Mis santos preferidos
Santa Bárbara Araceli
Caballero
Parece que el dato más documentado del que
disponemos sobre esta santa, además de que
en el cielo está escrita con papel y agua
bendita, es que nos acordamos de ella cuando truena,
pero no ha de ser ello óbice ni cortapisa
para el devoto fervor de sus fieles. Lo demás
se ha ido añadiendo a las crónicas
de su primer biógrafo, Metafrastes, del que
se ignora si le vino la devoción de su bárbaro
nombre.
Cuenta este docto devoto que para bárbaro
y terrible, el padre de la doncella, Dióscoro,
un hombre de mal carácter, ánimo irritable
y natural enojadizo. Llevarle la contraria conllevaba
temibles peligros, como pudo comprobar su hija.
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El tal Dióscoro, amante padre, modelo "lo-que-te-hago-sufrir-más-me-duele-a-mí",
seguidor de la doctrina "el buen paño en el
arca se vende" y precursor del movimiento "la
mujer en casa y con la pata quebrada", decidió
que Barbarita era una joya y, como tal, había que
tenerla a salvo de los peligros del mundo, que para peligro
ya estaba él.
De modo que la encerró en una torre. A la torre
fue una tarde a proponerle (a la vista de los hechos,
el término correcto sería 'imponerle') un
marido de su agrado (del agrado de Dióscoro, faltaría
más). Como las mujeres no saben lo que les conviene,
la inconsciente Bárbara se negó a la coyunda.
El amantísimo padre, como es natural en estos casos,
montó en cólera y en ella-en la cólera-
cabalgó un buen rato.
No contenta con este desatino, a la chica no se le ocurrió
otra cosa que mandar abrir tres ventanas donde su paterfamilias
había ordenado sólo dos: la moza quería
ver mundo. ¡Hasta ahí podíamos llegar!,
debió exclamar Dióscoro. Supuso con razón
el díscolo que señal era tal cosa de que
la niña se le había hecho cristiana y que
las tres claraboyas eran símbolos de la Trinidad.
Como tal militancia no le parecía benéfica
para su niña, tras torturarla lo que le pareció
conveniente, la llevó a los tribunales, que para
eso están, para poner a cada cual en su sitio.
Dura lex, sed lex, si no dijo pudo haber dicho Martiniano,
la autoridad de la provincia, y cual el martillo que evoca
su nombre aplicó la duralex: si a la chica le había
dado por pensar por su cuenta, lo mejor sería cortar
por lo sano, que en estos casos es a la altura del pescuezo.
No termina aquí la historia. Decapitada Bárbara,
la cólera de Dióscoro -y Dióscoro
mismo- fue fulminada por la cólera del rayo, que
a todo hay quien gane. Esto último, y tal vez todo
lo anterior, lo asegura la leyenda, que a veces es una
forma de tomar revancha de la historia. Pero, en fin,
si non é vero, é ben trovato y
bien está contar con Santa Bárbara para
invocarla en caso de tormentas. Y, a veces, ganas dan
de invocarla para que las haya.
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