Carlos Ballesteros

Era un miércoles a primeros de septiembre por la tarde y Miguel (7 años) estaba muy enfadado y se había encerrado sobre sí mismo y su monumental cabreo y no estaba para bromas ni para nadie. Era “la peor tarde de su vida” porque, una vez que había salido del cole –segundo día de curso, compañeros reencontrados, profe nueva, retos diferentes…- y había merendado –que, en su caso, es casi una versión casera de Masterchef, pues se prepara unos sándwiches de autor el solito-, habíamos ido a una reunión de nuestro grupo de consumo donde, mientras los adultos hablábamos sobre nuevos proveedores y cómo organizar la castañada del otoño, los más de diez niños y niñas que allí había jugaban, corrían, saltaban, gritaban….y se saludaban después del verano, Miguel con ellos. Luego fuimos a dar una vuelta en bicicleta por los caminos de La Pedriza, alrededor del pueblo y estuvimos buscando moras y endrinas. Al llegar a casa, algo más tarde de lo normal, cena rápida y pelo, pis, pijama, dientes y a la cama (que es la versión sigloventiunera del Vamos a la cama de nuestra generación). Y Miguel enfadado porque no había visto “ni siquiera media hora de tele”. Se había aburrido. Mucho. Demasiado. Más que nunca.

Viene esta anécdota a cuento de una noticia breve que leí este verano en el periódico y que apuntaba que un equipo de investigadores de Telefónica había desarrollado una aplicación para el móvil que permitía descubrir si el usuario estaba o no aburrido. Se trataba de un algoritmo que estudiaba los datos de actividad del móvil, el tiempo que llevaba el usuario sin llamar ni escribir, la intensidad de uso, etc. Y así podía determinar su nivel de aburrimiento. La noticia no lo decía expresamente, pero daba a entender que a menor uso de la pantalla (inteligente) del móvil, mayor aburrimiento se le suponía al sujeto. Claro que no me extraña pues, según la consultora Deloitte, casi nueve de cada diez españoles mira su teléfono móvil antes de que pase una hora despiertos (13% de los usuarios lo primero que hacen nada más levantarse es mirar su teléfono móvil y el 31% de los menores de 24 años). Así que una tarde de juegos al aire libre, paseo en bici, recolección de frutos otoñales y elaboración de meriendas gourmet no me extraña que aburra al más pintado.

En casa tenemos por costumbre que los fines de semana y vacaciones las pantallas de cualquier tipo no se pueden usar hasta después de comer. Y tras la comida, con moderación (un rato durante la siesta y, quizá, otro después de la cena que, en nuestro caso, suele ser temprana). Entre semana, el ratito que hay antes, una vez duchados y con el pijama puesto y después de cenar. Las tardes son para jugar con sus juguetes, quedar con amigos, hacer deporte, montar a caballo, pues vivimos en una zona que lo permite y desde pequeños les hemos acostumbrado a ahorrar para pagárselo; pasear en familia, hacer recados, si hay alguna tarea escolar (muy raramente) hacerla. En definitiva, disfrutar del aire libre y del entorno -incluso en los días más crudos del invierno- y de la cantidad de juguetes que tienen. Son (somos) unos privilegiados. Pero Miguel, como muchos otros niños y niñas de su generación, “se aburre” si no se relaciona con la realidad a través de una pantalla. Televisión, videojuego, ordenador, da igual. Su día no está completo sin la presencia de la tecnología. Así que no me extraña que Telefónica mida el aburrimiento y nos llame aburridos a los que no miramos el móvil al menos una vez cada 15 minutos o no lo usemos para engancharnos a juegos insulsos que explotan caramelos uno tras otro.

@revolucionde7a9