A la luz del dolor que nacía del amor fueron llegando a la verdad de Jesús.

Llegados al tiempo de Pascua, los relatos que escucharemos a lo largo de estos días recogen la estrategia del miedo en la que se emplearon a fondo la gente del Templo. Las amenazas, las presiones, los chantajes y las represiones ocuparon el primer plano en un intento fallido por acallar lo que ya corría de boca en boca y era incontenible.

«Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí», aquella palabra de Jesús empezaba a ser comprendida por quienes, hasta ese momento, escuchaban sin entender. Lo supieron cuando, tras su muerte, fueron reuniéndose nuevamente, trayendo consigo el dolor del abandono y la traición.

No sabemos lo que pasó en aquella casa donde se reencontraron (Juan 20:19) tan sólo que el que fue levantado comenzaba ahora a atraer hacia sí. Y fueron llegando a la casa uno a uno. Se sintieron convocados, por la ausencia de Jesús, por una cita que ninguno había pactado pero a la que todos se reconocieron llamados, como aquella primera llamada junto al lago de Galilea.

Se abrazaron en su cobardía mientras escuchaban a las mujeres y al discípulo fiel contar lo que habían visto con sus propios ojos: el desprecio de los sacerdotes, las mentiras de los testigos, la brutalidad de los soldados, los gritos del pueblo pidiendo su muerte, la condena, el camino al Calvario, la crucifixión, sus palabras, su silencio, su muerte… su entrega.

¿Cómo pudo ser desautorizado de tal modo quien no hacía mucho se le había reconocido una autoridad jamás vista antes? «¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» (Mc 21:27)

Más que vergüenza lo que sentían era un dolor inmenso. Era una dolor que no nacía de la culpa sino del amor. Un amor que ahora podían reconocer incapaz de dar respuesta a todo lo que Jesús significaba para ellos. A su manera, también ellos habían atravesado su propia muerte, la de su absoluta y radical inconsistencia.

Fue quizá entonces cuando descubrieron que la muerte de Jesús les había llevado adónde no se habían imaginado y que, de alguna manera, también ellos habían participado de su misma muerte. E hicieron la experiencia de que esa muerte escondía el germen de lo nuevo, de lo inaudito, del amor definitivo, frágil, pero ofrenda agradable a Dios.

Hasta ese momento estaban dispuestos a pasar por lo que fuera con tal de lograr los mejores puestos, el reconocimiento por parte de todos. Ahora comprendieron que no se trata de buscar la propia gloria sino la del Padre y que ésta se logra desde el servicio libre por amor. ¿Acaso no había sido esto la vida de Jesús que no había buscado su gloria sino de aquel que le había enviado?

A la luz del dolor que nacía del amor fueron llegando a la verdad de Jesús, ¿sería demasiado tarde para ellos? Lo sabrán cuando «llegada la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros». (Juan 20:19)