Violencia y poder
Jaime Atienza
Violencia y poder han estado estrechamente vinculados
a lo largo de la historia de la existencia humana. Tras
el asesinato colectivo cometido en Madrid, con más
de doscientos muertos hemos vivido muy de cerca una explosión
súbita e inexplicable de violencia. En las horas
posteriores se dijo que había que actuar con normalidad,
pues los terroristas no nos pueden cambiar la vida, las
prioridades, la agenda. Mi impresión es que eso
no es cierto; claro que la violencia cambia la forma de
verlo todo, de abordarlo, nos quita la calma, nos saca
de nuestras casillas y nos deja helados. Y no podemos
continuar igual ante sus efectos, pues esa normalidad
no es real, hemos de vivir un duelo consciente, tener
presentes a nuestros muertos y heridos.
La violencia cambia la vida y la perspectiva misma de
la vida, la lleva a otro terreno. Perdura, además,
mucho más allá del momento en que se produce.
Unos amigos fueron con sus hijos pequeños a visitar
y poner unas velas a una de las estaciones de tren donde
ocurrieron los atentados. Les dejó sobrecogidos
el grado de odio y violencia de los mensajes que niños
de corta edad habían dejado escritos. Esa huella
perdurará durante mucho tiempo, y ahora se inicia
el lento proceso de recuperación de la normalidad,
que desde luego no es al día o a la semana siguiente.
Así que la violencia del 11 de marzo en Madrid
nos deja el dolor inmenso de miles de familias y de todo
el pueblo, pero también la semilla del odio ente
una parte considerable de la sociedad –la manifestación
de luto del viernes en Madrid irradiaba esa sensación-.
Y traerá cambios en nuestras vidas cotidianas,
con mayores controles de seguridad y restricciones en
los derechos, por no hablar de la criminalización
de colectivos enteros –inmigrantes, árabes,
marroquíes…-. Así que también
trae cambios, condiciona, el devenir cotidiano como sociedad.
Un golpe dado en unos pocos minutos –este concreto,
que es uno entre miles de actos de violencia en el planeta-
pesará sobre millones de personas durante años,
sobre la construcción de nuestra sociedad.
En muchos lugares del planeta –y me viene al
pensamiento Colombia- la violencia se ha instalado como
un factor definitorio de su realidad, con cientos de miles
de personas tocadas de cerca, y cada vez más implicadas,
habiendo llegado a una situación insoportable en
que la única salida posible parecería una
renuncia expresa de todas las partes, olvidando agravios,
dolor, causas; recuperando el perdón, pues en la
práctica toda la sociedad vive herida de muerte.
Allí el poder de influencia de la violencia en
la sociedad es ya total, lo condiciona todo.
Pero desde luego, la violencia más cotidiana
y extendida en la diversidad del mundo es la que se ejerce
contra las mujeres. Y no hay ninguna que exprese con tanta
fuerza que es el poder de dominar y poseer lo que realmente
esconde; el miedo a perder privilegios, control, dominio,
a tener atadas a las mujeres se maquilla con diversas
tradiciones religiosas o culturales o usos sociales.
La renuncia al uso de la violencia, y a alimentar
su espiral, dejarnos guiar por sus impulsos, es una lucha
contra la corriente de un río muy poderoso. El
poder destructivo de cada acto de violencia que sigue
al anterior crece exponencialmente. Pero esa renuncia
a reaccionar también violentamente es el único
camino para evitar que lo domine todo; resulta mucho más
sencillo para el instinto ancestral humano responder,
dejarse llevar… tal vez sea incluso más natural,
ante situaciones de violencia extrema.
Quitarle poder a la violencia es una tarea difícil
y laboriosa, paciente y educativa; consiste en reconducir
la rabia y el miedo en contra de nuestro propio instinto.
Y tenemos suficientes ejemplos de adonde conduce el no
controlar el espíritu violento que en toda sociedad
puede despertar la irrupción de un dolor súbito
y repentino.
|