Por Sean Patrick Monahan, traducido por Jose Luis Jiménez

Cuanto tenía 8 años, una mañana escuché una noticia en la radio sobre un hombre que iba a ser ejecutado. Mi madre no se dio cuenta de que estaba escuchando hasta que le pregunté a quemarropa qué era la “pena de muerte”. Tras un trago de café y un suspiro mitad cansado, mitad reacio, ella me lo explicó. No hubo ningún tipo de opinión en sus comentarios o en su tono, ella tan solo me habló de los hechos. Incluso así, llegué muy rápido a mi propia conclusión: La pena de muerte estaba y está mal.

Decidí escribir al, por entonces, presidente George W. Bush y pedirle que aboliese la pena de muerte. Cité aquel mantra de colegio católico que conocía tan bien: «Dos cosas incorrectas no hacen una correcta.» Esperé pacientemente una respuesta y alguna noticia sobre la suspensión en los EE.UU. de todas las ejecuciones. La respuesta que finalmente recibí de la Casa Blanca fue decepcionante, por decir algo. Fue una carta tipo, que no respondía a mis cuestiones y que, al mismo tiempo, intentaba redirigirme para que terminase mis estudios y que “leyese tanto como pudiese”.

Frustrado como estaba, hice mío el consejo del Presidente. He sido un lector voraz desde la escuela primaria, y, como un reflejo de mi oposición vital al castigo capital, vino rápido a mi cabeza el recuerdo de un libro en particular que había leído.

Los católicos de California y Nebraska votan por la abolición de la Pena de Muerte.

Hermana Helen Prejean da un discurso en una manifestación contra la pena de muerte. (CNS photo/J.D. Long-Garcia, The Tidings)

Pena de muerte, el solemne relato de la hermana Helen Prejean sobre su trabajo como consejera espiritual de dos hombres en el corredor de la muerte, tuvo un fuerte impacto en mí, como lo tuvo en millones de lectores. Incluso 23 años después de su publicación y 21 años después de la película, nominada al Óscar, que adaptaba el libro. Pena de muerte es una obra muy poderosa en la descripción del peaje emocional y espiritual que la pena de muerte conlleva, no sólo a aquellos sentenciados a muerte, sino a cualquiera que se encuentra en los alrededores. En el relato de la hermana Helen, oficiales, guardas, técnicos, empleados de la funeraria y gobernadores dejaban atrás sus brújulas morales para hacer frente al acto de terminar una vida. La hermana Helen también explora el modo en el que la pena capital es en el mejor de los casos arbitraria y caprichosa y poniéndonos en lo peor cruel y calculadora en su desproporcionalidad afectando a hombres afroamericanos y a aquellos de menor nivel económico en nuestra sociedad que no pueden pagar un abogado de alto nivel.

Los temas que la hermana Helen pone encima de la mesa en Pena de muerte se están debatiendo de nuevo en California y Nebraska, donde los votantes decidirán el futuro de la pena capital en sus estados. En California, las propuestas 62 y 66 tienen el objetivo de “terminar o enmendar” la pena de muerte. La propuesta 62 revoca las leyes estatales sobre la pena capital de forma completa y cambia la pena máxima a una cadena perpetua sin posibilidad de revisión, mientras que la propuesta 66 quiere restringir el proceso de apelación para aquellos sentenciados a muerte para acelerar las ejecuciones. El voto es más directo para el pueblo de Nebraska, quienes simplemente tendrán que votar si mantienen o derogan la decisión del gobierno estatal de abolir la pena capital en el Referéndum 426.

Los líderes católicos siempre han luchado en primera línea por la justicia social en este país, y la lucha por el final de la pena de muerte no es una excepción. Los obispos de California enviaron un comunicado en el que condenaban el uso de la pena de muerte diciendo: «Nuestro compromiso para detener la práctica de la pena capital se enraíza tanto en nuestra fe católica como en nuestra experiencia pastoral […] La pena capital [es] defectuosa en su aplicación de forma grave e irrevocable.» Los Obispos en Nebraska escribieron un comunicado similar (original en inglés), en el cual argumentaban que el riesgo de ejecutar de forma errónea a un inocente es demasiado grande para siquiera considerar el matar a personas condenadas.

El papa Francisco comparte estos sentimientos, pues de forma constante hace llamamientos a la abolición global de la pena de muerte, incluyendo su discurso en el Congreso Estadounidense el año pasado. Es apropiado que los votos para poner fin a la pena de muerte en California y Nebraska deban llegar durante el último mes del Año de la Misericordia y uno solo puede confiar en que la misericordia prevalezca el próximo 8 de noviembre.

Artículo original en Busted Halo.