Es la pregunta que se hacía David Trueba en una de sus columnas en El País a propósito de las imágenes de refugiados sirios que, cercados en la frontera macedonia, fueron rociados con gases lacrimógenos. La respuesta a tan impactantes imágenes fue la indiferencia general y así seguimos dando la espalda a personas de todas las edades que huyen de una guerra sin fin, promovida y mantenida sine die por intereses que se blindan al menor intento de sacarlos a la luz. Mientras tanto, las partes implicadas en el conflicto, directa o indirectamente, se lanzan dardos que avivan el fuego del odio o desgranan con desfachatez mentiras como si de verdades se trataran.

Simultáneamente, crecen los nacionalismos y la xenofobia y nos preguntamos, como se preguntaba David Trueba, “¿somos o no somos capaces de tratar a los demás como seres humanos?”. Porque son seres humanos los que huyen del horror de la guerra y son concentrados en campamentos como el de Idomeni, “este gigantesco aparcamiento de personas”, como lo calificó la periodista de El País Mª Antonia Sánchez-Vallejo. “Idomeni se ha vuelto una ratonera a cielo abierto”. Una ratonera repleta de personas, la mayoría, según ACNUR, mujeres, niños y niñas extenuadas por tanto sufrimiento y por la ausencia de esperanza. El panorama que describe la citada periodista no tiene parangón: dolor sin límites, angustia sin límites, desesperanza sin límites.

Sami Naïr ha calificado la crisis de los refugiados como la tragedia humanitaria más importante que padece Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Cumbres y demás tipos de reuniones no faltan en los países de la Unión Europea para proponer medidas, fórmulas matemáticas para acoger con cuentagotas a personas refugiadas, fórmulas que, incluso estableciendo unas cantidades exiguas de acogida, los gobiernos europeos no aplican. Europa está hundida -como asegura Naïr- y nadie sabe cómo va a emerger de semejante desastre que “es, además, un desastre ético”.

Para el filósofo Bernard-Henri Lévy, la crisis de los refugiados está dinamitando el espíritu con el que nació Europa como tal y el gobierno europeo de Bruselas se está convirtiendo en una pesada burocracia, “inmóvil y obesa”. En su opinión, todavía estamos a tiempo de reaccionar política y moralmente para rescatar y avivar el sueño europeo descrito por Dante Alighieri o Robert Schuman, pero hay que actuar de forma coordinada y no dejarse vencer por el “sálvese quien pueda obsceno y generalizado”, en palabras del filósofo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? No me atrevo a hacer una afirmación rotunda relativa a una sola causa, aunque la permisividad internacional frente a la actuación del gobierno sirio apunta a ser una de las causas fundamentales. Desde el inicio de la guerra de Siria, miles de personas han tenido que huir y las respuestas dadas por los países de la Unión Europea, junto con la escandalosa omisión de la comunidad internacional a la crisis de los refugiados, no ha hecho más que agravar su situación. Respuestas que, claramente, van en contra de la propia normativa comunitaria, especialmente, la Convención Europea de Derechos Humanos, por no citar el incumplimiento de una larga lista de tratados internacionales. Hemos llegado hasta aquí porque todo lo humano es ajeno a quienes toman las decisiones y la ciudadanía no interpela con suficiente fuerza a nuestros supuestos representantes políticos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Me preguntaba una mañana luminosa de primavera, con la mirada puesta en unos almendros en flor, un paisaje repleto de belleza como, quizá, el que contemplaron los centenares de niños y mujeres que en su día cortaron el paso a un mercancías en Idomeni con ramas de flores de almendro en sus manos: “almas reducidas a cifras por las estadísticas y casi cosificadas en el gigantesco plató en que se ha convertido el lugar”. Así las describía Mª Antonia Sánchez-Vallejo en El País y así me lo contó hace unos días, rota de dolor, a la vuelta de uno de los viajes a la zona. Ella ponía nombre y apellidos a tanto sufrimiento humano y destacaba la fortaleza de las mujeres ante tanta barbarie. Me quedé sin palabras. Sigo sin palabras.