Por Inés I. Abril Stoffels*

Según los datos oficiales, las mujeres que sufren violencia por parte de sus parejas suelen permanecer inmersas en esa relación entre cinco y diez años, el 70% nunca abandona al maltratador. Estas cifras visibilizan una realidad social que forma parte de nuestro día a día, de nuestras parroquias y que, en muchas ocasiones, permanece silenciada e inmersa en el secreto familiar. Estas cifras nos exigen que hagamos un esfuerzo por aprender a mirar la realidad para poder así ayudarlas. Existe una red de atención a mujeres víctimas de violencias de género, podemos hacer una gran labor si la conocemos, trabajamos coordinadamente y somos capaces de aprender a acompañarlas hasta estas manos profesionales.

En la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25 – 35) podemos encontrar las claves del cómo y el hacia dónde: caminar con los ojos abiertos, tener encuentros que “enjuguen las heridas” e “ir a la posada”.

La violencia de género de nuestras vecinas, amigas, familiares y conocidas, permanece oculta a nuestros ojos. Forma parte del maltrato que sientan culpa y vergüenza por lo que les está pasando, de tal forma que hagan un esfuerzo extraordinario por ocultar que lo que tendría que ser un “hogar nutritivo para todos” es en realidad una cárcel  de humillación, miedo, desconfianza y agresiones en todas sus formas; para ellas y para sus hijos e hijas. Estas mujeres han interiorizado que se merecen lo que les está pasando, que deben callar y asumir que es así como deben vivir, que “es voluntad de Dios”.

La Iglesia tiene mucha tarea para acompañar a las víctimas de violencia machista y de género

La visibilización de la violencia machista es fundamental. Foto/ Adolfo Luján

Como Iglesia podemos ser capaces de caminar con ojos y corazones abiertos, ser capaces de armar un plan de cuidados que nos convierta en esa Iglesia acogedora con quien sufre este maltrato, a la vez que podemos y debemos ser tajantes con quien ejerce la violencia. Un plan de cuidados que dote de herramientas a nuestros agentes sociales para que seamos capaces de detectar y acompañar a estas mujeres de una forma adecuada y eficaz. No es responsabilidad de la Iglesia “sanar la herida”, es responsabilidad de la Iglesia tener una voz firme y unánime contra la violencia de género y hacer todo lo posible porque nuestros espacios sean espacios que no culpabilicen, no paternalistas, realistas con las posibilidades y mecanismos de ayuda y protección, certeros y eficaces. Una Iglesia capaz de acompañar a estas mujeres en el viaje de saberse merecedoras de una vida digna, segura y sin violencia. Una Iglesia que favorezca la toma de conciencia, que favorezca el proceso personal de soñar y hacer realidad una vida mejor en donde dejar de ser víctimas. Esto será posible en la medida en que seamos capaces de armar un plan de cuidados para  detectar, informar, sensibilizar y acompañar a diferentes niveles pero “todos a una”.

  • Una formación específica en esta materia nos dotará de la capacidad de identificar los signos y las actitudes habituales en una relación de maltrato (si no se observa específicamente, la violencia de género pasa desapercibida). Nos aportará las herramientas de escucha necesarias para propiciar conversaciones en las que la mujer pueda compartir con nosotros su secreto.

No es nada sencillo sostener estos momentos, callar y permitir que la mujer se escuche a sí misma. No es sencillo frenar los impulsos de aconsejar, juzgar y tratar de activar todos los mecanismos de protección, de correr; decir que se está sufriendo maltrato no es sinónimo de querer ir a la comisaría a poner una denuncia. En ocasiones sólo se quiere compartir la angustia de lo que se está viviendo porque “no se puede más”. Es este un momento para la expresión de emociones, para el silencio respetuoso, un momento para asegurarse de que conoce los recursos, para preguntar si alguna vez ha pedido ayuda, para ofrecerse a volver a hablarlo o ir a pedir consejo y ayuda, es un momento para expresarle el agradecimiento por la confianza depositada y hacerse cargo del esfuerzo que han hecho al contárnoslo.

[quote_right]No es responsabilidad de la Iglesia “sanar la herida”, es responsabilidad de la Iglesia tener una voz firme y unánime contra la violencia de género[/quote_right]

Pero, ¿qué hacer cuando alguien deposita esta confianza en nosotros? ¿Qué hacer cuando “sabemos” que hay maltrato pero la mujer no está todavía en disposición de contarlo?

  • Nuestro plan de cuidados debe contar con un plan de acción operativo. Un plan que especifique los mecanismos de acompañamiento con los que se cuenta si la mujer está dispuesta a informarse sobre los mecanismos de ayuda y protección: ¿a dónde podría ir dentro de nuestra organización para informarse y madurar sus decisiones?, ¿a qué teléfono puede llamar para hacer una primera consulta?[i], ¿a qué espacio/actividad (propia o de una entidad cercana) podría incorporarse para ampliar su red de relaciones e ir ganando en ilusión y deseo de cambio?
  • Pero no se nos pueden olvidar “los tiempo de espera”. Los tiempos en los que existe una pre-contemplación de la situación o aun siendo consciente de lo que ocurre, “no se tienen localizadas las fuerzas” necesarias para hacer todos los cambios que se intuye se van a tener que producir. ¿Podríamos favorecer espacios de encuentro informal en donde “poder estar y descansar”, actividades recreativas/formativas en las que también “tomar cafés”, en donde “acompañar a la puerta” vaya creando un vínculo de seguridad al que poder acudir en un momento determinado?

 

[quote_right]Es posible que caigamos en tentaciones como entender que esto es “un problema de las mujeres” (obviando a los agresores y la dimensión cultural/estructural)[/quote_right]

Existe una amplia red pública de atención, nuestra labor se ciñe a hacer de puente, “llevar de la mano”, acompañar y favorecer la toma de decisiones que le permitan pedir ayuda.

En este proceso personal son habituales “las recaídas”,  también “los desgastes en el acompañamiento”, esta violencia es terca y se asienta en las bases mismas de nuestra sociedad y nuestra cultura. Es imprescindible que, como Iglesia y como agentes sociales, nos sensibilicemos para entender este fenómeno, su idiosincrasia y la forma adecuada de combatirla no solo en la relación directa con las mujeres. Los mitos de la violencia de género nos pueden jugar malas pasadas y es posible que caigamos en tentaciones como entender que esto es “un problema de las mujeres” (obviando a los agresores y la dimensión cultural/estructural); que la mujer denuncia para conseguir beneficios ocultos (según datos del poder judicial únicamente el 0’006% de las denuncias son falsas), que la denuncia es la única vía para salir de esa situación o que la red de atención y las leyes son perfectas y no queda nada que hacer en este área.

Nos encontramos ante un clamor que apela a nuestras conciencias, ojalá seamos capaces de armar un plan de cuidados en donde cada persona desde su sitio y con otras, podamos y sepamos ponerle fin a esta espiral de sufrimiento injusto y absurdo.

*Inés I. Abril Stoffels es trabajadora social

[i] SAV del Ayuntamiento de Madrid: 900 222 100 (365 días, 24h)