Es una pregunta que nos viene acompañando desde hace mucho, tanto que se pierde en el origen de los tiempos cuando desarrollamos esa asombrosa capacidad de imaginar posibilidades que se transforman en oportunidades. ¿Y si…?

Es una pregunta muy sencilla en su formulación pero que resulta provocadora, atrevida, estimulante cuando viene alentada por la audacia y la osadía de quien intuye que algo da más de sí a pesar de las evidencias. ¿Y si…? Es la pregunta que nos ha permitido ensanchar límites, atrevernos a superar fronteras haciendo real lo que parecía un absurdo. ¿Y si…?

Es una pregunta que permite visualizar nuevos escenarios en los que seguir desplegando potencialidades y valentías. ¿Y si…? Es una pregunta para los que ven la realidad como oportunidad y, al verla de ese modo, su creatividad se dispara, se activa. ¿Y si…? Es una pregunta que nos sitúa en la misma dinámica de Dios que ensancha, da espacio a lo que no tenía cabida (Isaías 54, 2)

Es una pregunta que nos transforma en exploradores que indagan, que no se conforman con los límites que acaban haciendo creer que las cosas son como son, que no dan más de sí y que no caben otras posibilidades. Por ello, es una pregunta transformadora de la realidad, que taladra las apariencias, las valoraciones razonables y los juicios sensatos y que nos saca de ver la misma realidad desde la barrera: «¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”» (Mateo 11).

El sentido común y el cálculo, el miedo y la sensatez, la prudencia y la experiencia dirán que es imposible pero el anuncio del Evangelio es cuestión de amor apasionado que impulsa una creatividad osada -“¿y si…?”-, dejando que emerja la intuición, la espontaneidad, el arrojo para transitar otros caminos que sacan de las rutas al uso. Algo de eso nos pide Francisco cuando en La alegría del Evangelio afirma que “necesitamos imaginar…” (EG 73).

Es el diagnóstico de Michael Paul Gallager, jesuita irlandés, quien afirmó que la crisis de fe que estamos viviendo no es una crisis de doctrina, es mucho más profunda: es una crisis de imaginación que impide concebir lo inimaginable: el ciego ve, el cojo anda, los hambrientos en medio del desierto se hartan de pan, la prostituta descubre que es toda una mujer, el hijo muerto vuelve a la  vida y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.

A ver si cuando venga el Espíritu, el viento sopla recio de nuevo y se lleva por delante lo que nos esclerotiza y nos acaba convirtiendo en “momias espirituales, porque nos quedamos parados y no avanzamos” (Francisco, homilía 3 mayo 2016).

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