Sobre banderas y gentes
Marta Arias
Son tantas las reflexiones y sentimientos que han
despertado los acontecimientos del fatídico 11
de marzo en Madrid, que me veo obligada a continuar con
el tema de Jaime por primera vez en esta columna co-gestionada.
Se hace difícil no repetirse con todo lo que ya
se ha dicho y escrito al respecto, pero si hay algo que
ha dado vueltas a mi cabeza en las últimas semanas
(o algo que ha sobresalido entre los muchos pensamientos
y sensaciones), ha sido la idea de que el atentado ha
puesto en evidencia una realidad que va muy por delante
de su propio reconocimiento institucional. Me estoy refiriendo
a la evidencia de la España mestiza, multicultural
y plurireligiosa, que saltó a nuestros televisores,
nuestra consciencia (y nuestra conciencia), pese a la
resistencia oficial. Así, mientras el Presidente
del Gobierno proclamaba que “nos han atacado por
ser españoles”, veíamos constantes
imágenes de rumanos, peruanos o ecuatorianos entre
los fallecidos, los heridos, los familiares desconcertados
y, cómo no, entre los héroes anónimos
que salvaron vidas en los momentos iniciales de caos.
Mientras las autoridades se empeñaban en celebrar
un funeral de estado monoteísta para todas las
víctimas, fue la ejemplar Comunidad de San Egidio
la que logró fundir a católicos, musulmanes,
ortodoxos y agnósticos en un emocionado abrazo
proclamando que Dios no es quien nos separa, sino quien
nos une a través de la búsqueda de la paz
y la convivencia.
Reconozco que el patriotismo (incluso el bien entendido)
siempre me ha puesto un poco nerviosa, al igual que la
proliferación de banderas nacionales (con la excepción
de algunos eventos deportivos). Viajé a Nueva York
poco después del 11-M y me sentí incómoda
ante el exceso de banderines en casas, escaparates y vehículos.
Un fenómeno parecido al que se produjo en los balcones
de Madrid, donde el rojo y el amarillo (incluso en algún
caso con el águila imperial entre medias) competía
por barrios con algunas banderas blancas (incluso llegué
a ver alguna de otra nacionalidad adornada con el crespón
negro, lo cual me hizo sentir un poco más cómoda
en mi propia casa). ¿Es España como identidad
lo que está siendo amenazado por el terrorismo?,
¿es sintiéndonos más españoles
como vamos a poder afrontarlo?, ¿debemos para ello
diferenciarnos más de los vecinos inmigrantes,
de los países de nuestro entorno...? Personalmente,
pienso que no. Siento que es precisamente reforzando nuestra
unión como ciudadanos globales, independientemente
de la nacionalidad y la religión, como avanzaremos
y podremos hacernos más fuertes frente al terror
y la violencia. Porque ellos, nuestros vecinos de todo
color y religión, también están amenazados.
Por eso me gustó particularmente la campaña
que SOS Racismo lanzó apenas unos días después
de los atentados, alertando frente al posible surgimiento
de brotes racistas frente a la población árabe,
y reclamando para ello la intervención proactiva
de todas las instituciones públicas y privadas.
Porque no basta con atajar el racismo cuando este se produce.
Se hace imprescindible dar el primer paso, poner manos
a la obra y adelantarnos a los acontecimientos. Algo que
todavía cuesta entender en muchos ámbitos,
particularmente el político. De hecho, el fenómeno
migratorio estaba teniendo una presencia extrañamente
escasa en el panorama electoral. De parte de unos, tal
vez porque no han querido o no han sabido dar con la política
adecuada. De parte de otros, tal vez porque tampoco tienen
la respuesta, o tal vez (seamos positivos) porque no han
querido hacer de la emigración una bandera “problemática”
como el terrorismo o el precio de la vivienda. Pero no
es silenciando el fenómeno como vamos a lograr
su adecuada gestión. Necesitamos hacerlo visible,
adaptar las instituciones, trabajar las actitudes y preparar
a las futuras generaciones para que aprendan a vivir en
la convivencia y el respeto. Ahora, más que nunca.
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