Se llaman Dieudonné y Kobine. Son centroafricanos. El uno se apellida Nzapalainga y es arzobispo de Bangui, la capital de su país y, desde noviembre pasado, el cardenal más joven de la iglesia católica, con su medio siglo de vida recién cumplido. El otro lleva el nombre de Layama y es imán de la mezquita central de la misma ciudad. En su tierra los conocen como los “mellizos de Dios”. Que, en realidad, son tres, porque hay que añadir un tercer mellizo a la hermandad: Nicolas Nguerekoyame, pastor de la Alianza Evangélica de la República Centroafricana.

La historia de este inusual trío comenzó en marzo de 2013, cuando la guerrilla “musulmana” Séléka derrocó al gobierno del general François Bozizé y se hizo con el poder. Para responder a Séléka, se crearon las milicias “cristianas” anti-Balaka y el país se sumió en su enésima guerra civil de la que, pese a la apariencia de estabilidad, aún no ha salido. “Vimos que los musulmanes estaban matando a cristianos y que los cristianos empezaron también a matar musulmanes. Cinco días después nos juntamos”, cuenta Nzapalainga, que vino con Layama a Madrid el pasado febrero a recibir el Premio Mundo Negro a la Fraternidad. Así nació la Plataforma Centroafricana de Confesiones Religiosas con el objetivo de “tener una sola voz” para frenar las atrocidades y lograr la reconciliación de ambas comunidades.

Momento del desayuno informativo ofrecido por Mundo Negro. Foto: Mundo Negro

El arzobispo tuvo ocasión de predicar con el ejemplo pocos meses más tarde. En diciembre de ese año, los anti-Balaka lanzaron una fuerte ofensiva contra Bangui, donde los musulmanes son minoría. Los milicianos cristianos asaltaron la mezquita y quemaron la casa del imán. Monseñor Nzapalainga no lo dudó. Ofreció su propio hogar para acoger a Layama y su familia, amenazados de muerte. Allí vivieron protegidos durante más de seis meses.

El gesto, además de fraternal, fue valiente. De puertas para adentro, la convivencia derivó en una verdadera amistad. Hacia afuera, sin embargo, ambos tuvieron que afrontar la incomprensión, cuando no el rechazo, de sus respectivas comunidades. “Los musulmanes me echaban en cara que había distorsionado la fe de su imán y me decían que no se me ocurriera ir al Kilómetro 5, el barrio islámico de Bangui”, cuenta Mzapalainga. Muchos católicos tampoco entendían qué hacía el líder musulmán en el obispado. Pero el arzobispo se mantuvo firme: “Mi deber era encajar las protestas. ¿Qué puedes decir al gentío desatado que tienes enfrente? O le dices lo que quiere oír, que es como echar combustible al fuego, o dices la verdad que nos les gusta y te arriesgas a que te linchen”.

La prueba reforzó la determinación pacífica de los dirigentes religiosos. “El diálogo es el fundamento del islam y el cristianismo”, dice Lamaya. “No es una abstracción, una teoría, sino una forma de vivir”, asiente el arzobispo. “En nuestro caso, hemos visto en esto un sentido muy hondo de la religión”. Ambos tienen claro que la guerra que sufre su país no es religiosa, sino “militar y política”. Un conflicto que hunde sus raíces en el mal gobierno, en el tribalismo y en la codicia que atraen las riquezas –oro, diamantes, madera- que guarda la República Centroafricana.

[quote_right]“El diálogo es el fundamento del islam y el cristianismo. No es una abstracción, una teoría, sino una forma de vivir”
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La Plataforma ha tenido que vencer muchas resistencias y prejuicios, pero el trabajo ha ido calando poco a poco. De momento y, sobre todo, en Bangui. Los tres líderes han recorrido todos los barrios de la capital debatiendo con los fieles de las distintas confesiones sobre las causas reales de la violencia. “La población es ahora consciente de muchas cosas. Y han visto que hemos actuado como los bomberos que van con urgencia a apagar el fuego”, explica gráficamente el imán. “Los espíritus se han ido calmando”, corrobora Nzapalainga, “y la tensión está disminuyendo. La mirada está cambiando. Ya hay muchos que entienden que el otro no es un enemigo para mí. Ahora podemos afrontar la curación de las heridas”.

El conflicto está lejos de terminar y la cohesión entre cristianos y musulmanes no va ni mucho menos de suyo pero, a juicio de ambos líderes religiosos, “la paz es hoy una realidad en Bangui”. Como muestra señalan el barrio musulmán, por el que circulan hoy libremente los cristianos. La Plataforma ha desvelado el rostro auténtico de la religión y ha convertido a mucha gente a las razones de la paz. “La oración y el diálogo han creado una unión sagrada: católicos, musulmanes y protestantes juntos para el retorno de la paz”, afirma el arzobispo.

Tampoco han dudado en movilizar a la comunidad internacional, hasta el punto de conseguir el pleno apoyo del propio Francisco que, a pesar de las advertencias sobre lo peligroso del viaje, fue en noviembre de 2015 a Bangui, desde donde abrió –por primera vez en la historia fuera de Roma- el Año Santo de la Misericordia. Un año después, el papa nombró cardenal a Nzapalainga. Cuando se enteró del nombramiento, se fue a celebrarlo al Kilómetro 5. Luego llegó al consistorio acompañado por protestantes y musulmanes, felices de este “reconocimiento al esfuerzo de todos”.

Hoy, países como Holanda y organismos como la Unión Africana han mostrado interés en aplicar en otros lugares el modelo de diálogo interreligioso de los “mellizos de Dios”. Pero ellos lo tienen claro: antes de exportar nada, hay que terminar de cumplir el sueño. En palabras del imán Lamaya, que “el pequeño milagro de Bangui se extienda pronto al resto de la República Centroafricana”.

@fathermarch