Por Francisco Javier Sánchez, capellán de la Cárcel de Navalcarnero

Corría el mes de Febrero de este año cuando uno de los chicos presos de la cárcel de Navalcarnero, en uno de los módulos llamados de respeto por tener unas características diferentes al resto, me llamó para decirme que me quería comentar algo muy especial. Pedro, que así se llama el chico, con el que había hablado ya varias veces, es un hombre profundamente creyente que asiste todas las semanas a la Eucaristía de los sábados y con el que también me une una profunda amistad. Me dijo que había una persona en el módulo que quería bautizarse y que para él estaba siendo un signo bonito porque le estaba acompañando en el proceso. El chaval que quería bautizarse decía que era muy tímido y que le había pedido que me lo comunicara él. Cuando lo escuché, se me llenó el corazón de emoción y los ojos de lágrimas. Primero porque el Dios de la vida se hacía presente una vez más entre los “llamados malos” y segundo porque uno de esos “malos” estaba siendo el mediador en ese proceso de encuentro con ese mismo Dios que, como siempre, prefiere a los que a veces nuestra sociedad margina por lo que han hecho, o por cómo viven. “Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los cielos” (Mt 21, 31). Enseguida comencé a hablar con Miguel, el chaval camerunés que quería bautizarse, y le propuse que nos viéramos todos los jueves durante la Cuaresma para ir leyendo y comentando el Evangelio y así después poder bautizarse y hacer su primera comunión en la Vigilia Pascual, como también lo hacían las primeras comunidades cristianas. Han sido unas semanas bonitas compartidas con él para poder bautizarse en la Vigilia Pascual que tuvimos en la cárcel en la mañana del Sábado Santo (porque Jesús en la cárcel resucita antes, vive antes con los pobres, y a ellos se les da a conocer “por la mañana”). Pedro y otra voluntaria de nuestra capellanía fueron sus padrinos. A continuación transcribo su experiencia:

Un bautismo de un preso en la cárcel de NavalcarneroTodo esto comienza a mediados de diciembre de 2018, cuando al interno del C.P. de Madrid IV ingresa Miguel. Le asignan el módulo 2 y comienzo una relación de amistad a la vez que de fe. Esto le ayuda y sirve para intentar evadirse de dicho lugar leyendo el Evangelio. Al llegar a la lectura del sacramento del bautismo, Miguel me comparte que nunca lo recibió. Entonces es cuando le propongo hablar con Javier, el capellán. Miguel acepta y, a partir de ese momento, comenzará a recibir la catequesis previa, en la que muestra su ilusión y ganas de comenzar una fe cristiana plena. Para él es un sueño y deseo que acabará haciendo realidad el 20 de abril de 2019, siendo éste un pequeño paso en el largo recorrido de la fe cristiana, y en el que contará con dos pilares en los que apoyarse: su padrino y madrina y por supuesto su acompañante y amigo el padre Javier.

A través de Miguel traslado las gracias a todos los que hicieron posible esto. Dar gracias igualmente a todas las personas que diariamente se reúnen en todas las partes del mundo alrededor de la Palabra de Dios. Espero seguir cumpliendo con la misión que nos marca Jesús y  enseñar al prójimo las escrituras y el buen camino a seguir a través del Evangelio. ¡Gracias!.

Miguel, con su español que aún está aprendiendo y algo defectuoso, pero desde el corazón, que es lo importante, escribe: “Soy Miguel, interno en la cárcel de Navalcarnero, Madrid IV. Nativo de Camerún y bautizado en dicha cárcel, por el cura padre Javier, que mira con mucho aprecio por los internos. Mi padrino fue Pedro, mi madrina Rocío, voluntaria, y quiero dar las gracias a toda la gente que lo ha hecho posible.

Fue el momento más feliz de mi vida y desde allí comencé a leer la Biblia, para entender y aprender el misterio de Dios Padre y de Jesucristo Nuestro Señor, de tal manera que me guíe aquí en la cárcel como cuando esté fuera. Doy gracias a la Iglesia de Dios y a todos los santos, por haberme aceptado como un cristiano más en el mundo. Gracias también a todos los que se reúnen en cualquier parte en nombre de Jesucristo Nuestro Señor y en nombre de Dios Padre. Que Dios Padre les dé a todos paz y felicidad”.

Quizás se pueda decir mejor, pero no de manera más bonita, Jesús de Nazaret se hizo presente, vivo y resucitado, en nuestra Vigila Pascual, como se hace presente cada sábado cuando celebramos la Eucaristía. Ese Dios de la vida que nos libera y nos hace ser más personas cuando somos capaces de acercarnos con sencillez a los demás.