Desde la perplejidad
La teología de la liberación...
¿en el banquillo?
Joaquín Suarez Bautista
Con tanta reticencia y descalificación oficial,
recelos y miedos... ¿No estaremos defen diéndonos
de la autenticidad evangélica que inspira y anima
estas teologías latinoamericanas que interpelan
fuertemente las aspiracio nes de pequeños burgueses
(y no tan peque ños) que llevamos dentro (y no
sólo dentro)? ¿No evidencia las resistencias
del funcionaria do eclesiástico a cuestionarse?
Más allá de los interrogantes inquisitoriales
a que se somete a los teólogos de la liberación,
todo este proceso afecta a cuantos buenos católicos
en el mundo intentamos honestamente pasar de una religiosidad
alienante a una religiosidad de compromiso testimonial,
de una fe compadrada con el sistema capitalista a una
fe beligerante, crítica y contestataria del estado
actual de cosas en la sociedad y en la Iglesia. Sentados
en el banquillo solidariamente: la pastoral de liberación
en nuestros barrios pe- riféricos, las pequeñas
comunidades de base, la Iglesia popular, los cristianos
socialistas, los nuevos mártires de la Iglesia
de los pobres en Latinoamérica..., nos sentimos
aludidos, y más. Cuando son represaliados y se
les aparta de sus cátedras o de sus comunidades
y se les desautoriza, una parte valiosa de nuestra fe
y de nuestras luchas se siente marginada, incomprendida...,
perpleja, oye.
El documento vaticano advierte que sus objeciones a la
teología de la liberación no sirvan de pretexto
para atrincherarse tras la neutralidad y la indiferencia
frente a las injusticias, pero ya se está viendo
cómo, a pesar de tal advertencia, realmente está
siendo «interpretada como una aprobación,
aun indirecta, dada a quienes contribuyen al mantenimiento
de la miseria de los pueblos, a quienes se aprovechan
de ella, a quienes se resignan, a quienes deja indiferentes
esta miseria» (XI. 1). Roma se erige en defensora
de la ortodoxia.
Pero en nuestras iglesias locales estamos tan interesados
como ellos en velar por la fidelidad de nuestra fe al
Evangelio y al hombre real que somos y al mundo en que
vivimos. Pues no faltaría más. En nombre
de unas teologías se condena otras teologías.
Sabemos, por experiencia histórica, que ninguna
teología es perfecta ni ausente de riesgos si se
la absolutiza, vaya. «La Iglesia permanece,
las teologías pasan» (L. Boff y G. Gutiérrez).
Pero las teologías de la liberación no son
elaboraciones de gabinete, han pacido urgidas por situaciones
intolerables, se han alimentado de los cuestíonamientos
que la fe y la realidad se hacen mutuamente, han crecido
entre el Pueblo de Dios aue se ha reconocido en ellas
y de ellas ha recibido coraje y sentido cristiano para
romper la situación de pecado que oprime y explota
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