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 ESPECIAL CONGRESO DE TEOLOGÍA

¿Quién teme al Congreso de Teología?
Aventuras y desventuras de un Congreso que quería ser libre
Cristina Ruiz Fernández

Desde hace más de veinte años se celebra en Madrid el Congreso de Teología organizado por la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Un foro de debate y pensamiento, pero sobre todo un lugar de encuentro para grupos cristianos abiertos, renovadores, críticos y proféticos. Su talante libre y multidisciplinar le ha hecho ser objeto de polémicas, dificultades, críticas y malentendidos. Por eso, ya la crónica que Alandar hacía del VII Congreso, en 1987, llevó el título “¿Quién teme a los Congresos de Teología?”. Hoy, más de 15 años después, hay muchos que siguen temiendo al Congreso de Teología... los mismos que temen al diálogo y a la renovación.

En 1991 se leía con rotundidad en las páginas de Alandar la siguiente afirmación: “El Congreso de Teología tiene tres enemigos: el calor, las emociones y la prensa.” Algunos añadirían un cuarto enemigo... o al menos un reto que superar: la jerarquía eclesial. Los dos o tres primeros años se desarrollaron sin grandes enfrentamientos, Pero después empezaron las dificultades, traducidas en críticas, en problemas para encontrar un lugar donde celebrar el Congreso o en cartas a las congregaciones.

Como explica el teólogo Juan José Tamayo, secretario de la Asociación organizadora del Congreso: “El problema fundamental es que la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII es una asociación civil, es decir, decidimos no acogernos al Código de Derecho Canónico. Esta decisión se tomó por varias razones. Primero por su naturaleza ecuménica, desde el principio ha habido teólogos protestantes de las distintas iglesias, mayoritariamente evangélicos. Y en segundo lugar, creíamos que si entrábamos bajo la cobertura del Código de Derecho Canónico, el control por parte de la jerarquía iba a ser muy grande y se nos iba a limitar la capacidad de organizar el congreso con plena libertad.”

Sin libertad no hay teología creativa

También Benjamín Forcano hablaba de esta necesidad de libertad en un artículo publicado con ocasión del vigésimo aniversario del Congreso: “Los teólogos de la Juan XXIII, convencidos de la tarea positiva de la teología, decidieron enmarcar su reflexión teológica desde la opción fundamental por los pobres, en diálogo interdisciplinar con la modernidad, dentro de la cultura de nuestro tiempo, con apertura al Tercer Mundo (en especial a América Latina) y en condiciones de plena libertad”. Pero, continúa Forcano: “Este foro [...] no era del agrado ni de Roma ni de la jerarquía eclesiástica española. Se pretendía controlar mediante a recognitio canónica, sometiéndolo de hecho a la censura. Hubo votaciones y todo. Pero, la reacción mayoritaria de la Asociación fue clara y firme: libertad, pues sin ella no hay teología creativa ni comprometida.”

Así empezó el peregrinar de los Congresos, primero en el Aula Pablo VI, donde fueron vetados por el Cardenal Suquía. Luego al colegio Obispo Perelló, a los Calasancios... Hasta que, en 1997, encontraron su hogar definitivo en la sede de Comisiones Obreras en Madrid. La crónica de Alandar relataba con cierta picardía aquel cambio: “Un local agradable, con aire acondicionado –contra el calor, ese tradicional enemigo- y por un alquiler de 150.000 pesetas frente a las 500.000 del local anterior. ¡los hijos de las tinieblas son más baratos que los hijos de la luz!”. Se vencía al calor, y se solucionaba el problema del veto jerárquico.

Una mentalidad muy cerrada


Pero las dificultades no solamente tenían consecuencias en el lugar de celebración del Congreso, también circularon por las instituciones religiosas cartas de advertencia en contra del mismo. En 1987 se difundió un mensaje confidencial de los presidentes de la Confederación de Religiosos y Religiosas (CONFER). En ella se reflejaban las conclusiones de una reunión celebrada entre la Conferencia Episcopal y algunos representantes de la Asociación Juan XXIII: Casiano Floristán, Julio Lois, Benjamín Forcano y Gómez Cafarena. Una sesión “franca y dura” en la que la CONFER afirmó encontrarse “frente a una mentalidad muy hecha, muy cerrada, muy segura de sí misma y muy auto justificada en relación con los aspectos morales, disciplinares y teológicos”. Los obispos afirmaban no haber llegado a conclusiones que “permitan esperar una modificación de los Congresos para hacerlos aceptables como una actitud legítima dentro de la comunidad cristiana.”

La respuesta de la Asociación Juan XXIII fue declararse en comunión con la Iglesia como Pueblo de Dios, manteniendo el Congreso como espacio de libertad en el que se comparten compromisos, preocupaciones y esperanzas. Al tiempo pedían a los obispos su participación: “con cercanía de hermanos”. “Si nuestros prelados se hiciesen presentes en estos Congresos –afirma la carta de respuesta a la CONFER- no sólo sería recibidos con los brazos abiertos, sino que conocerían en directo el ambiente cristiano que se respira en estos encuentros.”

Respuestas dialogantes

Y es que las respuestas que los teólogos y teólogas organizadores del Encuentro han dado a las críticas han sido siempre muy serenas. Sin embargo los medios de comunicación se han encargado de exacerbar las críticas, y poner el acento en las frases más críticas contra la jerarquía. La crónica aparecida en Alandar en 1999 señalaba esta manipulación mediática: “La verdad es que es bastante lamentable la imagen que da siempre del Congreso el primer periódico del país, alejada de la realidad.” Fue necesaria una rectificación del teólogo Miret Magdalena para hacer ver la orientación del Congreso que, en sus últimas ediciones: “ni critica a la jerarquía, ni apenas la menciona, porque sus intereses van por caminos mucho más positivos”.

Ese afán positivo, unido al talante de diálogo, marca las líneas del Congreso que sigue adelante. A pesar de las destituciones y de las condenas que sufren algunos teólogos, a pesar de la demonización y de los temores. Año tras año más de mil cristianos comprometidos en la lucha por el Evangelio se siguen dando cita en los Congresos de Teología. Porque ellos y ellas no le tienen miedo a la libertad, que es uno de los mayores dones de Dios para el ser humano.

(Artículo publicado en el nº 200 de Alandar, septiembre de 2003)
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