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Cada año, desde que en 1968 Pablo VI tuvo la
idea de instaurarlo, se celebra el 1 de enero como Jornada
de oración por la paz en el mundo. Las buenas intenciones
no pueden faltar, al menos en el día que abre 2008,
aunque luego los 21 conflictos armados (guerras) que siguen
ardiendo en el mundo, junto a las 40 crisis humanitarias
(enfermedad, hambre y catástrofes) le den argumentos
de peso a quienes defienden que la especie humana no tiene
solución. |
No es la primera vez ni va a ser la última que alandar
empiece un año dedicándole su portada a la paz.
“Estoy convencido de que respetando a la persona se promueve
la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un
auténtico humanismo integral. Así es como se prepara
un futuro sereno para las nuevas generaciones”, decía
en su saludo a 2007, hace ahora doce meses, el Papa Ratzinger.
Y a sus palabras no le faltaban ni sentimiento, ni razón,
ni justicia. Otro cantar es lo que disponen quienes dirigen
los destinos del planeta. Para la mayoría, prima el principio
de que la paz se impone por las armas, o que disponer de un
ejército bien armado y con gran capacidad de matar es
la mejor garantía de que los enemigos potenciales no
se atreverán a atacar su país. Eso del gran negocio
que supone fabricar y vender armas, un mercadeo al que las grandes
potencias no van a renunciar y que desangra a los países
más pobres del Sur.
Frente a esta lógica simple y asesina de los señores
de la guerra, miles de personas organizadas y que viven la violencia
en diversas partes del planeta han sido capaces de plantarse
y proponer alternativas viables que siempre tienen como destino
último la paz. Ese ‘arma cargada de futuro’
se engrasa desde hace 25 años en el interior de las Brigadas
Internacionales de Paz, un colectivo que practica los principios
de no violencia gandhianos en las zonas más peligrosas
de un mundo ya de por sí inseguro, poniendo diariamente
en riesgo la vida de sus miembros.
Halagos similares habría que adjudicar a Mujeres de Negro,
una asociación que nació a final de los 80 en
Israel como llamada al diálogo y a la paz entre árabes
y judíos, y que alcanzó un enorme impacto social
gracias a su empeñada defensa de los derechos humanos,
a principio de los 90, en medio de la guerra que se libraba
en los territorios de la ex Yugoslavia. Y qué decir de
la Comunidad de San Egidio. Durante las últimas décadas
ha desempeñado en silencio y con éxito que no
habían obtenido los más finos diplomáticos
occidentales, una labor fundamental en la pacificación
de conflictos tan duros como los de Sri Lanka, Mozambique, Guatemala
o Colombia. Su vida, la de todos ellos y ellas, nos recuerda
aquel deseo (“Que la Paz sea con vosotros”), siempre
actual con el que despedimos las celebraciones de la eucaristía.
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