
siguiente: “No se puede gobernar la historia con nuevas
estructuras materiales prescindiendo de Dios. Si el corazón
del hombre no es bueno, ninguna cosa puede llegar a ser buena.
Y bondad del corazón sólo puede venir de Aquél
que es la Bondad misma, el Bien” (p. 58)
Aunque más sutil que las de los cardenales, la argumentación
de Ratzinger me parece un sofisma. Un cristiano estará
de acuerdo en la idea de que la bondad viene de Dios, incluso
en el caso de que la persona buena no lo reconozca. Pero el
corazón del hombre es a veces bueno y a veces malo. Nadie
hay absolutamente bueno ni tampoco lo contrario. Y los seres
humanos, buenos o malos, hacemos, en el plano social, en la
organización de la vida, cosas buenas. Por tanto, de
todo ello no se concluye que prescindiendo de Dios no se pueda
gobernar la historia. Puede que sea así, pero hay que
demostrarlo y el Papa no lo hace.
Ese salto de lo personal (sólo el bueno hace cosas buenas)
a lo colectivo (sólo los buenos hacen buenas leyes o
fundan estructuras adecuadas) no es de buena lógica.
Los Reyes Católicos, con Dios en el corazón, instauraron
la Inquisición y expulsaron a los judíos. Jefferson,
bastante ajeno a la religión (a lo más adherido
a un vago deísmo), fue el autor de la admirable Declaración
de Filadelfia, base de la Constitución de los Estados
Unidos.
Lo malo es que, aparte de no estar de acuerdo con lo dicho por
los autores citados, muchos sospecharán una oculta intención
política en sus afirmaciones. Sin Dios no se puede gobernar
la historia. La Iglesia es quien conoce al Dios verdadero. Así
pues, sin la Iglesia nada puede hacerse.
Ya sé que se trata de un tema muy complejo que no se
puede solventar en una columna. Creo sin embargo que hoy va
extendiéndose la opinión de que una sociedad no
puede sobrevivir sin un sentido de lo sagrado y sin que tenga
por sagradas determinadas realidades. Pero probablemente se
trata de un debate en el que muchos –y no sólo
las personas creyentes- tendrán cosas que decir.
Entretanto personalmente busco un interlocutor para mi debate
personal pero que no sea Rouco, ni Gasco. En el Papa ya no pienso.
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