Cuando viajo en los servicios públicos me gusta fijarme en la gente, imaginarme sus vidas. Esta mañana iba en el autobús una niña y la que parecía su abuela. La niña tendría quizás 5 años y llevaba una muñeca con la que iba hablando: “Date prisa, come”, le decía a la muñeca. “Vas a llegar tarde”. “No te manches” “Coge la mochila” … levantaba la mirada y se dirigía a la supuesta abuela: “No me hace caso. Me voy que llego ya tarde”. Y yo me he montado mi historia: He visto a la madre preparando los desayunos a la vez que ella se arreglaba, seguramente también dejaba lista la comida o la cena para cuando volviera. Todo deprisa, sin parar un segundo… La abuela ha llegado a la casa para recoger a la nieta y llevarla al colegio porque la madre no tiene tiempo para hacerlo.

Y no sé por qué razón, pero he pensado en que hace unos días se celebraba el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Decía Antonio Guterres, Secretario General de la ONU: «Velemos porque cada niña, en cualquier parte del mundo, tenga la oportunidad de alcanzar sus sueños, crecer con arreglo a su potencial y contribuir a un futuro sostenible para todos».

Pero para esto es necesario dejarlas soñar, abrirles horizontes que provoquen grandes sueños, ofrecerles referentes a los que quieran parecerse, referentes amables… Y vuelvo a mi historia imaginaria y pienso en tantos niños y niñas que pueden vivir una situación similar. ¿Cuántas niñas querrán repetir la vida que viven sus madres, siempre corriendo entre la familia y el trabajo, entre el cuidado de los hijos y en muchas ocasiones de sus mayores enfermos? ¿Ser buena madre o buena profesional? Esa es la cuestión y es lo que unas adolescentes se planteaban porque no querían vivir la vida corriendo, sin poder disfrutar de ella, como veían que lo hacían sus madres.

Vivimos en un sistema tramposo en el que aún las leyes que parecen que van destinadas a acabar con la diferencia de roles y conseguir la igualdad de sexos en el trabajo, conducen a las mujeres a la perdida de sus verdaderos derechos. Pensemos en quiénes son las beneficiarias de la ley de dependencia o quiénes hacen uso de la conciliación en los trabajos: las mujeres. Y esto va en su perjuicio personal y profesional. “Es urgente y necesario que los hombres cuiden igual que las mujeres, que se universalicen los servicios de educación infantil y de atención a la dependencia y que se establezcan horarios cortos y racionales”, señala Maria Pazos en su libro “Contra el Patriarcado”1 (1) Contra el Patriarcado. Economía feminista para una sociedad justa y sostenible. María Pazos Morán. Editorial Katakrak 2018 , que les animo a leer.

Solamente cuando lleguemos a esta igualdad real, las mujeres podremos convertirnos en referentes “amables” y dignos de imitar para las niñas, las jóvenes… Podremos ser madres y buenas profesionales sin que en ello nos juguemos la salud, muchas veces la alegría y la mayor parte de ellas nuestro puesto en los órganos decisorios de los trabajos.

Somos igual de buenas, eso al menos, que los varones: ¿por qué son ellos la mayoría de los que rigen el mundo, por qué?