María tuvo la fortuna de compartir esa pasión por el estudio con su marido, Germán Ancoechea, con quien publicó, entre otros libros, Iniciación a la iniciación, Qué decimos cuando decimos Dios, Mujeres en busca del amado: 14 siglos de mística cristiana. Germán falleció hace cuatro años, pero María no ha abandonado su tarea divulgadora.

Germán, economista y tú, filósofa, dedicasteis vuestra vida a investigar la mística en las diferentes tradiciones religiosas.

Sí, pero siempre unido a la práctica de la meditación, porque el verdadero conocimiento no nace solo de lo libresco, que es necesario, sino de una luz interior que ilumina aquello que lees; las cosas no dicen nada si no están iluminadas. Hemos buscado siempre eso que se llama la gnosis, ese conocimiento vivificante que creemos que está en todas las grandes religiones, porque el espíritu ha hablado siempre a través de sus hombres y mujeres místicos. Y aunque algunas vivencias místicas son solo para unos pocos, la santidad, que es la mezcla de sabiduría, iluminación y vida interior o contemplativa, eso es para todo el mundo, todo hombre de todas las latitudes está llamado a ella. Lo que cambian son las formas. La religión tiene mucho que ver con la forma cultural de vivir en sentido profundo. Por eso no creo en el intento de unificar, de buena fe… no, no todo no es lo mismo, cada religión y cultura tiene una forma, son lechos teológicos diferentes, rostros de lo divino muy distintos. Igual que hay diferencias de razas, trajes, comidas y costumbres, hay formas distintas de vivenciar la espiritualidad.

¿Cuál es la búsqueda fundamental del hombre en todas esas diversas religiones?

El ansia de felicidad y plenitud, que está en el origen y al final de la búsqueda; si no está en el origen, no nos ponemos en marcha. Si no está al final, sería una búsqueda fallida. Hay una dialéctica entre lo buscado y el buscador, que acaban siendo lo mismo. Como la danza no se puede separar del bailarín. Yo creo que el caminante inicia su búsqueda sabiendo que va a culminar en algo que no sabe exactamente, esa búsqueda de plenitud última del ser humano, al que yo llamo Dios.

¿Y qué o quién es Dios?

No se puede definir, es aquello que te hace moverte, aquel fundamento último… Lo único que sabemos de Él es que es pura felicidad, la plenitud de sí mismo y es en esa plenitud donde los demás buscamos la nuestra y la vamos encontrando a medida que nos acercamos. Y esa plenitud es belleza, es bien y es amor, tres cosas que son inseparables. El bien es hacer que una cosa sea lo que es y el hombre busca ese bien, busca el fundamento de toda realidad. Y el bien se muestra a través de la belleza y es amor, estas tres cosas no se pueden separar. Quizá es lo único que sabemos de eso que llamamos Dios.

[quote_right]La búsqueda fundamental del hombre es el ansia de plenitud[/quote_right]

Las religiones dogmáticas -y todas más o menos lo son- han querido hacer una distinción muy clara entre eso que se busca, la realidad y el mismo buscador, porque es más fácil dividir la realidad en compartimentos estancos. Pero nuestro amigo Raimon Panikkar hablaba de una visión cosmoteándrica, en la que es difícil separa el cosmos de esa realidad teándrica última, sagrada y del anthropos, el hombre. Dios sin el hombre, qué sentido tendría, y el hombre sin Dios qué valor tendría, y lo mismo el cosmos. Es decir, que la unión entre esos distintos aspectos de la realidad es mucho más compleja de lo que parece: no es una realidad uniformadora, donde todo es lo mismo, no.  El cosmos es el cosmos, Dios es Dios y el hombre es el hombre pero en una relación de profundidad óntica, de su propio ser, mucho más allá de la forma. Yo participo mucho de esa visión cosmoteándrica; la propia meditación te lleva a cambiar tu mirada, para el buscador honesto las cosas se convierten en transparentes, la realidad adquiere de repente una dimensión que no tenía hasta entonces. Y una vez que uno inicia ese camino no hay marcha atrás, porque uno se ve a sí mismo distinto.

¿Cuál es el fundamento de la vida espiritual?

El amor, que es por lo que uno se pone en camino. Dios es amor por definición, es casi lo único que sabemos de Él. Y el amor no como sentimiento sino como fundamento de la realidad. En el amor, también en el amor de Dios, el deseo de uno hace nacer el deseo del otro: cuando me hago yo cargo del deseo del otro es cuando aumenta el amor. Decía San Ireneo que la fuente tiene necesidad de ser bebida y es ese deseo que nace de la misma fuente la que me produce a mí la sed. El místico responde con más sed, sed inagotable. Cuando uno encuentra a alguien que vive honestamente ese amor entregado, se nota inmediatamente que estás ante un santo que vive con humildad y pequeñez el amor diario… El amor es el fin de la vida espiritual en su sentido más pleno de comunicación, de entrega, de gozo, de deleite. En la vida mística hay mucho deleite y mucho gozo, pero también mucho sufrimiento. Y todo eso junto es el amor.

María Toscano, divulgadora espiritual habla sobre mística y Dios

María Toscano, en un momento de la entrevista. FOTO LALA FRANCO

¿Cuáles son tus recomendaciones para los buscadores espirituales?

En el fondo de toda búsqueda hay una llamada personalizada, íntima, diversa para cada ser humano, que es lo que te pone en camino: puede ser un sufrimiento o alegría terrible, una situación familiar, etc. La llamada está hecha a la medida de cada uno, desde Abraham hasta ahora. Y Dios es el que hace que tenga sentido la aparente incoherencia de esa llamada –Sara que va a tener un hijo en su vejez, por ejemplo. En el fondo, en la vida espiritual lo único que se nos pide es que nos pongamos en camino y seamos honestos para seguir esa llamada hacia  lo que realmente nos sentimos llamados a hacer, en medio de las dificultades. La espiritualidad no es algo blando, no es un buenismo de qué felices somos juntos. Si no nos preguntamos por nuestro hermano y por el mendigo de al lado, mejor dejar de meditar.

No podemos hablar de plenitud espiritual y olvidarnos de la caridad y de la justicia.

Claro. En este examen sabemos la pregunta que se nos hará, ¿dónde está tu hermano? ¿Cuándo le diste de comer, de beber, le sacaste de la cárcel…? Toda espiritualidad está incardinada en lo humano, pero lo cristiano tiene ese acento especial, cómo vamos a amar a Dios si no amamos al hermano. Y ese es otro riesgo hoy, que nos creamos que por ir a un centro de yoga o meditar 20 minutos ya somos espirituales. Si no hay transformación profunda del buscador, no hay ni atisbo de espiritualidad. Una de las cosas de las que se puede acusar a la Iglesia es –aunque hay en ella gente estupenda y entregada-  su no compromiso con el mundo de los hombres para sacarlos de su miseria física y moral; porque eso es el pecado, la ruptura del hombre con el plan que Dios ha trazado para él y el primer plan es que seamos felices. Hay gente estupenda en la Iglesia pero como institución hemos fallado en salvar al hombre de todas esas miserias empobrecedoras. Y si no hacemos eso, toda espiritualidad estará coja. Y eso nos lleva a la naturaleza. Uno lee a San francisco -que debería ser el patrón de los ecologistas- y ve la naturaleza como el canto de la belleza del Dios que se muestra,  la pena es que apenas nos lo creemos.

Hay que insistir en que la espiritualidad es una cosa de fundamento, de pondus, de estar comprometido con la realidad, si no, no vale para nada.

Para muchos, el momento actual es confuso, con multitud de ofertas espirituales paralelas al desprestigio de lo religioso institucional…

Este momento indica que el Espíritu no se ha callado, que la revelación no se ha acabado; no, el Espíritu sigue hablando y convocando. Rahner decía una frase preciosísima: “Somos conciencia convocada”. Conciencia, es decir, que tú sabes, notas, quieres y aceptas; y convocada quiere decir desde fuera, pero en la intimidad de ti mismo. Somos conciencia convocada. Hoy nos ha tocado vivir estos momentos de oscuridad de Dios, que decía Martín Buber. Pero dentro de esa oscuridad institucional de Dios hay una llamada profunda de Él en la intimidad del hombre.

En estos momentos en que se vive disuelto, disperso entre tanto ruido, parece que hay un aldabonazo (que yo llamo Espíritu)  para esa búsqueda de la intimidad, para volver a esa ciudadela del alma que tenemos todavía impoluta y preservada. Y volver a ella no es vivir en un silencio enmudecedor y triste, sino recargar las energías de una vida que se nos puede diluir. De modo que yo, a pesar de la oscuridad de Dios, que es evidente, creo que también es evidente la llamada del espíritu a esa búsqueda y esa intimidad, a una cierta sinceridad profunda de la vida espiritual.

Es decir, intimidad y profundidad frente a ritualismo.

Pero el rito es necesario. Porque actualiza la relación de conciencia del hombre con Dios, con la naturaleza y con los demás hombres. Los ritos sagrados los hemos depreciado y hoy ya no le dicen nada a nadie, en cambio hemos creado otros ritos: el ir a un concierto de miles de personas es un rito de conciencia oceánica, de disolución en algo común. Aunque somos hijos del individualismo y de la insolidaridad propia de la filosofía débil de los 80 y 90, necesitamos el rito y allí vamos al campo de futbol, a los conciertos. Las liturgias de las diferentes culturas han tratado de crear ese tipo de unión. Las que perviven son las que logran todavía conectar con los intereses de su pueblo y las que no  lo consiguen, mueren.  En occidente, donde hemos procurado des-ritualizar nuestra vida, no solo la religiosa, estamos necesitando crear un sustituto de los ritos que nos hagan sentirnos más en casa. Por eso hoy domina el sentido de no pertenencia, de soledad.

¿Son las Iglesias útiles para la creación de ritos de identificación colectiva y para el cuidado de la vida personal?

Creo que no, creo que la forma externa de la religiosidad occidental necesita cambiar. Necesita cambiar el lenguaje para hacer transparente lo que verdaderamente quiere decir. Porque el mensaje ha quedado oculto por tanta palabrería, tanto sermón, tanta piedad pobretona. El siglo XIX le hizo mucho daño a la Iglesia porque fue un siglo de una espiritualidad ñoña y la espiritualidad es algo poderoso, los mansos son fuertes, son poderosos. Se ha confundido la humildad con la ñoñez. Hemos perdido el poder del lenguaje que “dice”.

[quote_right]Dios, la plenitud, es belleza, bien y amor, inseparablemente[/quote_right]

Hoy buena parte del lenguaje religioso no le dice nada a nadie: a los que no tienen formación, les repele; a los que tenemos formación antigua, bueno, lo miramos con una cierta piedad. Si tú acudes a los ritos de las iglesias occidentales, están vacíos y cuando están llenos es solo de gente mayor. Y junto a eso, esa enorme fuerza de la gente joven con una necesidad profunda de hacer otra cosa y ambas cosas son verdad. Creo que hace falta un cambio de lenguaje y hay que cambiar las formas. Y creo que eso se hará, porque este deseo universal de santidad no decae, solo cambia la forma y la manera de hacerlo. Los momentos de crisis significan ruptura con algo y nacimiento de algo y no hay ruptura sin complejidad. Yo tengo la esperanza firme de un renacer espiritual, que yo no veré, que tenga una cierta forma, pero no sé cuál será.  Lo que sí sabemos es que va a ser más de intimidad, de profundidad, más personalizado. Y también que va a ser un intento de comprensión tolerante de todas las verdades. Pero, para llegar a esa comprensión tolerante, primero hay que comprender la verdad de uno; por ejemplo, lo que ha sido la verdad de Occidente. Cuando la gente conozca el fundamento de lo que ha sido esa verdad de Occidente y la pueda contrarrestar con otra verdad,  al mismo nivel de profundidad, habrá una comprensión y eso llevará a un estadio de paz interna que buscamos desde hace siglos.

¿Cuál ha sido esa gran verdad de Occidente?

La idea de la dignidad humana, a la que no podemos renunciar. Somos seres que tienen no solo inteligencia y voluntad sino una labor esencial en la vida, en la historia y la naturaleza. Ahora, si entendemos que el hombre es únicamente un productor de bienes económicos y un consumidor de bienes materiales, lo hemos llevado a un nivel de animalización: comer, dormir, procrear, tener cosas… El hombre precisa de algo que se llama “pondus”, profundidad, el peso específico de lo humano. No puede flotar en la superficialidad porque desde ella no es posible conectar ni con Dios ni con los demás hombres ni con el universo. Habría que recuperar el sentido de lo profundamente humano, de su dignidad, de su fuerza, de su creatividad y de lo sagrado que hay en lo humano.

La pérdida de la filosofía y de la cultura religiosa ha causado un empobrecimiento tal que es como si la gente no tuviera nada dentro

Dios, transcendencia, eternidad… ¿Tiene la eternidad algo que ver con el tiempo?

La eternidad no es una medida en el tiempo. La eternidad empieza ya. No entramos en la eternidad cuando morimos, entramos en la eternidad desde que somos. La eternidad no es el tiempo, es el hecho de ser, da igual que tenga la forma de tiempo –nosotros tenemos una duración- pero cuando se interrumpe ese proceso seguimos siendo. La plenitud es alcanzar lo que somos, el tiempo mide la duración de ese proceso, pero una vez que somos, la eternidad elimina el tiempo, entonces ya no duramos sino que somos. Lo creo firmemente porque Dios sí que es en la eternidad. Aunque participe del tiempo, nos crea para ser eternos en el sentido óntico, no por duración, sino por el hecho de ser.

Hace falta saber mucha filosofía para entenderlo.

Es a la vez más complejo y más simple de lo que creemos. Pensamos que morimos y somos una almita que sigue aleteando… sabemos poco pero sí sabemos, como decía San Atanasio, que ya estamos en la eternidad, porque estamos en lo que somos y ya no podemos dejar de ser lo que somos, aunque mi cuerpo se marchite, como una hoja, eso sí, pero el hecho de ser hace que permanezca en esa realidad. Por eso tienen sentido los procesos iniciáticos: morimos a una cosa y nacemos a la siguiente, pero para ello tenemos que morir a la anterior. En nuestra vida hay muchas muertes, esas muertes van purificando ese ser interior que siempre está en la eternidad a pesar de las circunstancias distintas de cada momento de la vida.

Una última palabra.

No confundamos la espiritualidad barata, las piedades efímeras, con la profundidad del ser; eso segundo es lo que merece la pena.