No volveremos, no, a la vieja Cristiandad.
No volveremos a la Iglesia de los monseñores y
vuecencias.
No volveremos a aquel Pueblo de Dios que construye palacios
reales y mausoleos ostentosos para sus líderes,
olvidando que es un pueblo peregrino en la tierra.
No volveremos a la asamblea en la que unos pocos enseñan
y otros muchos son enseñados.
No volveremos a creer en los milagros que favorecen a
los ricos, porque son oficialmente los buenos.
No volveremos a hacer de la Cruz una espada para herir
a los adversarios.
No volveremos a confundir la fe en Cristo con ninguna
forma de civilización dominadora.
No volveremos a mirar hacia atrás, como si el Reino
de los cielos viniese de las glorias del pasado.
No volveremos a situar la seguridad de la vida eclesial
en un Código de Derecho Canónico.
No volveremos a cifrar la Verdad Revelada en un conjunto
de definiciones metafísicas inamovibles.
No volveremos a Partir el Pan, únicamente para
los que se consideran dignos, excluyendo a los que se
confiesan indignos pecadores.
No volveremos a pretender que la Salvación de Dios
se encierre y se dispense privilegiadamente dentro de
las estructuras de ninguna confesión religiosa.
No volveremos a confundir la fe en el Dios Vivo con un
conjunto de prácticas piadosas que tranquilizan
la conciencia.
No volveremos a invocar el Misterio si no nos sentimos
traspasados por el mismo Misterio.
No volveremos a creer en un Dios que es Amor, y que exige
o espera sacrificios de nosotros, sus hijos.
No volveremos a creer que Dios nos ha hecho a su imagen
y semejanza, y que haya algo en nuestra naturaleza humana
que deba ser reprimido como peligroso o indigno.
No caeremos de nuevo en la tentación de creer que
es posible un Mundo sin Dios ni un Dios sin el Mundo,
porque el Amor Creador nos revela la mutua necesidad y
la entrega mutua.
Porque creemos que sólo el Amor salva, y que el
Amor rompe con su fuerza expansiva todas las ataduras
que intentaron limitarlo.
Porque creemos en un Dios que habla en la Vida, que actúa
en la Vida, que salva en la Vida, y que es el Corazón
mismo de la Vida.
Porque para sus seguidores, Jesús el Cristo, siempre
está viniendo y haciéndolo todo nuevo con
el ímpetu de su Resurrección.
Porque el Espíritu derramado sobre toda carne,
nos ayuda a todos sin excepción (a todos sin acepción),
a ser, con el favor divino, plenamente
humanos.
No volveremos, no, a ninguna forma de fe, que no sea compartir
la experiencia del Amor de Dios con el Universo en expansión.
No volveremos a creernos salvadores de nada ni de nadie,
porque hemos llegado a ser testigos atónitos de
esa Salvación que Dios ofrece gratuitamente a todos.
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