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Pecados Olvidados
Dolores Aleixandre

En los devocionarios de antes del Concilio, o sea del siglo pasado, (no creo que existan ya, a no ser en algunas bibliotecas de casas religiosas o en la Feria del Libro Antiguo y de ocasión), en el capítulo dedicado al Sacramento de la Penitencia que podía llamarse por ejemplo: “Para confesarse bien”, venía una lista de pecados posibles que resultaba muy cómoda porque la leías e ibas diciendo: “este sí”, “este no”, “este a lo mejor”... Algunos eran muy raros y no lograbas saber en qué consistían, por ejemplo, yo estuve mucho tiempo sin saber en qué consistía “el pecado nefando”, más que nada porque no tenía ni idea de lo que significaba “nefando”. Posiblemente alguno de los lectores tampoco lo sepa, pero comprenderán que no me voy a meter a explicárselo aquí.

Bueno, pues que yo recuerde, en aquellas listas no aparecía nunca el pecado de distracción y no pude tomar conciencia de su gravedad hasta que leí al Profeta Isaías que le da muchísima importancia: en una serie de oráculos que comienzan con la exclamación “Ay de los que...”, una fórmula tomada de las lamentaciones fúnebres, va haciendo un repaso por diferentes grupos: los latifundistas, los jueces corruptos, los que se tienen por sabios y ni siquiera saben distinguir lo dulce de lo amargo ni la luz de la oscuridad...En medio de todas esas denuncias aparece esta: ¡Ay de los que madrugan en busca de licores, y hasta el crepúsculo los enciende el vino! Todo son cítaras y arpas, panderetas y flautas y vino en sus banquetes, y no atienden a la actividad de Dios ni se fijan en la obra de su mano (Is 5, 10-12). En un primer momento podríamos sospechar que está acusando a sus destinatarios de un problema de alcoholismo o, en todo caso, de que se den la gran vida despreocupados de los demás (eso era lo que le desesperaba a Amós cuando, después de describir la vida opípara que se daba la gente high en Samaria, concluye dramáticamente: ¡Y no se duelen del desastre de mi pueblo! Am 6,6...). Pero a Isaías parece preocuparle otra cosa que formula con dos verbos enunciados en forma negativa: “no atender”, “no fijarse”, o sea, estar absolutamente distraídos.

En otro momento vuelve a la carga con lo mismo, esta vez dirigiéndose a la ciudad entera: Pero ¿qué te pasa que te subes en masa a las azoteas? Llena de ruido, urbe estridente, ciudad divertida (...) Aquel día... después de una lista de verbos que describen la actividad frenética de los habitantes de la ciudad, concluye: “...pero no os fijabais en el que lo hacía, ni dirigíais la mirada al que lo dispuso hace tiempo...” (Is 22, 11)

Me han venido a la memoria estos textos mientras espero el autobús frente a la fachada de El Corte Inglés, ya adornada con motivos navideños y dispuesta a engullir en sus fauces a la turbamulta que se precipite puertas adentro, vomitando a la vez en movimiento sincronizado a la que salga portando bolsas y paquetes. Los he vuelto a recordar hojeando los suplementos dominicales de los periódicos, vaciando del buzón de mi casa las ofertas de langostinos del supermercado o asomándome perpleja a la insoportable estupidez de muchos programas televisivos. Y pienso que tenemos muy difícil (más o menos como en tiempos de Isaías...) lo de vivir atentos a las cosas que de verdad importan porque nos asedia la tentación de la huida hacia la trivialidad y preferimos vivir entretenidos , atareados, enredados en nuestras pequeños problemas, transfugados hacia zonas de alta intrascendencia donde no nos alcanza el dolor de los otros, ni la gravedad del misterio de Dios, ni el recuerdo peligroso del Evangelio.

"La atención está vinculada al deseo”, decía Simone Weil. Pero si nuestro deseo atención está tibio y adormecido, disperso en mil preocupaciones banales que nos absorben, podemos pasarnos la vida vegetando entre la indiferencia, la rutina y la inconsciencia.

Tiene razón Isaías: ¡Ay de los distraídos! Ya sé por dónde voy a emprender la conversión cuaresmal...
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