Como probablemente recordareis si lleváis siguiendo esta columna desde hace tiempo, a principios del 2013 hice una ¿arriesgada? apuesta de consumo. El teléfono móvil que venía usando por aquel entonces, de marca multinacional muy conocida y con todos los inconvenientes de los aparatos tecnológicos convencionales – a saber: obsolescencia programada, materias primas que no se sabe de dónde vienen o que casi mejor no saberlo, ignorancia de las condiciones de fabricación, proliferación de envases poco o nada respetuosos con el medio ambiente, etc.- estaba dando sus últimas boqueadas y decidí apuntarme a un crowdfunding (o sea, eso de que con las aportaciones de muchos se hace posible un algo grande) de una fundación holandesa que necesitaba 15.000 personas que aportaran algo más de 300€ y que esperaran unos cuantos meses para recibir un teléfono móvil de comercio Justo (el Fair Phone). Teléfono de una multinacional, sí, porque opera y vende en todo el mundo pero con garantías de que el coltán y los otros minerales necesarios para su fabricación estaban limpios de conflicto y se extraía de minas que en el Congo cumplían con los principios del comercio justo; ensamblado en china, sí, pero por una cooperativa de mujeres que recibían salarios dignos; diseño verde, nada de cacharros superfluos (ellos decían que para qué mandar otro cargador, si en casa tenemos ya un montón); sistema operativo Android, como muchos otros, per de código abierto, actualizaciones continuas y mejoras trabajadas por una amplia comunidad de friki-techs. Es verdad, no todo era tan maravilloso: la cámara de fotos no era puntera ni hacía las mejores fotos del universo, el tamaño era diferente y no estandarizado. Pagué en febrero, recibí mi teléfono en septiembre y hasta hace un mes y poco hemos sido inseparables. No solo he llamado, mandado mensajes y whatsapps, twitteado o jugado al candy crash ese de las gominolas –sí, sí yo también juego desde mi pantalla. Mi teléfono justo ha sido compañero de conferencias y talleres, apareciendo en los momentos oportunos en los que la narración acerca de nuestros consumos y su significado requería su participación. Lo he mostrado cuando había que demostrar que se pueden buscar alternativas.

Hace un par de meses mi teléfono decidió apagarse. Ha durado más del doble de un terminal medio: según datos de la consultora Kantar, la media de vida útil de un teléfono móvil se sitúa en 20,5 meses (y bajando). El mío ha durado más de 40 meses. Lo llevé a ver si se podía reparar, pues lo único que no le funcionaba bien era el botón de apagar/encender, pero no he encontrado quien lo reparase. En los talleres me miraban con extrañeza y he tenido que oír en bastantes ocasiones eso de “si es que te va a salir más barato comprarte uno nuevo que repararlo”. ¡En fin! Me he planteado comprarme otro igual  pero ya no lo fabrican. También podría pasar a la versión 2 pero, aunque a la larga compensaría gastarse lo que piden, hoy por hoy escapa a mis posibilidades y a lo que estoy dispuesto a pagar por un teléfono. El Fair Phone 2 es modular. Te garantizan que estará contigo toda la vida pues solo irás sustituyendo aquello que por el uso se vaya desgastando, pudiendo mantener el resto de las piezas. Pero sale caro. Así que he vuelto a cometer el pecado de comprar un teléfono convencional, de los de multinacional, de los que no garantizan condiciones ni justicia. ¡Soy humano, qué le vamos a hacer! A veces uno no puede ser todo lo coherente que quiere o pretende ser y cae en las garras del capitalismo feroz. Pero no pierdo la esperanza de reparar a mi viejo compañero y encontrarle esa piececita que le haga funcionar. Mantengo, eso sí, mi línea de telefonía con Eticom-Somos conexión. Una cooperativa de servicios de telefonía bajo criterios de economía social que me permite comunicarme sin dar dinero a ninguna de esas tres grandes compañías que monopolizan las llamadas en nuestro país. Pero esto lo dejo para otra columna. Prometo hablar pronto de las estrategias del miedo y la duda que usan las compañías convencionales para evitar que pruebes cosas nuevas, alternativas, diferentes y que les confrontan con sus contradicciones y su lavado de cara.