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NO
Araceli Caballero

Dice Lluis Llach que la gallina dice que no. No es, según el diccionario, "la partícula negativa por excelencia", que "se emplea tanto para negar como para denegar o rehusar". Es decir, que lo mismo sirve para responder que nones a una pregunta que a un requerimiento, que a una sugerencia, que, incluso, a una orden o -si hasta ahí queremos llegar- a una imposición. Añade Llach al gesto de la gallina: "¡viva la revolución!". Y es que en estos tiempos de pensamiento, más que débil, flácido, de corrección política y terceras vías, decir no, de palabra, obra o pensamiento (¡hasta de omisión!), es una especie de revolución, como todas ellas ahora, fuera de lugar.

Hijos de una infancia llena de historias de santos, de vidas ejemplares de gentes que sufrieron diversas y a menudo truculentas violencias por decir no (en cualquiera de sus modalidades: 'negar', 'denegar' o 'rehusar') al poder, en alguna de sus variadas formas, hemos captado bien la moraleja: ante la autoridad, el pensamiento dominante, la costumbre consagrada o la última moda, más vale plegarse, tener la boquita cerrada, no decir no nunca jamás, que está muy feo y es de mal tono. Y, sobre todo, consentir y colaborar con entusiasmo, nadar a favor de la corriente, que en cualquier río, revuelto o no, es muy rentable.

Dª María Moliner, que ya tiene muy demostrado su inteligencia y lucidez, no olvida reseñar que NO "se pronuncia siempre con su acento propio". Eso es lo bueno, que esta canción no va nunca con música prestada. Que es una hermosa afirmación de libertad.

Escribe Oriana Fallaci: "el más bello monumento de la dignidad humana es el que vi sobre una colina del Peloponeso. No era una estatua, no era una bandera, sino tres letras que en griego significan NO." Escrita durante la ocupación nazi, los coroneles la taparon. El sol y la lluvia que nada pudieron durante décadas, disolvían la cal que pretendía callar el grito. "Así que, día tras día, el NO reaparecía, terco, desesperado, indeleble."
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