Instruír deleitando
Los folletos de ALANDAR
Araceli Caballero
Los más viejos del lugar recordarán
aún aquel día del otoño de 1985 cuando
en un local creo que de Vallecas se presentaban los folletos
Alandar, un nuevo invento, delgado, modesto y manejable
que –lo sé porque allí estaba- en
aquellos momentos era una ocurrencia abierta, con el horizontes
claro, pero, como la propia revista, con el camino por
trazar. Quiero decir que no había una larga lista
de textos en espera, ni una “cuadra” de autores,
pluma en ristre, esperando publicar. Insisto: como la
revista, empezó sabiendo hacia dónde quería
ir y con la ilusión de a ver cómo lo sacamos
adelante.
La susodicha revista llevaba exactamente dos años
en la calle, y se paseaba de la mano de un grupo de gentes
cristianas de a pie y en la portada del número
1 acotaba su campo como un espacio “tan amplio como
el campo de preocupación y de acción de
los cristianos comprometidos en la construcción
del Reino de Dios ya aquí en la tierra”.
(No querría darme a las preguntas impertinentes
como quien se da a la bebida, pero ¿es que existe
otro tipo de cristianos?). Los folletos, no hace falta
decirlo, se proponían seguir idéntica estela,
de modo que, para ir abriendo boca, desde la portada del
nº 1 D. Enrique Tierno Galván afirmaba Yo
no soy ateo. Por si la cosa no quedaba suficientemente
clara, al nº 2, que también se presentó
ese día, su autor, una de las estrellas de la casa
(Martín Valmaseda) lo tituló Cuando tu dices
Dios ... yo me huelo otra cosa.
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Tengo delante ambos folletos. En la portada de
uno, el Viejo Profesor; en la del otro, el Guerrero
del Antifaz, y me parece que sería un festín
para un semiólogo esta amalgama de iconos
de mundos, en principio, contradictorios: el héroe
de cruzadas vergonzosas que mata en nombre de la
fe; el sabio agnóstico que a tantas personas
cristianas ha ayudado a discernir su fe. Dos iconos
más que contradictorios, paradójicos,
cuya mera contigüidad los dota de nuevos significados,
cuyos títulos parecen entablar un diálogo
mayéutico del que puedan nacer preguntas
y respuestas que den lugar a nuevas preguntas. (Ignoro
si fue intencionado, pero el hecho es que ambos
miran a la izquierda, y cualquier semiólogo
de tres al cuarto sabe que los mensajes y los signos
funcionan sin conexión con las intencionalidades).
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Y se me ocurre que es ese conjunto una magnífica
metáfora de Alandar, que ha tenido continuidad
–una veces mejor y otras peor: admitámoslo-
en los ya casi 40 que han venido detrás (entonces
el número venía indicado, ¿recuerdan?,
por una manita con los correspondientes dedos extendidos:
nos sobraban dedos de una mano para casi todo entonces.
Como luego nos faltaban dedos y nunca quisimos ser monstruos
de muchos dedos, buscamos más manos que ampliaran
la cuenta y el cuento).
Que no nos falte de ná
Si en la variedad está el gusto, esto de los
folletos debe ser para relamerse, porque lo mismo salía
uno sobre la deuda como otro sobre el Espíritu
Santo; uno con salmos como otro con cuentos; un catecismo
o un manual de urbanidad. En fin, de todo. Y qué
decir de los autores, si hasta hay una de 7 años...
Preguntarnos por el más allá (nº 17)
no ha impedido que tratemos algunos temas del más
acá que plantean peliagudas preguntas, como la
cárcel y el sida, el V centenario, nuestros hábitos
cotidiano o la deuda externa (dos: que para que no se
convierta en eterna, nosotros somos pertinaces). El mundo
y la Iglesia andan en los Folletos Alandar algo más
de la mano que en instancias más vaticanas, que
de siempre nos ha ido más lo eclesial que lo eclesiástico;
a fin de cuentas, como se encargó de recordarnos
el ínclito Carlos, Fuera del mundo no hay salvación.
Por eso mismo nos hemos ocupado tanto de lo que comemos
en la mesa (Manual de buenas maneras para comensales respetuosos)
como en la misa (Tomad, comed y vivir el amor), y al caer
debe estar la camisa, que de las injusticias que manchan
nuestras ropas aún no nos hemos ocupado.
En esta treintena ya muy larga de pequeños
vademeca de los que se puede echar mano para rezar, para
pensar, reír o preguntarse (sobre todo preguntarse),
hay incluso nuestro best-seller, el Catecismo Alandar,
cuyas tres entregas ofrecen jugosas variantes a las respuestas
y, sobre todo, a las preguntas del Astete y autores de
similar calaña. Claro que están firmados
por algunos de las estrellas de la “escudería
Alandar”: Martín Valmaseda; Carlos F. Barberá
y Goyo Ruiz en la primera entrega (unos 40.000 ejemplares
vendidos), y los dos primeros mása Julio Lois en
las dos siguientes, que Goyo “se nos marchó
a comprobar en directo con Dios lo que habíamos
escrito”.
Este apetitoso florilegio ha sido posible porque
la “cuadra Alandar” se prestigia con el número
y la calidad de sus autores y autoras, flor y nata de
las letras, príncipes y princesitas de los ingenios
–que Cervantes me perdone-, campeones y campeonas
de las listas, más de ventas, de regalos. Ya queda
escrito: desde el “viejo profesor” a una pequeña
autora de 7 años que nos recuerda que los cuentos
no tienen porque ser privilegio de abuelos, aquí
tocamos todos los palos, trabajamos todas las edades y
todos los trienios. Y los dos últimos son buena
muestra, firmados, respectivamente, por la histórica
e incombustible Merche Más y por Jaime Atienza,
un sabio más o menos recién llegado.
Y así han ido, en fin, estos primeros casi 40 folletos
que han pretendido tratar los temas que nos interesan
con rigor y sonrisa, como dijo el clásico, burla
burlando, que la letra con risa entra. Puesto que tratan
a veces estos opúsculos (palabra con cuya etimología
aparente no debe jugarse) de temas que a veces incitarían
al llanto, hemos seguido el consejo de Rabelais, que “mejor
es de risa que de llanto escribir,/ pues lo propio del
hombre es reír”, convencidos y convencidas,
como Shaftesbury, de que “es criterio sano el someter
todas las opiniones, incluso las propias y las consideradas
sagradas, a toda clase de tratamientos, incluidas el de
tratarlas a broma”.
(Artículo publicado en el nº 200 de Alandar,
septiembre de 2003) |