La lectura del evangelio depara siempre sorpresas y es un misterio el hecho de que, por más que lo leamos y releamos, siempre nos reserve alguna novedad. En esta ocasión se trata de dos nuevos nombres (título en lenguaje de los teólogos) para hablar de Jesús: el primero es “El cantor de himnos” y me asombra que sobre esta actividad melódica suya que señalan Mateo y Marcos no se haya escrito ningún libro, ni convocado un congreso, ni defendido una tesis doctoral. “Cantaron el himno y salieron hacia el monte de los Olivos” (Mt 26,30; Mc 14, 26) y eso quiere decir que leyó o canturreó los salmos 113 a 118 y, al final, el 136. Debía tener buena voz porque hablaba a la gente al aire libre desde una barca, pero no tenemos ni idea de si se le daba bien o no lo de cantar. Lo que resulta sugerente es intentar adivinar cómo resonaron en él las palabras de esos himnos que habría rezado muchas veces pero que, en el contexto de su inminente detención y de lo que intuía que se le venía encima, debieron resonarle de otra manera. “Me cercaban y me acorralaban, me cercaban como avispas, empujaban para derribarme…”; “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaban los lazos del Abismo…” Los escenarios que recreaban estas imágenes eran estremecedores y quizá intuyó oscuramente que también él iba a sentirse cercado, atacado por un enjambre de avispas, atrapado entre redes, empujado y derribado por una muchedumbre hostil. No es de extrañar la confesión del salmista: “caí en tristeza y angustia”, pero las palabras que siguen debieron afianzar la certidumbre de fe del cantor que las pronunciaba esa noche: “Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo, arrancó mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída”, “el Señor fue mi auxilio…, la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. También él se sentía habitado por una confianza que ni en los peores momentos iba a quebrarse, ni siquiera cuando experimentó que, al pedir Pilato a la gente que eligieran entre él o Barrabás, no había allí nadie que le reclamara a él y solo después de muerto José de Arimatea se atrevió a pedir su cadáver a Pilato. Una antigua homilía oriental recrea la escena: “Entrégame, gobernador, para que pueda sepultarlo, el cuerpo de Jesús el Nazareno, el pobre, que vivía a cielo abierto, el huésped desconocido venido de otra tierra. Entrégame a este peregrino voluntario, que no tenía donde reclinar la cabeza y que, al no tener casa propia, recibió albergue y fue colocado en un pesebre y soportó la vida peregrina. Entrégame al despreciado, vencido y colgado ¿qué utilidad tendrá para ti el cuerpo de este peregrino…?”

Mientras escribo esto, recuerdo algo vivido hace muchos años en la morgue casi vacía de un antiguo hospital militar: la atravesé por equivocación viniendo del tanatorio y vi en una de las camarillas un ataúd cerrado y, encima, el nombre de una mujer. Era la imagen pavorosa de la más absoluta soledad y abandono y solo los brazos del Cristo encima de la tapa estaban le daban amparo y acogían aquella vida y aquella muerte de alguien a quien nadie reclamaba.

Con más autoridad que José de Arimatea, el Padre dio la cara por su Hijo, pronunció su nombre y lo reclamó para sacarle del mundo de los muertos Y ahora él, el Reclamado, es, también, el Reclamador, el que sigue reivindicando la causa de los vencidos y olvidados, de los envueltos en el silencio mediático, por los que nadie pregunta y que no le interesan a nadie.

Qué estamos esperando nosotros para ponernos junto a él a reclamar