Prometí el mes pasado, en el que fui bastante crítico con el personal y el paisaje que se mueve por Roma, ponerme positivo y rescatar aquellas cosas buenas, que también las hubo. Empiezo por algo que ya dije en mi columna anterior: Conocer al cardenal Turkson, un ghanes de pelo blanco y piel muy negra con conversación agradable, sencilla pero profunda, amena y divertida, con las ideas muy claras sobre el papel que la Iglesia debe jugar en el s.XXI en lo que respecta a la promoción de la Justicia, la denuncia de las injusticias y el trabajo por un mundo mejor para todas las personas. No en vano preside el Dicasterio (ministerio) que se encarga del desarrollo humano integral. Por cierto que éste se debe a Francisco, pues a los habituales (Doctrina de la Fe, Obispos, Culto, Vida Consagrada, Causas de los santos…) lo añadió en 2017 a la lista y le encomendó el trabajo que antes llevaba Justicia y Paz, le encargó de los emigrantes y refugiados y le confió también los temas relacionados con la salud. Y al frente puso a Peter Turkson.

También me gustaría hablar de Lilian, una mujer keniata que era la primera vez que salía de su país. Había vivido en Kibera (ya os he hablado a menudo de este suburbio, uno de los más grandes del mundo) y durante muchos años soñaba con poder desayunar cada día. Soñaba con estudiar secundaria, pero no pudo: el gobierno solo beca a los 4 primeros de cada clase y ella fue 5ª de un grupo de más de 100. Y la primera mujer. Y se quedó a las puertas. Y trabajó duro. Y hoy dirige una gran organización africana para potenciar el trabajo de las personas jóvenes, ayudándolas a romper con la brecha digital. Y no deja de sonreír.

Y de la hermana Enelessi, que dirige y anima también en Kenia (aunque ella es de Malawi) una asociación de religiosas y misioneras de diferentes congregaciones, con el fin de empoderarlas, dar capacitación y de alguna manera reivindicar su papel en el terreno, en las zonas más difíciles y duras. Me recuerda (y se lo conté) aquello de “si nosotras paramos se para el mundo”. Ella piensa muy acertadamente que si ellas paran, se para la Iglesia, al menos en aquellas zonas, aquellos territorios donde se hace realidad el evangelio.

No puedo dejar de mencionar a Lev, un chico joven de origen armenio que dirige la organización de microfinanzas KIVA en el medio Oriente y que ha ideado una sencilla pero potente herramienta financiera para apoyar a las personas refugiadas. Ni al reverendo irlandés Seamus, que está empeñado en que el dinero no tiene religión, pero que la religión (las religiones) si tienen dinero para hacer el bien. Ni a Rhada, una mujer india de pelo blanco y largo que usa la tecnología para romper las barreras sociales y económicas a las que se ven abocadas las personas sin hogar en India.

Como veis les conocí en el Vaticano, en la curia, pero se marcharon el mismo día que yo a sus países a seguir empeñados y empeñadas en dejar el mundo un poco mejor de cómo estaba cuando llegaron a él.