El pasado 9 de mayo se presentó en Madrid el informe Tras la frontera, realizado por el colectivo Caminando Fronteras. Con sedes en España y Marruecos, esta asociación trabaja desde 2002 con inmigrantes, mayoritariamente del África Subsahariana, en tránsito hacia Europa.

En sus 80 páginas, el informe Tras la frontera hace un repaso desde 2003 por la difícil situación por la que pasan los inmigrantes que intentan cruzar a Europa por la frontera sur de España y cuyo único sueño es llegar a Europa y tener una vida mejor. Desgraciadamente, muchos acaban muriendo como consecuencia de las heridas producidas por alguna paliza recibida a manos de las autoridades en zonas cercanas a las vallas de Ceuta o Melilla. Otros terminan su travesía ahogados en alguna playa. A otros se los traga el mar para siempre. A nadie le preocupa saber quiénes son excepto, claro está, a los familiares que se quedan en los países de origen y que para su desconsuelo ven cómo pasa el tiempo y no pueden enterrar a sus seres queridos bajo sus costumbres y tradiciones. Nombres que dejan de ser meras cifras para convertirse en protagonistas. Y es que “Tras la frontera pretende escuchar los gritos de las personas migrantes que son silenciados por los relatos oficiales y descubrir el impacto directo de la macropolítica fronteriza sobre los cuerpos y las vidas de las personas migrantes, lo que se traduce en dolor, pero también en solidaridad, resistencia y estrategias de lucha”.

El pasado 9 de mayo se presentó en Madrid el informe Tras la frontera, realizado por el colectivo Caminando Fronteras

Helena Maleno en un momento de la presentación del informe. FOTO: CAMINANDO FRONTERAS

Los testimonios directos acerca de esta guerra silenciada sobre expulsiones ilegales, desapariciones, violencia o tumbas sin nombre de cientos de hombre, mujeres y niños en los cementerios de Canarias o Andalucía, son lo que hace de este informe algo diferente. Se aleja así del discurso tan generalizado hoy en día en occidente y que reduce al migrante a tópicos de victimización y cosificación (sobre todo en lo referente a la situación de las mujeres en movimiento y cuyo discurso está marcado por la búsqueda de derechos) cuando no a la clara criminalización debido al uso de palabras como avalancha, asalto o invasión, tanto por parte del Gobierno como de algunos medios de comunicación.

Historias narradas en primera persona acompañadas de datos escalofriantes sobre las barbaridades cometidas contra estas personas “en nombre de un supuesto fin de protección de nuestras fronteras”. Entre septiembre de 2015 y diciembre de 2016 se lanzaron 309 alertas a salvamento marítimo desde el mar, lo que corresponde a 7079 personas, de las cuales 388 fallecieron y/o desaparecieron y solo 22 fueron identificadas. De las víctimas mortales, 122 eran niños, niñas y adolescentes. Pero lo más grave es saber que muchas de esas personas mueren debido al desinterés e ineficacia en la coordinación del rescate. Las embarcaciones de salvamento llegan tarde, mal y nunca si no son bloqueadas por las autoridades para proceder a las devoluciones; en caso de haber desaparecidos ni Marruecos ni España hacen nada para buscarlos.

Según han contado los propios inmigrantes, “lo más peligroso en el acceso a Ceuta son las devoluciones en caliente en el mar. La Guardia Civil nos detecta, salen al mar e intentan bloquearnos para que no podamos avanzar y hacer tiempo para la llegada de la Marina marroquí. La Marina nos tira la cuerda para obligarnos a subir pero por otro lado la Guardia Civil nos bloquea. Ahí es donde hay personas que caen al agua. Son momentos muy complicados sobre todo si hay niños en la patera”. Uno de esos momentos lo cuenta un joven guineano. “Fue un horror ver a dos compañeros caerse al agua y ver que nadie les socorría”. Tal era su insistencia para intentar que les salvaran que fueron acusados de oponer resistencia a la autoridad y enviados a la prisión de Tetuán acusados de un delito de lesiones contra las fuerzas de seguridad de Marruecos. “Nos llevaban al tribunal cada semana pero nos devolvían a la cárcel sin que se celebrase ninguna audiencia porque no había traductor de francés. El 31 de diciembre mi compañero de celda se sintió mal y, por no quererle llevar al hospital, murió delante de mí. Pensé que yo también moriría, que no nos juzgarían nunca y que pasaría la vida en la prisión. Con el tiempo, se logró demostrar que no habíamos agredido a nadie y solo nos condenaron por intentar pasar a Ceuta”.

La ruta de Canarias no es precisamente más fácil. Si no es suficiente con permanecer en medio del mar sin agua y sin comida durante horas (o incluso días), cuando llegan a tierra los inmigrantes son retenidos en algún Centro de Internamiento para Extranjeros o detenidos por la policía, especialmente aquellos que se encargan de manejar la patera al ser considerados responsables del tráfico cuando, sin embargo, no dejan de ser una víctima más. Es el caso de Babacar. Tras pasar once días a la derivafue inculpado de ser capitán después de que muriesen dos personas que se encargaron de llevar la patera, de un total de ocho fallecidos”. Sin embargo, es esta historia también hay un rayo de esperanza. Gracias a la valentía de Sylvie, una compañera de tragedia que se atrevió a declarar y apoyar la inocencia de Babacar, fue liberado (aunque la Fiscalía de Extranjería recurrió y la demanda en contra de Babacar sigue adelante).

Frente a una violación constante de los derechos humanos, hay que resaltar la capacidad de las comunidades migrantes para constituirse como ciudadanía

#TraslaFrontera camapaña de Caminando Fronteras

Las alertas desde tierra, por su parte, “muestran el desplazamiento forzoso de más de 2.213 personas en el entorno de las vallas de Ceuta y Melilla, con 569 expulsados ilegalmente por España y 739 heridos por las fuerzas de seguridad que custodian ambos lados de esos muros”. No podemos olvidar que las devoluciones en caliente, una de las practicas más usadas de la política de externalización aplicada por el Estado español, han sido condenadas varias veces por el Convenio Europeo de Derechos Humanas o por la Convención contra la Tortura. La razón, la expulsión sin identificación previa o la discriminación racial. Como cuenta Deborah, de República Democrática del Congo, “No se puede pedir asilo en la oficina de Melilla. Es solo para los blancos, los sirios sí piden asilo. Varias mujeres lo intentaron pero la policía española no nos dejó”. “Las oficinas no son para negras” oyó decir otra compañera.

A esta problemática hay que añadir, tal y como el informe constata, la falta de asistencia sanitaria a los heridos de la valla a causa de las fracturas, cortes o a cualquier otra forma de violencia. “Me habían pegado mucho”, dice R.A. mientras se encuentra ingresado en un hospital de Tánger. “Sangraba y no podía ver porque la sangre de la cara no me dejaba ver bien. Estuve arriba de la valla, pero pensé que me desmayaba y que me caería. Bajé y noté la mano de un guardia español, me cogió el brazo, pensé que había visto que estaba muy mal, pero con fuerza me empujó y entonces noté el brazo y el palo de un militar marroquí”. Y es que “una de las grandes consecuencias de la militarización de fronteras es, según las comunidades migrantes, un apostar entre la vida y la muerte”.

Sin embargo, frente a una violación constante de los derechos humanos, “hay que resaltar la capacidad de las comunidades migrantes para constituirse como ciudadanía y reclamar sus derechos”. Desde la tragedia del Tarajal, hay cada vez más presencia de familiares de desaparecidos y muertos en la frontera demandando justicia. Porque, a pesar de todo, boza contra viento y marea (boza es una palabra que utilizan los migrantes una vez que traspasan las fronteras y que significa llegada, victoria o alegría).