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“Comprarse el pleito” es la expresión
que usan en el Perú para decir que una persona
se compromete, se moja, toma partido por una causa, sobre
todo cuando ésta es dificultosa y vienen mal dadas.
El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, al
que le gusta decir que “falta una bienaventuranza:
bienaventurados los tercos…”, siempre ha sido
de los de comprarse el pleito. Esa suerte de terquedad,
esa obstinación para ver las posibilidades donde
no aparecen a simple vista, para ser capaces de caminar
hacia algo nuevo, vivir la preocupación por el
otro, de forma que lo público no es solamente el
escenario sino una invitación permanente a comprarse
muchos pleitos. Una invitación a la que sólo
podemos responder dando la medida real de lo que somos.
Comprándose los pleitos de su Perú, de su
América Latina, de sus pobres y de una teología
de la liberación, Gustavo cumple este mes de septiembre
80 años.
Gustavo Gutiérrez, además del cura que bautizó
la Teología de la Liberación, es un hombre
pequeño, con salud muy frágil desde su infancia,
y una intensa entrega a los demás que se materializa
sin duda en su parroquia del Rímac (uno de los
distritos pobres y conflictivos de Lima), pero también
en sus largas y fructíferas estancias académicas
en Francia y Estados Unidos, y su arraigo en una enorme
y unida comunidad de laicos y religiosos comprometidos
con el Perú y con la Iglesia, de los cuales se
aprende cada día. |
Hace diez años nos puso en contacto con esta comunidad.
Mientras él viajaba, entraba y salía, nos regaló
algunos de los mejores amigos y ejemplos que tuvimos en el
Perú. Cristianos que trabajaban en las zonas rurales
de la selva o la sierra, o en los barrios marginales de Lima,
que llegaban a ser ministras y ministros o directores generales,
observadores electorales, profesoras universitarias, defensores
de los derechos humanos, investigadoras o periodistas, pero
que no perdían el norte del compromiso con la verdad
y la justicia, del compromiso con los demás.
Hemos tenido ocasión de compartir con ellos algunas
celebraciones sonadas como el 70 cumpleaños de Gustavo,
que terminó con muchos niños haciendo pompas
de jabón después de una emocionante celebración
donde aprendimos sobre la caridad y la justicia encarnadas
en el Magnificat. Nunca antes habíamos pensado en el
contenido real de esta oración de María: ser
cristiano no es sólo buscar la justicia para quienes
sufren, sino acercarles el amor de Dios. No es sólo
buscar el amor de Dios, sino con él y con los demás
buscar la justicia. Justicia no implacable ni fría,
sino amorosa y reparadora. Y el amor vivido en la Iglesia,
no entendida como jerarquía y dogma, sino como comunidad
y vivencia del Reino. Diez años de un mensaje que no
ha perdido ni un minuto de actualidad.
Con un profundo manejo de la Biblia, haciéndola cercana
y comprensible para laicos como nosotros, Gustavo nos descubre
que Job no es paciente, como dice la leyenda urbana, sino
impaciente. O nos pone como ejemplo a Jeremías, el
más personal y político de todos los profetas,
para hablarnos de las opciones de los cristianos. Jeremías
se involucra en la política de su tiempo, 650 años
antes de Cristo. Es un ejemplo de la relación entre
lo privado y lo público, un testimonio de creyente
que mantiene sus convicciones ante las ambigüedades que
nos plantea la vida. Por desastrosa o complicada que pueda
ser la situación histórica o la acción
política en la que se desenvuelve, ese creyente, en
lugar de huir o desfallecer, se pregunta ¿qué
hago aquí?, ¿quién soy? y ¿para
qué estoy?
De la mano de Gustavo descubrimos ese ejemplo para las laicas
y los laicos que es Jeremías. Por ejemplo, cuando se
planta en la puerta del templo para decir a los fieles que
se dejen de tanto “templo, templo, templo” y “enmienden
su conducta y sus acciones”. Laicos en el mundo, ocupados
en hacer el bien, no en sacar brillo al alabastro.
Éste es también el ejemplo para los laicos
que deciden elegir el camino de esos insignificantes del primer
testamento, aún presentes entre nosotros dos mil quinientos
años después: el emigrante, el huérfano
y la viuda. Una auténtica trilogía del pobre.
Comprarse el pleito de los pobres en nuestro tiempo supone
apostar por la lealtad (la amistad permanente, el amor gratuito),
el derecho (el veredicto justo) y la justicia (esa rectitud
que convierte al justo en un buen creyente, en un santo).
El compromiso es difícil, y la vida de Gustavo es
buena muestra, pues esa búsqueda de coherencia, de
sinceridad y de lealtad, muchas veces lleva a la soledad.
Una soledad que no es negativa, porque puede llevar al encuentro
con uno mismo y a la madurez personal, pero que en ocasiones
es vecina del aislamiento, de la crisis de vocación.
O a redefinir la vocación en torno a los 70 años
para hacerse dominico, abriendo la puerta a nuevos caminos
espirituales.
El largo recorrido de la iglesia latinoamericana que Gustavo
ha acompañado (Vaticano II, Medellín, Puebla…)
es muestra de las dificultades en el camino. Suele decir que
con Juan XXIII y Pablo VI tuvimos una suerte de “vacaciones
cristianas”, de patio de recreo, pero que luego han
dado dos palmadas y hemos vuelto a clase, al aula…
Jeremías actúa como ejemplo del que se atreve
con las opciones políticas, un proceso que avanza y
retrocede, que choca y regresa, que “mira lejos”
como decía Juan XXIII, que siempre tiene algún
resquicio de duda, pero que se mueve al servicio de otras
personas. En el capítulo 32 vemos cómo Jeremías
compra un terreno en las afueras de su ciudad, precisamente
cuando está a punto de llegar el ejército invasor.
En vez de huir, se queda. Y como testimonio ante los demás,
dando ese paso crucial de lo privado a lo público,
compra un terreno a sabiendas de que puede perderlo todo.
Esa compra en tiempos de guerra es una expresión de
esperanza. Darse cuenta de que las dificultades van a comenzar,
de que el sufrimiento va a venir, pero insistir, con esa terquedad
que señalábamos al principio, en preguntarse
qué hago yo en este tiempo de amenaza, qué terreno
me compro, qué pongo en la apuesta por los demás.
Así hemos pasado de comprarse el pleito, que dicen
los peruanos como Gustavo, a comprarse un terreno, como hizo
Jeremías. Saber vivir esa soledad significa reconocer
que hay decisiones de tipo personal que están en nuestro
campo, y decidir si compramos o no el terreno es asunto nuestro.
Que mirar el problema cara a cara, aunque dé miedo,
es el principio para superarlo. Que la esperanza no es sólo
para los buenos momentos (aunque es verdad que se alimenta
de ellos), sino que puede surgir en la dificultad, y por eso
hay que estar atento, alerta…
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