Alandar y los Congresos de Teología
Veinte años caminando de la
mano
Cristina Ruiz Fernández
Hay muy pocos temas que hayan aparecido sistemáticamente,
año tras año, en las páginas de Alandar.
Los Congresos de Teología han sido una excepción.
Desde 1984 nos hemos hecho eco de todo lo que acontecía
en ellos: los temas, los mensajes finales, las declaraciones
de los teólogos y teólogas participantes,
las polémicas... Por eso, en el 20 aniversario
de nuestra revista, queremos dedicar nuestras páginas
centrales a dar un repaso a la historia de los Congresos
organizados por la Asociación Juan XXIII. Porque
su historia y la de Alandar han ido siempre cogidas de
la mano.
Los años ochenta representaron en España
el intento de reafirmar la democracia, apostar por la
apertura, por la renovación... También en
el ámbito eclesial, con intentos de llevar a la
práctica las líneas del Concilio Vaticano
II. Días de esperanza que vieron surgir el Congreso
de Teología y, sólo tres años después,
la revista Alandar: una trayectoria compartida.
En 1980 se creó la Asociación de Teólogos
y Teólogas Juan XXIII. Según nos cuenta
su actual secretario, Juan José Tamayo la asociación
nace “con la idea de agrupar a una serie de teólogos
y teólogas españoles que se sitúan
en la línea del Vaticano II. Asumen la opción
por los pobres y quieren hacer Teología en diálogo
con el mundo contemporáneo. Al tiempo quieren trabajar
de manera coordinada compartiendo proyectos dentro de
estas tres grandes líneas.” Enseguida surge
la idea de celebrar un Congreso de Teología que
“en un primer momento, no tenía vocación
de continuidad, - afirma Tamayo - y que se consideró
necesario para agrupar a los movimientos cristianos de
base, renovadores, que tenían una cierta dispersión
y no estaban coordinados.
De esa forma se convocó el primer Congreso, con
el título “Pobreza y Teología”,
porque si hay algo clave en la base de este encuentro
es la opción por los pobres. El éxito de
esta primera convocatoria sorprendió a todos e
hizo necesario seguir avanzando. Como narra Tamayo: “En
el momento en que vimos que la respuesta a la convocatoria
desbordaba todas las previsiones, pensamos que era necesario
continuar con esa tarea.”
Los primeros pasos
Así se celebraron las siguientes ediciones, siempre
en la línea del compromiso cristiano con los más
débiles. El segundo Congreso llevó el título
"Esperanza de los pobres, esperanza cristiana",
una apuesta por el Evangelio como fuente de liberación
y de esperanza. El tercero aglutinó a los ponentes
alrededor del tema "Los cristianos y la paz".
Eran los tiempos de Reagan y de Guerras de las Galaxias...
¡Cuánta falta hacía esa paz!
Fue el IV Congreso el primero que apareció en la
portada de Alandar (recién nacida por aquel entonces).
La preocupación por la democracia también
se vivía desde el ámbito cristiano. Por
eso el título escogido fue "Cristianos en
una sociedad democrática", y el momento más
esperado fue la intervención Gustavo Gutiérrez.
El teólogo peruano desgranó las bases de
la Teología de la Liberación, que ya entonces
empezaba a ser puesta en entredicho por la jerarquía
eclesiástica.
El Colegio Maravillas acogería, en 1985, la siguiente
edición que, con el lema "Dios de vida, ídolos
de muerte", buscaba purificar la imagen del Dios
de Jesucristo y desenmascarar los disfraces del Dios inventado.
El mensaje final del Congreso arrojaba un poco de luz
sobre este tema: “Hemos encontrado al Dios de la
tradición bíblica... trascendente y cercano,
misterioso y real, que nos urge a hacer realidad en la
historia la fraternidad y la solidaridad”.
Esa Iglesia que es Pueblo de Dios
El VI Congreso de Teología conectó con una
preocupación que aún sigue viva: el binomio
“Iglesia y Pueblo”. Juan Antonio Estrada supo
conectar con la realidad del Congreso en su ponencia “Iglesia,
pueblo de Dios”; y la presencia más esperada
fue la de Hans Küng. El teólogo suizo presentó
la necesidad de un nuevo paradigma ecuménico: “la
búsqueda de la unidad entre las grandes religiones
y tendiendo a la liberación de todos los hombres
y todos los pueblos”, relataban las páginas
de Alandar. También llegó, desde Nicaragua,
Fernando Cardenal quien, según declaró la
Iglesia de Base de Madrid: “no vino como maestro
incuestionable en doctrina, sino como cristiano que ha
dedicado su vida a profundizar en la fe”.
Aquellos eran ya tiempos de polémicas, de censuras,
de críticas y advertencias. La Iglesia jerárquica
parecía no entender esta necesidad de liberación
y de vivencia intensa. Los problemas se tradujeron en
obstáculos para encontrar un lugar donde celebrar
el Congreso. “Empezamos celebrando los congresos
en la Fundación Pablo VI, - nos narra Juan José
Tamayo - pero Suquía, nos vetó a partir
de la quinta edición, y nos fuimos al Colegio Obispo
Perelló. Esa fue la segunda etapa de nuestro peregrinaje
y allí estuvimos varios años acogidos en
un clima extraordinario y sin ningún problema.
La tercera etapa de nuestro éxodo fue el Colegio
Calasancio, cuyo director, Enrique Sánchez, nos
acogió magníficamente aunque siempre nos
alertaba de las dificultades. Y así fue, cuando
el entonces secretario de la Conferencia Episcopal, José
Sánchez, dio orden al director del colegio para
que no nos alquilara los locales.”
En ese ambiente de polémica y de cartas que prevenían
a las congregaciones contra el Congreso, se celebró
la séptima edición, con un tema candente:
"Los seglares en la sociedad y en la Iglesia".
Entre otros ponentes, Rosario Bofill habló de la
situación de la mujer en la Iglesia y Pablo Richard
aportó la experiencia de las comunidades de base
latinoamericanas y su compromiso con el pueblo.
Poco después serían destituidos de sus cátedras
José María Castillo y Juan Antonio Estrada,
así como Benjamín Forcano que era director
de Misión Abierta. Para Tamayo, recientemente condenado
por el Vaticano: “fueron unos años muy duros
en los que se empezó a establecer un control del
pensamiento teológico en las publicaciones, en
la formación de los seminarios y en las cátedras.”
Seguir caminando hacia la utopía
A pesar de problemas y censuras, era necesario seguir
caminando. Por eso el título del Congreso de 1988
fue “Utopía y profetismo”. Y junto
a la esperanza, la convicción de que no todos los
obispos están alejados de esta utopía. La
presencia de Javier Osés, entonces obispo de Huesca
dio muestras de ello. También hubo otras presencias
polémicas aquel año, como la de Cristina
Almeida y Juan Barranco que intervinieron en una de las
mesas redondas. Además, la visión del Tercer
Mundo se completó, según la crónica
de Alandar: “el Congreso ha dado un paso este año
incorporando a su reflexión el clamor y la esperanza
del pueblo africano”.
La utopía seguía siendo necesaria, pero
“no una utopía en su sentido peyorativo,
en cuanto a modelo abstracto”, sino como “sociedad
fraterna, deseable y alcanzable”, afirmaba el Mensaje
Final del VIII Congreso. Y junto a la utopía, la
preocupación por los derechos humanos. Esto se
reflejó en la siguiente edición, que contó
de nuevo con la presencia del obispo Osés, además
del arzobispo de Argel Teissier. Una de las intervenciones
más destacadas fue la de Pilar Aquino, teóloga
mexicana, que dio su testimonio: “La teología
no es un lujo. Es una necesidad. Es articular la propia
experiencia de fe al lado de un pueblo”. Fue un
Congreso preocupado por las necesidades del mundo, pero
que también lanzó un interrogante: “La
Iglesia, por activa y por pasiva, reclama el respeto de
los derechos humanos, pero ¿respeta esos derechos
en su propio seno?.
Paso a paso el Congreso cumplía ya diez años
de celebración. Un nuevo binomio se planteaba a
los congresistas: “Dios o el dinero”. El tema
ponía la solidaridad cristiana frente al liberalismo
económico, un enfrentamiento que incomoda a algunos
que se dicen católicos y están instalados
en el neo-liberalismo. La ponencia de Jon Sobrino, que
ya había participado en congresos anteriores, incidía
en la diferencia entre “Iglesias ricas e Iglesias
pobres”. La crónica de Alandar la resumía
así: “Hablo Jon de la riqueza en misericordia
y que únicamente son iglesias ricas las que, delante
de los crucificados de la tierra, se hacen las tres preguntas
herederas de las de Kant: qué he hecho yo para
que estén crucificados, que hago para que lo sigan
estando, y qué voy a hacer para que dejen de estarlo”.
Años de reflexión
En 1991 se reflexionó en el Congreso sobre el V
Centenario del descubrimiento de América, que se
celebraría a bombo y platillo el año siguiente.
Fue una mirada a Latinoamérica y a todas las aportaciones
que los europeos hemos recibido de ella. Las ponencias
de Antonio Gala, Oscar Beozzo o Xavier Alegre contribuyeron
al pluralismo de esta edición, que se celebró
aún en el Colegio Calasancio.
“Y Dios creó a la mujer” fue el título
del XII Congreso, que reafirmó su apuesta por la
presencia femenina en la Iglesia y la aportación
de las mujeres a la teología y el pensamiento.
Teólogas como Pilar Aquino o Mary Hunt reafirmaron
esta idea, llamando a la búsqueda de la justicia.
El mensaje final requería: “reconocer a la
mujer su capacidad de tomar decisiones en la solución
de los problemas que le afectan, por ser miembro de una
comunidad responsable y sujeto moral igual que el varón”.
Los siguientes congresos sirvieron para exponer varios
binomios: "Ética universal y cristianismo",
"Marginación y cristianismo" y "Ecología
y cristianismo". En todos ellos se dejaba sentir
un espíritu de apoyo a todos los movimientos y
personas que sueñan con una ética nueva
y que entregan su vida a los marginados, a los que menos
cuentan. “Es necesario que los cristianos no tengan
anquilosada su conciencia moral por un gregarismo de grupo,
sino que la mantengan viva y abierta”, afirmaba
uno de los mensajes finales.
En el congreso de 1994 destacó la intervención
cálida y sentida de Diamantino, que fallecería
poco después. Y en 1995 todo el mundo estuvo de
acuerdo en la excelencia de Eduardo Galeano. El escritor
uruguayo fue uno de los ponentes más esperados,
junto con Hans Küng, que repetía participación
en el Congreso.
Una mirada a la realidad
Bajo el título “Evangelio e Iglesia”
se celebró el XVI Congreso, en el que destacó
la ponencia grabada en vídeo de Pedro Casaldáliga.
Las palabras de este obispo de los pobres eran una brisa
de esperanza porque, como constató el mensaje final:
“En la Iglesia que nos toca padecer y gozar [...]
también hay signos de resurrección, testigos
que muestran que la verdad y el amor son posibles”.
Aquel fue el último año que el Congreso
se celebró en un centro religioso. Como nos cuenta
Tamayo: “En ese momento llegamos a nuestra ubicación
actual, desde 1997, nos reunimos en CC.OO., y estamos
encantados por la capacidad de acogida, la atención
prestada...”. Un alquiler más bajo, mayores
comodidades y, tal vez, mayor cercanía con la sociedad
civil.
Desde entonces la tónica de los Congresos ha sido
la sensibilidad ante el cambio social que vivimos. La
inmigración, con sus problemas, sus retos y sus
aportaciones al mundo occidental. El neoliberalismo, con
la convicción de que “presentar como prototipo
para el siglo XXI un Occidente nucleado por el cristianismo
y ligado a los valores del neoliberalismo es traicionar
lo más íntimo de la herencia del Evangelio”.
Y, en 1999, la necesidad de una mirada nueva hacia el
siglo XXI, una mirada hacia abajo. Porque, según
afirmó Jon Sobrino: “una Iglesia que no sufre
lo que sufren los de abajo no es la Iglesia de Jesús”.
Congesos para el siglo nuevo
Con el año 2000 llegó el vigésimo
aniversario del Congreso... un aniversario que nadie pensó
que alcanzaría. Para celebrarlo, la presencia de
Jacques Gaillot, obispo de los excluidos y excluido él
mismo por el Vaticano. El obispo afirmó que: “La
Iglesia no ha sido creada para sí misma. La primera
obligación es la justicia. Justicia es abrir un
espacio al otro, a un marginado, a un pueblo olvidado,
a un campesino expulsado de sus tierras...”.
Las dos últimas ediciones han servido como reflexión
sobre la democracia y la globalización, los dos
grandes temas de la política y la economía
actual. El llamamiento no podía ser otro: hacia
una mayor democratización y por una globalización
justa e igualitaria. El mensaje final del XXI Congreso
concluía: “En la Iglesia Católica
hay mucha gente que piensa que la Iglesia tiene que ser
más democrática.”
El Congreso y sus organizadores se ponen una vez más
del lado de los oprimidos y de los que luchan por una
nueva sociedad. Como explicó Carlos Taibo en su
ponencia del año 2002: “El término
globalización es un hallazgo eufemístico
que elude llamar al actual sistema por su nombre: capitalismo
e imperialismo”. Juan José Tamayo dio la
clave de actuación: “El imperativo ético
es: ¡no te adaptes a la situación, no rehúyas
la conflictividad, que es fuente de transformación
social!”.
Y ahora, un año más nos preparamos
para el Congreso, esta vez bajo el epígrafe: “Cambio
de valores y cristianismo”. Una oportunidad más
para debatir, reflexionar y mirar a la realidad desde
el corazón cristiano y el espíritu del Evangelio.
(Artículo publicado en el nº 200 de Alandar,
septiembre de 2003) |