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En el año santo mariano
Maria: mujer esperanzada
Jesús Burgaleta

La vida de María se realiza en el gozne del punto central de la historia y, por tanto, participa de las tres esperanzas que han alentado o alientan el camino de la humanidad.

Es «Mujer del Adviento»

María es la creyente israelita con la que finaliza la caravana de los judíos que caminaban hacia el final de la historia. Ella vive de la expectación, la vigilancia, el escrutamiento de los signos de los tiempos, la confianza en la fidelidad de Dios; ensoñando la tierra nueva.

Los evangelios que presentan la actitud esperanzada de María la retratan como apertura, disponibilidad, prontitud. El «¿cómo sucederá eso?»—reacción espontánea ante lo «nuevo» que se le anuncia—, se convierte en receptividad: «cúmplase en mí lo que has dicho». (Le 1, 34-38).

Gracias a la espera de María se empieza a cumplir su esperanza y se inaugura la Nueva Creación.

La mujer de la esperanza en el presente de su vida


La María que engendra el don de Dios, lo vive con el desconcierto con que el Reino es percibido en la historia. No la entienden, ni siquiera su marido (Mt 1,18 ss.). Ella misma tiene que asumir el misterio de un Reino que está presente, pero no brilla; que ya actúa, pero no es eficaz; que ya está sembrado, como en su seno, pero fructifica a duras penas (Mt 13, 1 ss.). Además, la cristalización del designio de Dios en la historia es causa de contradicciones, de persecución, de escándalo y de muerte. María vive su presente desconcertante y profundiza en él, para descubrir la acción de Dios aunque esté tan oculta. «Ellos no comprendieron... Su Madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello» (Le 2, 50-51).

La mujer que esperaba la plenitud de la vida que viene de Dios

Espera en Dios y Dios en el momento más desesperante de su vida. Lo que ella alumbró como acción de Dios, a quien siguió ciegamente, en quien creyó para hacerse «Madre» y «Hermana» (Mt 12, 46-50), Jesús es machacado, asesinado, borrado de la historia de los hombres. El fracaso total.

María pudo haber asumido el fracaso en su casa, vestida de luto para los restantes días de su vida. Pero no fue así. Los evangelios reflejan el temple de esta discípula de Jesús en medio de la prueba: sigue el camino de la Cruz y está presente, de pie, ante el Hijo asesinado (Jn 19,25). Vive la esperanza en el corazón mismo del fracaso (Mt 27, 46 y Le 23, 46).

Esta mujer, la primera discípula, se «arremangó» el corazón y anduvo por la vida bravamente. Es María de la Esperanza.

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