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La libertad de Cristo
Carlos F. Barberá

Valdemorillo es un pueblo cercano a Madrid, famoso porque en él tiene lugar la feria taurina más madrugadora. Tiene, como es natural, una parroquia y un párroco, un cura joven de la nueva hornada.

Hace pocos meses una pareja quiso celebrar allí su boda, Deseaban que presidiera la ceremonia un cura amigo al que después, a la vista del panorama, se relevó del oficio encomendado.

Hay que contar que el padre del novio había fallecido hacía más o menos un año, después de estar dos en coma profundo y su recuerdo estaba muy presente en la preparación del matrimonio.

Se habían elegido los textos y la hermana había redactado una carta a los contrayentes rebosante de afecto y ternura. Por su parte la madre quería hacer tres ofrendas, una a la novia, otra al novio y una tercera de parte de su marido difunto. Nada de esto fue posible. El cura no aceptó las lecturas –una era del Cantar de los Cantares- ni mucho menos los textos y las ofrendas, alegando que nada de eso estaba en el ritual. Nadie pudo sacarle de esa cantinela.

No hace mucho que, preguntando a una conocida mía cómo había sido una boda a la que acababa de asistir, recibí como contestación: “Como todas, un rollo”. Pues así fue la de Valdemorillo: como todas, un rollo. Hubo un único momento de emoción, el provocado por un sonoro: “¡se arrodillen!” del cura al llegar la consagración. Aparte de eso, la letra que mata tomó en todo momento el lugar del espíritu que vivifica.

Olvidando que para la libertad nos liberó Cristo y que El mismo recomendó librarse de la semilla de los fariseos, el espíritu del ritual empieza a extenderse poco a poco por la Iglesia de la mano de la última generación de curas ( y de sus mentores, de los que les han educado en esa mentalidad)

Pensaba yo en todas estas cosas y recordaba que otro amigo me comentaba hace poco que las homilías de los curas eran “repetitivas, triviales o insoportables”. Es decir –para insistir en lo dicho más arriba- que las misas son también un rollo. Lo dice mi amigo y se trata de una persona sensata.

En el último número de alandar se daba la noticia de la aparición de un libro de José María Mardones sobre la indiferencia en España. Es un libro que merece ser leído y comentado pero si traigo aquí su recuerdo es para referirme a una de las afirmaciones del autor. Se trata de que el alejamiento de la Iglesia en estos momentos viene a desembocar en la indiferencia. Mejor o peor, los alejados de hace algunas decenas seguían viviendo en un ambiente creyente. Asistían a la iglesia de cuando en cuando, participaban en algunas celebraciones, aceptaban muchos de los parámetros del cristianismo. La situación es hoy diferente. Mantener el calificativo de alejados supone inconscientemente hacerse la ilusión de una vuelta pero en realidad muchos de esos supuestos alejados se han convertido ya en indiferentes. ¿Y quién logrará el retorno de los que fueron alejados por celebraciones rituales, aburridas, banales o insoportables? ¿quién podrá decirles “ven y verás” cuando precisamente están ya lejos porque fueron y vieron y lo que vieron provocó primero su rechazo y en definitiva su desinterés?

P.D. Una noticia que no he visto en ninguna parte: el Opus Dei (y quizá también algún otro movimiento conservador) ha lanzado una campaña para que no se comprasen las tarjetas de felicitación de Navidad de UNICEF con el achaque de que esta organización de la ONU dedicada a la infancia propugna el reparto de preservativos en el Tercer Mundo. No sé cuál habrá sido el resultado del intento pero sí que la organización española estaba muy preocupada puesto que de esa venta navideña obtienen una parte importante de sus recursos.
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