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Roselia Herrera, dirigente del Movimiento Salvadoreño de Mujeres

La mujer está “atada” hasta que se quita el miedo a hablar

J. Ignacio Igartua

Lunes 3 de marzo de 2014
Publicado en alandar nº306


Todas las versiones de este artículo: [català] [Español]

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Roselia Herrera participó en Madrid en un encuentro de mujeres líderes organizado por Intermón Oxfam.
Foto. J.I. Igartua

Roselia Herrera lleva más de un cuarto de siglo luchando por la igualdad de derechos, primero durante su exilio en Honduras en los años del conflicto armado en El Salvador -su país- y, después, desde el Movimiento Salvadoreño de Mujeres (MSM). Esta larga experiencia de trabajo la lleva a la conclusión de que “la mujer está ‘atada’ hasta que se quieta el miedo a hablar”. Una atadura que viene dada por la sumisión, la violencia, el machismo, la discriminación, la invisibilidad, la baja autoestima, el trato indigno, la imposibilidad de acceder a la tierra… Y es que “a las mujeres muchas veces se nos ha tratado sin dignidad, se nos ha visto como un objeto más”, afirma esta mujer, casada y madre de nueve hijos, que ha palpado en su propia vida todas las ataduras mencionadas.

Roselia, al igual que muchas mujeres, tomó conciencia de que esa situación no puede continuar. Cada día es una lucha para que la sociedad y los políticos salvadoreños se convenzan de que las mujeres son emprendedoras, luchadoras, trabajadoras, que son una parte importantísima del país, que generan buenos ingresos económicos y que, por lo tanto, deben tener los mismos derechos que los hombres. Algo que se les ha venido negando generación tras generación.

Reconoce que “la lucha es constante, pero lenta”. Seguramente es la propia sumisión en la que vive la mujer salvadoreña la que le impide romper el tabú de que su lugar es la casa y que, si participa en alguna organización, está traspasando los límites ante la familia y ante la sociedad. Esta situación se da, principalmente, en las áreas rurales, pero también en la ciudad. Según Roselia, “nuestro trabajo se centra mucho en tratar que esos tabúes vayan despareciendo, porque somos libres y tenemos derecho a expresar lo que pensamos y sentimos. Las mujeres estamos organizadas para ese fin”.

Una acción constante

La acción del Movimiento Salvadoreño de Mujeres es constante. Está presente en seis departamentos del país y en una docena de municipios. Se visitan comunidades, se hacen talleres sobre diferentes temas, se trata de incidir en los puestos claves de las instituciones públicas para que se les tenga en cuenta. Según señala Roselia, “Se trata, en definitiva, de hacer ver a las mujeres que tenemos nuestros propios derechos y que tienen que superar el miedo”. Cuando se le pregunta cómo se puede superar ese miedo, consecuencia de una educación y de una tradición secular, Roselia afirma que “es un proceso en el que tenemos que ser exigentes con las mujeres que acuden a las reuniones. Pedimos que hablen. Les damos confianza, tratando de hacer que se sientan seguras ante lo que van hacer, aunque no sea a veces acertado. Con que tan solo tengan el valor de ponerse frente a un auditorio empiezan a superar ese miedo. La palabra es el primer paso para crecer y para alcanzar un desarrollo humano integral”.

En este primer paso las mujeres expresan todo: violencia, exceso de trabajo, falta de cariño, marginalidad total, problemas familiares… y, siempre, una baja autoestima. Luego surge un nuevo temor y es que las califiquen de “chambrosas” (chismosas). Roselia siempre trata de inculcarles la idea de que “como mujer tengo que quererme tal como soy, sin importarme lo que la gente diga detrás”.

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Roselia Herrera participó en Madrid en un encuentro de mujeres líderes organizado por Intermón Oxfam.
Foto. J.I. Igartua

Uno no puede dejar de admirar la seguridad que emana esta mujer que no tuvo posibilidad de formarse académicamente, ya que nació en una familia pobre, en una comunidad marginada en la que ni siquiera había una escuelita cerca de casa. Su formación se la ha dado la vida, la toma de conciencia de sus posibilidades, la ruptura con una realidad que no quería. De hecho se puso a trabajar cuando ya había nacido su sexto hijo y ese salir al exterior le hacer conocer sus derechos.

Luego vendría la integración en el Movimiento Salvadoreño de Mujeres, que en estos momentos centra su trabajo en seis líneas de actuación: la lucha por la seguridad alimentaria; el acceso a la tierra, ya que solo el 15% es de las mujeres; tener una buena salud femenina, según qué graves enfermedades no son tratadas; acceso a una vivienda digna, puesto que la mayoría es de los hombres que, tras un “conflicto”, lo que hacen es “correr” a la mujer y a los hijos de la casa, teniendo que vivir “arrimada” con los padres o los hermanos; inclusión de las mujeres dentro de los beneficios del Gobierno sobre los proyectos agrícolas y ganaderos, ya que ellas no pueden cultivar la tierra por falta de recursos económicos.

Violencia de género

Por último, está la violencia de género, un problema grave en El Salvador. Cada mes son asesinadas una media de 17 mujeres y son miles las que sufren agresiones sexuales, psicológicas, maltrato, extorsión… Roselia asegura que “las mujeres nos sentimos inseguras, porque una sale de la casa sin saber si va a regresar. Son asesinadas por maridos, novios, amigos… Tratamos de luchar contra esta violencia instando al Gobierno a que implemente una política de seguridad real que, por ahora, no hemos conseguido, de manera que podamos disfrutar de un país liberado de esta violencia”.

Al preguntarle por el futuro, Roselia responde sin titubear que falta muchísimo por hacer, porque “la mayoría de los varones dicen no a todo lo que proponemos. Muchos continúan sin entender que nosotras queremos la igualdad de derechos y muchos en lo único que piensan es en gozar de más oportunidades, como en los estudios, en recreación, en la toma de decisiones, en la propiedad de la tierra, en la vivienda… a las mujeres se nos aparta. Aunque hay avances, todavía hace falta mucha información y educación”. Algo que ella ha hecho con sus nueve hijos –seis varones y tres mujeres-, con edades entre los 33 y los 16 años. Aunque reconoce que “una educa en casa y en la calle viven otra cosa”, está segura de que la violencia está desterrada en sus relaciones porque siempre les ha inculcado que no quiere ver el más pequeño signo de agresividad y concluye diciendo: “Creo que he hecho un buen trabajo con ellos y ellas”.

Roselia está convencida de que las jóvenes seguirán reivindicando sus derechos mientras que no los consigan. Reconoce que, a veces, se ha sentido frustrada y cansada, “pero siempre he tenido claro que, si me caigo, me tengo que levantar, porque la lucha debe ser emprendedora. Debemos luchar hasta vencer”.



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