Conversión eco-psicológica

La conversión ecológica a la que nos invita el papa Francisco conlleva abordar muchos ámbitos: el doméstico, el social, el cultural, el espiritual, el estructural… Uno de estos ámbitos no siempre explicitado es el psicológico. Cada uno de nosotros somos un complejo mundo interior de emociones, sentimientos, prejuicios, frustraciones y traumas inconfesados. Y todo esto interviene a la hora de convertir nuestras actitudes y comportamientos, también en lo que se refiere a la dimensión ecológica.

Imagen: (c) Pixar

Un ejemplo de esto es el que tiene que ver con los prejuicios mentales, las “etiquetas” que, de forma más o menos consciente, ponemos a otras personas (y no a nosotros mismos): «Comprar de segunda mano es para gente con pocos recursos y para frikis, no para mí. Y comprar productos ecológicos es para yuppies y para quien se lo puede permitir; desde luego, no para mí. Yo no soy como esa gente». Hablamos entonces de una cuestión de identidad cultural. Con frecuencia, actuamos en función de la imagen que nos hemos hecho de nosotros mismos y de la que no siempre somos conscientes. Y esa imagen, para bien y para mal, nos condiciona y nos “posiciona” ante otras personas que reconocemos “distintas”. Es muy fácil poner etiquetas, prejuzgar a las personas antes de conocerlas y hacer generalizaciones a la ligera: «Esta gente son unos… (frikis, yuppies…); yo no soy como ellos». ¿Podríamos prescindir de etiquetas? Hablemos de ventajas e inconvenientes, de valores y contravalores, de “objeciones razonables”, intentando dejar de lado los prejuicios culturales y psicológicos.

Otras personas manifiestan una cierta incomodidad, no siempre del todo consciente y explicable. Dicen sentirse mal cuando piensan «en la gente que está trabajando explotada en otros países haciendo las cosas que yo compro». Y añaden: «si me pongo a pensarlo, me deprimo, porque sé que no puedo hacer nada; me entra una mala conciencia que no me lleva a ninguna parte, me siento incoherente e hipócrita, de modo que prefiero no pensarlo», reconociendo el mecanismo psicológico de defensa que eso supone. Nuevamente el confuso y complejo mundo interior. Un cierto sentimiento de incoherencia, de “mala conciencia” es bueno, porque nos moviliza y nos predispone al cambio. Pero cuando esa mala conciencia nos agobia, nos hace sentirnos culpables, nos impide ser felices… entonces hay algo que debemos revisar. ¡Y todo esto sin dejar de ser felices!

Un cierto sentimiento de incoherencia, de “mala conciencia” es bueno, porque nos moviliza y nos predispone al cambio

Es verdad que nunca estaremos satisfechos del todo. ¿Y qué? Ya sabemos que ni nosotros ni el mundo en que vivimos somos perfectos. No podemos estar satisfechos del todo, satisfacer todos nuestros deseos de cambiar el mundo a mejor. Lo que sí está en nuestra mano es hacer de esa insatisfacción un aliciente para movernos en la dirección en la que queremos o bien un motivo de desánimo o una excusa para no movernos. En cualquier caso, lo importante es conocer con lucidez todo lo posible nuestro complejo mundo interior de sentimientos, prejuicios, miedos y conflictos emocionales. Algunas personas pueden necesitar en algún momento ayuda profesional para resolver lo que pudiera ser una patología psicológica. Pero, si nuestra psicología es básicamente sana, no pensemos en patologías extrañas. ¿No podría haber aquí un simple mecanismo de defensa para eludir el miedo a salir de nuestra “zona de confort”?

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