Ha llegado la hora de acoger

Por Raúl Avellaneda

Filippiada es una pequeña ciudad a 400 km de Atenas. Dispone de una zona de restaurantes, algunas pequeñas tiendas y supermercados. Lo que hace excepcional esta localidad de la región de Preveza es que sus afueras albergan un campo de refugiados oficial. 500 personas sirias, kurdas y afganas habitan esta antigua instalación militar a la espera de recibir los papeles que les abran las puertas de la Unión Europea.

Vista de parte del campo: de refugiados de Filippiada, Grecia

Vista de parte del campo: tienda multiusos, mezquita, haimas. Foto. R.A.

Todas estas personas han huido de un hogar que ya no existe como tal. La guerra, la persecución, el hambre y el miedo las forzaron a todas a marchar durante meses y cruzar un mar que ya se ha tragado más de 3.000 vidas en lo que llevamos de año. Se deberían poder considerar afortunadas por lo que han salvado. No obstante, el futuro que atisban no es para nada esperanzador.

El pasado mes de agosto, un grupo de nueve jóvenes que compartimos vida en grupo decidimos ir una semana a colaborar con el proyecto Hope4Kids. Todo surgió de la iniciativa de una de las chicas del grupo que nos dijo en el mes de febrero quería ir a Idomeni a ayudar. El tiempo pasó e Idomeni fue brutalmente desalojado. Como grupo seguimos buscando alternativas y fijamos Filippiada y sus proyectos como un lugar donde aportar un minúsculo grano de arena.

La vida es lenta en el campo. Sus habitantes cuentan con más tiempo libre del que desean.

Hope4Kids es una iniciativa de una ciudadana estadounidense que, después de colaborar en Lesbos e Idomeni, decidió establecer su proyecto en Filippiada. Todas las actividades y fondos que recibe van dirigidos a atender a los niños del campo con actividades de tiempo libre y educacionales. Nosotros, como animadores maristas en tiempo libre, pensamos que era la manera perfecta de colaborar.

Vista de parte del campo: de refugiados de Filippiada, Grecia

Vista de las madrassas instaladas en antiguos depósitos de munición sin techo. Foto. R.A.

Filippiada nos recibe con un clima seco y una tierra árida. Ese calor se traduce en un recibimiento igual de cálido por parte de la coordinadora del proyecto y de las familias del campo. La primera impresión es de una tranquilidad extrema. La vida es lenta en el campo. Sus habitantes cuentan con más tiempo libre del que desean. Todos disponen de un permiso temporal de libre circulación en Grecia pero no más allá de sus fronteras. Tienen acceso a una pequeña asignación periódica y derecho a sanidad pero no pueden, bajo ningún concepto, trabajar. Tampoco pueden acceder a la educación pública puesto que no conocen el idioma local. Solo algunos, principalmente los más jóvenes, se desenvuelven con el inglés. Todos ellos comparten un pasado de guerra y un presente de espera incierta. Puede que muchos ya sepan que su petición del estatus de refugiado y su traslado a un país de la Unión Europea nunca será posible por las absurdas e inhumanas leyes europeas. Quizá acepten el presente o llegue un momento en el que voluntaria o forzadamente decidan volver a lo que quede de su país.

El gobierno griego proporciona tres comidas al día y un punto de agua potable. Después de meses de comer básicamente lo mismo, los habitantes del campo deciden comprar algunos alimentos o, incluso, intentan cultivarlos. ACNUR les proporciona tiendas que albergan hasta nueve personas y una especie de hamacas que les sirven de cama. Una o dos veces a la semana hay visitas médicas en el campo. No obstante, si alguien ha de trasladarse al hospital para el seguimiento de alguna dolencia no tiene medios para hacerlo. Disponen de duchas y lavabos en módulos prefabricados. Todo tiene un aire temporal y precario, a pesar de que muchos de ellos llevan más de cinco meses en el campo bajo las mismas condiciones de vida. Los refugiados sobreviven allí, nada más. Cierto es que tienen las necesidades fisiológicas básicas cubiertas pero los hemos abandonado. La sensación es que cuando Europa se canse de tenerlos allí los echará sin miramientos ni dignidad de ningún tipo.

Todo tiene un aire temporal y precario, a pesar de que muchos de ellos llevan más de cinco meses en el campo bajo las mismas condiciones de vida.

Hay voluntarios por doquier y no falta trabajo. Con los niños del campo nosotros montamos talleres de manualidades, pintamos caras, enseñamos bailes, jugamos e, incluso, ayudamos con las pocas clases que se pueden impartir en el campo por falta de medios adecuados. Las actividades con niños se desarrollan en antiguos almacenes de munición que hace tiempo que perdieron el techo. También ayudamos a organizar la ingente cantidad de material de todo tipo que llega al campo. Es este otro punto de reflexión. ¿Cuántas veces enviamos cosas que nosotros no usaríamos por estar rotas o incompletas?

Otras organizaciones se dedican a ordenar la ropa que llega a través de donaciones y repartirla de manera justa y equitativa entre los y las habitantes del campo. Cuando nos íbamos estaban comenzando a organizar la ropa de abrigo. El invierno promete ser lluvioso y frío. Los refugiados vivirán en las mismas condiciones: bajo una tienda de campaña y sobre una tierra dura que no parece que pueda absorber demasiada agua antes de que aparezcan charcos y de que se inunden las haimas.

Existen tantas historias como personas. Suleiman es un niño de 12 años que quiere jugar y aprender. Dibuja su periplo hasta llegar a Grecia con una facilidad tan grande como la tristeza que desprende su resultado. Él se sitúa en una barca que cruza el Mediterráneo para llegar a Europa. En la zona que representa como Siria, guerra y destrucción.

Un joven nos explica con ojos melancólicos que él es originario de Aleppo. Nos cuenta que ya no queda nada de su ciudad, las bombas han destrozado cualquier rastro de ella.

Al acabar el segundo día en el campo, cuando nos dirigimos a la furgoneta para ir al piso que hemos alquilado, una niña afgana nos llama. Su familia nos invita a cenar y no aceptan un no por respuesta. Llegamos a su haima. Ellos son seis, nosotros somos nueve y se añaden otros diez voluntarios más. Nos apretamos y compartimos la comida que nos ofrecen. Todo está muy bueno pero nos deja un sabor amargo en la boca. Cerramos nuestras fronteras a aquellos que comparten todo lo que tienen.

Es hora de ser tierra de acogida, es hora de la desobediencia a leyes injustas y que nos deshumanizan

Voluntarios maristas en el campo de refugiados de Filippiada, Grecia

Los voluntarios maristas realizando actividades con los niños y niñas del campo. Foto. R.A.

Hay mucha gente que pasea sin rumbo, esperando, mirando el móvil, comunicándose con familiares o amigos. Algunos piden organizar partidos para que el día pase más rápido. Saben que las novedades allí son limitadas. Eso sí, la vida pide paso con un cumpleaños, una boda o un embarazo.

Al marchar nos sentimos tristes mientras nos preguntamos muchas cosas. ¿Cuántas generaciones de niños y jóvenes que no reciben educación ni capacitación laboral alguna se perderán? ¿Cómo puede ser que neguemos la entrada a personas como nosotros? ¿Por qué olvidamos tan fácilmente un pasado reciente en el que nosotros también huíamos de los terrores de la guerra? Es hora de ser realmente tierra de acogida, es hora de la desobediencia a leyes injustas y que nos deshumanizan, es hora de reclamar a los políticos una solución rápida y duradera.

El autor

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