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Calles vacías

Ruth Anastacio

Miércoles 11 de marzo de 2009

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Toda mi niñez, además de hacer los deberes de la escuela y otras encomiendas, la pasé jugando con mis amigos de barrio. Conocía a todos los de mi edad y a sus padres. No solo a los de mi calle, conocía a todo el barrio, los llamaba por sus nombres, los veía a diario para divertirnos, haciendo juegos grupales y competiciones.

Recuerdo que nos cogíamos de las manos para formar una ronda mientras cantábamos: “juguemos en el bosque mientras que el lobo no está, ¿lobo qué estás haciendo?”. Las escondidillas era uno de nuestros juegos favoritos, también el de los encantados porque teníamos que huir del hechicero y de su poder inmovilizador. Si caíamos en manos del maligno no podíamos movernos hasta que nos desencantaran. La soga era para los más recios, medía nuestra resistencia y habilidad para los saltos.

El jax, el clásico juego de la bola de goma y las diez piezas de metal de seis puntas, para el que nunca fui buena, pero mis amigas sí. Daba gusto ver la rapidez con que movían las manos. La clásica rayuela, pintada en las veredas, que servía de solitario para los que se animaban a saltar dentro de sus cajones con números, sin pisar las líneas después de una ardua competencia. En nuestros juegos usábamos desde latas hasta pelotas de trapo.

Llenábamos las calles con nuestra pequeña humanidad, corriendo de un lado a otro y haciendo mucha bulla. Los gritos, las risas; el sonido de la niñez. Por las noches, cuando teníamos permiso de nuestros padres, o algún vecino organizaba una fiesta en su casa, los pequeños nos juntábamos para contarnos chistes e historias de terror.

Cuando llegó la adolescencia seguíamos viéndonos con frecuencia para conversar, ya no jugábamos porque eso era cosa de niños. La verdad es que ya nadie más jugaba, salvo los varones al fútbol, quienes para practicarlo se iban al parque municipal.

Por esa época llegó al barrio una chica nueva y con ella la novedad de que sus padres le habían comprado a su hermano menor un videojuego por su cumpleaños. Curiosamente, nunca hablamos con su hermano, casi nadie lo conocía, tampoco conocimos a los otros hermanos menores del barrio que habían recibido regalos similares. Luego fueron las computadoras y otras tecnologías que los hacían invisibles para nosotros.

Cuando se terminó nuestra adolescencia, y traspasamos las fronteras del barrio, nos dejamos de ver. Fueron pocas las veces que nos encontramos en alguna discoteca de moda con nuevos amigos. Ya no se hacían fiestas en las casas como antes.

Las calles del barrio, que se habían vuelto silenciosas sin juegos, se tornaron vacías sin nosotros conversando en las esquinas. Parecía no haber gente y las familias parecían no tener niños. Sin embargo, en mi casa habían tres; mis sobrinos, pero nunca fui testigo de su inquietud por el vecindario ni por los juegos de grupo.

Les tocó el momento de jugar cuando los dibujos animados se tornaron raros y agresivos, cuando el aburrimiento se mataba con presionar botones del mando frente al televisor, cuando llegó la primera computadora a casa… razones suficientes para no salir a la calle.

Durante esa época fui una mera espectadora. Justificaba el aislamiento de mis sobrinos con la inseguridad del mundo exterior, creyendo que era otra generación y, aunque extrañaba la bulla infantil fuera de mi casa, ya nada podía hacer. Fui convenciéndome de que todos los geniales inventos llegaron a nuestra vida para hacernos individualistas, inactivos, desconfiados e infelices.

Seguro me equivoco, después de todo, sufro de vejez prematura y de nostalgia aguda; sin embargo estoy convencida que ningún artilugio tecnológico podrá igualar la calidez del trato humano; las sonrisas, la complicidad entre amigos, el conversar cara a cara ni los abrazos de alegría compartida.



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