Autor: Carlos F. Barberá

Quitarse la cabeza

Una conocida mía, normalmente sensata en sus juicios, me cuenta un día la siguiente historia: unas amigas suyas están jugando con la güija y una de ellas se ausenta un momento de la habitación. La güija entonces se dispara y da el nombre de la madre de la ausente -fallecida meses antes- y a la vez el siguiente mensaje: “Rezad por mí porque no sé dónde estoy”. Como veo que mi amiga relata el suceso con cierta emoción, me abstengo de hacer comentarios. Sin embargo, pienso: creer que esa historia tiene algún sentido es aceptar que al morir empezamos...

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La Virgen y las balas

Si en Alemania un varón quiere decir algo tierno a su chica puede llamarla pececito (fischlein) y, si se trata de un francés, se dirigirá a ella como mi col (mon chou). Y, por poner otro ejemplo, la latina que me vende la fruta me llama siempre “cariño”. Ya se entiende que el primero no pretende meterla en un acuario ni el segundo gratinarla con bechamel. Por mi parte, estoy seguro de que mi frutera no tiene la intención de pedirme una cita. No hace falta explicar que en los tres casos se trata de expresiones coloquiales, convencionales, que...

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La verdad

He recordado una vez más la frase que cito a menudo porque siempre me ha fascinado. Es aquella en que Ernst Bloch, el filósofo marxista, afirmaba: “Debajo del citoyen se escondía el bourgeois. Dios nos libre de lo que se esconde debajo del camarada”. Ahora ya sabemos que debajo del camarada se escondía el Putin y debajo del catalanista el Pujol y debajo del liberal, el Rato. Dios nos libre de lo que se esconde debajo de las ideologías. Digo que he recordado de nuevo esa frase y ha sido en una ocasión reciente. En una cena de amigos...

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El pobre

Hace pocos domingos la lectura el evangelio nos recordaba que los pobres son bienaventurados y no hace tanto en reuniones y mítines nos han proclamado la importancia de los pobres, la centralidad del pueblo.

La verdad es que se trata de afirmaciones que suenan bien, sobre todo si se formulan así, utilizando un sustantivo colectivo y plural. Sin embargo, si se baja a los individuos, la cosa no es ya tan evidente. Los pobres son dignos, meritorios, merecedores de atención y ayuda. Pero el pobre suele ser engorroso, molesto, no raramente simulador o mentiroso. Frecuentarlo no nos ennoblece sino que nos desasosiega, nos aporta zozobra, nos complica la vida sin remedio.

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Sobre los obispos

¿y qué hay de los obispos españoles? No he sabido de ninguno que haya emprendido un estilo de vida menos solemne y estoy seguro de que todos siguen siendo excelentísimos y reverendísimos.

Hay un vídeo que ha recorrido las redes y que reproduce un fragmento del discurso de Francisco ante el Encuentro mundial de movimientos populares celebrado hace poco en Roma. Dice así el papa: “Cualquier persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a quien le gusta el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está pasando en su corazón y rece para que Dios le libere de sus ataduras. Pero, parafraseando al expresidente latinoamericano que está por acá, el que tenga afición por todas esas cosas, por favor, no se meta en política. Que no se meta en una organización o movimiento popular, porque va a hacer mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola [pausa]. Y tampoco que se meta en el seminario”. Yo añadiría: y que no se meta a obispo.

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