La corrupción como práctica habitual

Por Daniel E. Benadava

A fines del 2014 el papa Francisco advirtió que la corrupción “se ha vuelto natural, al punto de llegar a constituir un estado personal y social ligado a la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en las contrataciones públicas, en cada negociación que implica a agentes del Estado”.

Un claro ejemplo de estas palabras acontece últimamente en Latinoamérica.  Así, por ejemplo, el ex presidente argentino Carlos Saúl Menem fue condenado a cumplir siete años de prisión efectiva por el contrabando de armas a Croacia y Ecuador. También fue sentenciado a cuatro años y seis meses de prisión por el pago de sobresueldos a ministros integrantes de su gabinete. Sin embargo, como dice el refrán popular, “hecha la ley, hecha la trampa” y así, a pesar de las causas mencionadas, Menem continúa en libertad, ya que hasta diciembre del 2017 ocupará el cargo de senador y, por ende, posee fueros parlamentarios que lo protegen de ser detenidos por la policía.

Por su parte la reciente ex presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner está siendo investigada judicialmente por posiblemente haber lavado dinero a través de la empresa Hotesur.  En relación a esta cuestión, la Oficina Anticorrupción argentina sospecha que ella, junto a su difunto esposo y también ex presidente argentino Néstor Kirchner, mantenía “relaciones aparentemente comerciales pero sustancialmente ilícitas” con la empresa mencionada, que no presentó balances durante dos años y durante cuatro años jamás declaró quiénes eran sus autoridades directivas. También la misma fuente hace hincapié en “la llamativa circunstancia de que Cristina Kirchner justifica parte de sus ingresos mediante créditos de la firma Hotesur, práctica que podría reducirse a una modalidad de autopréstamo, que podría pretender disimular un aumento patrimonial injustificado”.

Nos acostumbramos a la corrupciónPor supuesto, el flagelo de la corrupción no solamente afecta al pueblo argentino.  Así, por ejemplo, el ex presidente peruano Alberto Fujimori -que actualmente está preso por las matanzas de la Barrios Altos y la Universidad La Cantuta, ocurridas en 1991 y 1992- está acusado de haber desviado fondos estatales para adquirir equipos de interceptación telefónica con los cuales realizó espionaje de personas opositoras y de haber utilizado dos millones de dólares para comprar –a través de testaferros– el 75% de acciones de un canal de noticias.

Por su parte, el ex presidente brasileño Lula da Silva está siendo investigado por la supuesta configuración de una trama de corrupción a través de la cual los directivos de Petrobras favorecían a algunas empresas con la adjudicación de contratos sobrefacturados.

También el ex presidente nicaragüense Arnoldo Alemán, en el presente siglo, estuvo preso durante siete años, ya que fue acusado de haber encausado un millonario fraude que culminó con el desvió de dinero público hacia los bolsillos del ex presidente.

Ahora bien, estas denuncias no son cosa del pasado sino que, lamentablemente, salpican a actuales mandatarios latinoamericanos. Así, por ejemplo, recientemente salió a la luz una investigación periodística a través de la cual se supo que el actual presidente argentino Mauricio Macri fue director de las llamadas empresas off shore las cuales suelen estar registradas en países denominados paraísos fiscales, que posibilitan a sus integrantes evadir impuestos en sus países de origen, lo cual origina que estas naciones recauden menos dinero para ayudar a quienes menos tienen.

También la actual presidenta brasileña Dilma Rousseff está siendo acusada e investigada por haber realizado maniobras fiscales en el cierre de 2014 y 2015, que le posibilitaron maquillar las cuentas al retrasar el pago de préstamos del Gobierno a bancos públicos. Aquellos que propician el juicio político de la mandataria afirman que esta estrategia, en pleno año electoral de 2014, le permitió mostrar a la sociedad una situación fiscal más favorable de lo que realmente era.

A modo de conclusión se puede plantear que, mientras acontecen todos estos hechos que -como dijo el papa Francisco- son “la victoria de la apariencia sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción honorable”, millones de latinoamericanos procuran mantener en alto la esperanza y la ilusión, a pesar de que muchas veces observan con cierta desolación e impotencia cómo sus vidas naufragan en un mar de corrupción estructural en el que se dilapidan fondos públicos imprescindibles para construir un continente más justo y equitativo.

danielbenadava@yahoo.com.ar

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