Reflexiones sobre las lecturas dominicales del mes de marzo por Ignacio Dinnbier, SJ

Ilustración Pepe Montalvá


 
 
En la memoria de Israel había quedado grabada la historia de Ana, una mujer que no podía tener hijos y que se veía sometida a los insultos y el desprecio de Feniná, la otra mujer de su marido Elcaná (1 Sm 1:1-10). Ana es una mujer afligida, con una amargura en el alma que la deshace en un llanto desconsolado. Su vida desgarrada se transforma en una oración conmovedora. Cuando el profeta Elí la vea orar en el Templo la tomará por una mujer que debía estar borracha y la tratará como a tal, recriminándole su actitud. La mirada de Elí, el hombre religioso, es una mirada de la que sale juicio y rechazo.

Cuando Jesús esté en casa de Simón el fariseo y entre la pecadora de la ciudad, los dos mirarán a la misma mujer pero ni percibirán lo mismo ni se situarán de igual modo (Lc 7,36-50). Contemplar a aquella mujer tocando a Jesús debió provocar una inmensa repugnancia en Simón. Aquello era superior a sus fuerzas. Lo único que alcanzaba a ver en ella era una suciedad que le asqueaba y de la que se defenderá con uñas y dientes a base de normas implacables de pureza que le hacían sentir seguro y a salvo.

Simón siente que no tiene nada que ver con esa mujer, con esa suciedad. Él no está manchado, está limpio y esta certeza le impide percibir el dolor y el sufrimiento de una mujer que tiene que cargar con el rechazo y el desprecio de quienes, como él, se creen puros. Nuevamente la dureza del corazón que ciega e incapacita para la compasión y la misericordia. Y Simón seguirá cargando losas de juicio y rechazo mientras Jesús seguirá quitándolas. A su alrededor está creando espacios de alivio donde los que ya no pueden más vuelven a respirar. Los de siempre, los de la Ley y el Templo, seguirán encerrados entre cuatro paredes.

La mirada de Simón es la misma de aquel otro fariseo que subió al Templo a orar y que se situó espantosamente mal: “Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos y adúlteros” (Lc 18,11). Y, por si a Dios no le había quedado suficientemente claro, no tendrá el menor reparo en señalar a ese publicano que también estaba orando en el Templo: “No soy como ese publicano”. Es el mismo desprecio del hijo mayor de la parábola que, al referirse a su hermano, lo nombra como “ese hijo tuyo”. Nuevamente la mirada que lleva al desprecio de aquellos que se sienten justificados ante un Dios que creen les dará la razón. No les cabe la más mínima duda.

[quote_right]Él no está manchado y esta certeza le impide percibir el dolor de una mujer que tiene que cargar con el desprecio de quienes se creen puros
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Pero no es lo mismo «mirada religiosa» que «mirada evangélica». Pedro lo descubrirá en casa de Cornelio (Hch 10), cuando siga percibiendo desde lo puro y lo impuro y, por ello, levantando barreras de separación y exclusión. Es una diferencia que queda clara en el Evangelio provocando un profundo escándalo y un rechazo visceral.

Jesús está alterando el orden establecido que ha sido elevado a categoría de sagrado e intocable. Pero para él no hay vuelta atrás y lleva a sus últimas consecuencias que el Dios de Israel sea «Padre de huérfanos y defensor de viudas» (Sal 68,5). Por eso, lo reconoce implicado con los abatidos y los impuros y lo encuentra haciendo fiesta en mesa compartida con pecadores y descreídos. A los de siempre, los de la Ley y el Templo, aquello les pareció un exceso inadmisible, un despropósito que no soportarán. Se la tienen jurada. Irán a por él e iniciarán una campaña de descrédito: que si es un borracho y un comilón, que si actúa con el poder de Belcebú, que si se junta con publicanos y pecadores y es amigo de prostitutas. La mala fe es capaz de destruir todo lo bueno.