Manuel Fraijó es catedrático emérito de Filosofía de la Religión en la UNED y miembro de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones. Su libro más reciente se titula Avatares de la Creencia en Dios (Trotta, 2016) Invitado por el Foro Gogoa, habló sobre el tema “Teología y vida eterna. La esperanza del más allá”.

¿Qué es y qué se propone la filosofía de la religión?

La filosofía de la religión es, ante todo, filosofía. Hegel la vinculó con la “lucidez” y la liberó de cualquier tarea “misionera”: la filosofía de la religión no se preocupa de convertir a nadie, sino de que los seres humanos nos aproximemos al hecho religioso desde la lucidez. Esa lucidez impedirá fanatismos, intolerancia y fundamentalismos de cualquier género. Max Horkheimer, filósofo y sociólogo judío alemán, dice que la razón, la filosofía, se ocupa de que “no nos timen”. La historia enseña que los timos, en el ámbito de las religiones, han sido especialmente trágicos y virulentos. Dios tiene cabida en la filosofía de la religión pero, en cuanto Dios, solo se le admite como “problema”. En ningún caso se le permite la entrada como “dato revelado” o como “dato seguro”, cuestiones esas que pertenecen al ámbito de la teología.

¿Dios ha dejado de ser un dato seguro?

En el siglo XXI Dios no es un dato seguro, ni para la filosofía, ni para las sociedades secularizadas de nuestro tiempo. Dios es, en el mejor de los casos, un postulado, un anhelo, frente a aquella fatal quiebra que tanto le preocupaba a Unamuno, quien no se resignaba a que “nuestro trabajado linaje humano” se reduzca a “una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Pero lo cierto es que, deseos aparte, nada ni nadie puede asegurar que exista Dios. Dios carece ya de detractores empedernidos y de defensores acalorados. Su hegemonía de antaño ha entrado en declive. Dios se ha eclipsado, pero este es, sin embargo, el tiempo de lo religioso. Disminuye el número de creyentes y aumenta el de personas que buscan, por libre, la Trascendencia y una espiritualidad laica.

[quote_right]“Dios se ha eclipsado, pero este es el tiempo de lo religioso. Muchas personas buscan trascendencia y espiritualidad”[/quote_right]

Usted tituló uno de sus libros A vueltas con la religión. ¿Cómo se ha llevado con ella?

Mi trayectoria personal y mi trabajo intelectual han consistido en un prolongado forcejeo con la religión. Siempre he andado asediando a la religión, intentando arrancarle sus mejores secretos, relacionándola con la ética y analizando su articulación en los diversos credos, sobre todo en los monoteístas. Y siempre me he acercado al hecho religioso desde el aprecio y la simpatía, de una manera serena y objetiva. Se podría afirmar que, en nuestro país, mientras se creyó, se hizo sin filosofía ni teología y, cuando se dejó de creer, se hizo de nuevo sin filosofía ni teología. El lamentable resultado es que ni cuando creíamos sabíamos en qué creíamos, ni cuando hemos dejado de creer sabemos qué fe o qué creencias hemos abandonado. Tengo comprensión y simpatía hacia las personas que buscan sentido para sus vidas en las diversas religiones. A lo difícil del vivir y, sobre todo, a lo terrible del morir deben las religiones, como tan sagazmente vio Feuerbach, su largo perdurar.

En el Foro Gogoa Manuel Fraijó habló sobre Teología y Vida Eterna

Manuel Fraijó en un momento de la entrevista. Foto Javier Pagola.

Religiones hay muchas. ¿Cómo se puede abordar su estudio desde la filosofía?

No existe “la religión”, en abstracto. La religión solo se da “en las religiones”. Es cierto que anida en todas ellas un denominador común, un inconfundible “aire de familia”, pero salta a la vista el carácter único e irrepetible de cada una; hay una asombrosa y rica heterogeneidad. Existen, por ejemplo, unos 3.000 pueblos africanos y cada uno de ellos tiene su propio sistema religioso. Y no existe ningún “tipo ideal” de religión al que deban adaptarse los temas. Es muy conocida la afirmación del teólogo católico Schillebeeckx: “Hay más verdad en el  conjunto de todas las religiones que en una religión aislada”. Me pregunto si no habría que alumbrar varias filosofías de las religiones: de las proféticas, de las místicas, de las sapienciales… De hecho, el surgir de las religiones universales corrió paralelo con el nacimiento de los grandes sistemas filosóficos.

¿Siguen vigentes, en nuestra sociedad, la pregunta por el más allá y la oferta de sentido que hace la religión?

Muchas personas, entre las que me gustaría encontrarme, procuran gestionar con eficacia los afanes diarios, pero en su fondo más recóndito saben de sinsentidos últimos y de la marginación inevitable y final que trae la muerte. Siempre me pareció desmesurada la promesa cristiana de una vida más allá de esta vida, aunque, al mismo tiempo me resulta de un gran atractivo. Pero hay dos reacciones que me cuesta comprender. La primera es la de los cristianos digamos “convencidos”, a los que esa verdad les parece algo obvio; esa es, por cierto, una actitud diferente a la que adoptó José Luis López Aranguren, aquel filósofo y cristiano leal que no abarató la “otra vida” y dejaba la respuesta a esa pregunta en puntos suspensivos… La segunda reacción, que tampoco puedo compartir, es la de la negación airada y precipitada de algunos ateísmos actuales. Prefiero, como Jürgen Habermas, desde su filosofía y ateísmo metódico, una negación más sosegada, aderezada con algún resquicio de duda, de perplejidad interrogante. Claro que la verdad del cristianismo tiene una cita obligada con la realización de su promesa al final de la historia. Y, mientras continúe la historia, todo es posible. Considero conveniente dejar abierta la pregunta por el sentido último.

¿Por qué se siente usted tan atraído por la visión esperanzada de Ernst Bloch?

Yo conocí en Tubinga a Bloch -filosofo alemán marxista y ateo- y su obra principal El principio esperanza. Pocas veces se habrá tratado el tema de la esperanza desde perspectivas tan ricas y diversas. Bloch fue contemporáneo de Heidegger, pero se propuso ofrecer un cuadro de la vida completamente opuesto al que nos dejo el controvertido filósofo de la Selva Negra. Según Heidegger, “el hombre es un ser para la muerte” que vive eternamente preocupado y lidiando con la angustia. Bloch tiene una visión utópica y esperanzada de la vida y de la historia; para él “lo importante es aprender a esperar”. Bloch no fue un filósofo acomodado; huyó de Hitler, haciendo un largo itinerario hasta los Estado Unidos, donde fregaba platos por las noches en los hoteles. En un tiempo dominado por el miedo y el pesimismo insistió en las posibilidades del ser humano y en la alternativa de transformar el mundo en hogar, en tierra cálida. Bloch no era ingenuo, era consciente de que la esperanza tiene que vérselas con la muerte y, por eso, la suya es una “esperanza enlutada”, crítica con el optimismo fácil y vinculada siempre con la rebelión. Le parecía absurdo que el ser humano acabe igual que el ganado y, “por dignidad personal”, se rebeló contra la muerte. Valoró el ingente acerbo de las religiones, decía que el auténtico hombre estaba aún por hacer y se centró en arrancar a la vida lo mejor de sí misma.

Manuel Fraijó ha escrito que “la esperanza solo se nos da en fragmentos”. Usted, que admira la grandeza de la razón, se muestra más cercano a la búsqueda de la verdad y a la afirmación de lo relativo. ¿Cómo es eso?

La verdad no se puede servir en bandeja. Solo su búsqueda diaria nos va convirtiendo en ciudadanos de un mundo perplejo y cambiante. En realidad, sin un cierto relativismo no es posible la convivencia. La experiencia enseña que todo el que camina por la historia exhibiendo absolutos deja un mal recuerdo. Lo nuestro es el ámbito humilde de lo relativo, también en la esfera de las religiones. Yo interpreto la reflexión en clave de esperanza: mientras hay reflexión, hay esperanza.

[quote_right]“Sin un cierto relativismo no es posible la convivencia. La verdad no se sirve en bandeja, hay que buscarla a diario”[/quote_right]

¿Cómo se mueve la religión entre el relativismo y los dogmas?  

Bergson hizo una célebre distinción entre “religión estática” y “religión dinámica”. La primera rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica; su meta es la certeza, la búsqueda de seguridades; su problema es el miedo y por eso acumula dogmas y pautas morales de conducta. Pero hay, en cambio, una religión dinámica, que se articula en una profunda iniciación a la pregunta y culmina en la mística, en la búsqueda del contacto directo con Dios, en la genuina experiencia religiosa. En España no han faltado místicos y, de hecho Bergson enaltece a Teresa de Jesús y Juan de la Cruz sobre todos los demás; pero aquí hemos sido más proclives a sentir la religión que a pensarla. El Concilio Vaticano II abrió mucho el horizonte, hubo una revolución pretendida y orquestada por grandes teólogos. Es verdad que luego ha habido retrocesos y añoranza, pero el gran esfuerzo realizado por teólogos católicos y protestantes por pensar su religión, es la gran ventaja que el cristianismo lleva por delante en comparación con el islam actual. Un cristianismo no dogmático puede despertar el interés de los increyentes no dogmáticos. Pero, un cristianismo no dogmático no es un cristianismo sin dogmas, sino un cristianismo que razona y argumenta la herencia recibida, que intenta esclarecer la desmesura de sus promesas.

De esas promesas desmesuradas, vida eterna, esperanza del más allá, habla usted. ¿Cómo han dado razón de ellas los teólogos cristianos contemporáneos?

El cristianismo es una permanente cita con el futuro. Los presentes históricos casi nunca lo han avalado. Solo se ha mantenido asegurando que, algún día, todo será diferente. Lo bueno queda remitido al futuro. Por eso, las teologías de todos los continentes llaman al Dios cristiano “Dios del futuro o Dios de la esperanza”. Y el futuro del cristianismo y de su Dios tiene mucho que ver, creo, con el futuro de las víctimas de la historia. Ante el gran problema de las víctimas inocentes, de tantos seres humanos vilmente sacrificados, la filosofía del materialismo histórico se declara incompetente: el pasado está clausurado, los muertos no conocerán desagravio alguno. Pero el sufrimiento de los inocentes es la pregunta de las preguntas. Romano Guardini practicaba en silencio, por tantas víctimas, la teología de la pregunta, de la sobrecogedora pregunta de Jesús en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Frente a la razón científico-técnica del materialismo se alza la razón anamnética de la religión, la razón de una memoria que no pasa página, que mantiene vivo el recuerdo de los humillados y los ofendidos. Los teólogos protestantes Karl Barth y Rudolf Bultmann dejaron dicho que la expresión “resucitador de muertos” es otra manera de decir Dios.

¿Esperar justicia y vida en el más allá es dar un salto en el vacío?

Feuerbach, el crítico más severo de la religión, decía que “si no tuviéramos que morir no habría religión” y la sospecha de que la religión brota de la necesidad, de la precariedad, de la indefensión humana frente a la muerte, será siempre actual. Pienso, sin embargo, que la religión no existe solo porque tenemos que morir, sino también porque “tenemos que vivir”. La experiencia religiosa, como explicó Rudolf Otto, especialista en el estudio comparativo de las religiones, no surge solo del miedo a la muerte, sino también de la afirmación de la vida. En su origen estaría la experiencia de un encuentro con algo o con alguien, que ilumina la vida y su sentido último. El cristianismo posee, creo, suficiente plausibilidad interna para poder afrontar las confrontaciones teóricas con la ciencia. Los científicos saben que no todo se agota en el rigor verificacionista de su campo. La filosofía de la religión no posee carácter “científico”, pero también lo no científico puede ser significativo.

¿Hay filósofos que contemplan escenarios de vida más allá de la muerte?

Gran parte de la filosofía occidental parece dar la razón al teólogo católico Karl Rhaner cuando afirma que “el ser humano se tomará siempre a sí mismo lo suficientemente en serio como para no renunciar a un futuro absoluto”. Kant puso el acento en el sombrío panorama que seguiría si Dios y la inmortalidad fuesen una quimera, porque la esperanza de los humanos quedaría muy ensombrecida. Los filósofos de la sospecha (Marx, Feuerbach, Nietzsche, Freud) y algunos más se inscriben en la órbita de un acabamiento definitivo y aseguran que pensar lo contrario es opio, alienación e ilusión. El utilitarista John Stuart Mill, decidido a buscar únicamente lo alcanzable, pensaba que “conforme la condición de la humanidad vaya mejorando los hombres irán preocupándose menos de las promesas de vida futura”, aunque añadía: “Quienes han poseído la felicidad pueden soportar la idea de dejar de existir; pero tiene que ser duro morir para quien jamás ha vivido”. Walter Benjamin se resistió a admitir que las víctimas de la historia carezcan por completo de futuro pero, como Ernst Bloch, Benjamin sólo estaba dispuesto a “trascender sin Trascendencia” y no veía manera de ganarle la última batalla a la muerte. Siempre queda en la filosofía, como subrayó Emmanuel Lévinas, la preocupación por “el otro” y “los otros”. Y nadie está legitimado para renunciar, en su nombre, a un posible escenario futuro en el que se haga justicia a sus causas.

En este asunto, ¿qué han aportado a la humanidad las culturas religiosas?

Las religiones tradicionales africanas conciben la muerte como el comienzo de un viaje en que la persona muerta se une a sus antepasados y entra en otro estado de existencia. En el hinduismo de los vedas el fiel se limita a pedir una vida larga de “cien otoños” y no aspira a un más allá; en la fecha, más reciente de las upanishads surge la idea del karma, la rueda de las transmigraciones y la creencia en la liberación como integración del sujeto con el absoluto. El budismo cuenta con otra vida después de la muerte, fundamentada también en la idea del karma; el nirvana es un estado de felicidad tranquila, una especie de “cielo budista” que puede hacerse presente ya antes de morir; una hermosa imagen, en los textos budistas es que la desaparición de las estrellas al salir el sol no significa que hayan sido destruidas. El mazdeísmo ofrece la primera escatología sistemática de la historia de las religiones que tuvo enorme influjo en las escatologías del judaísmo, del cristianismo y del islam; Zaratustra, su profeta y fundador, enseña que habrá una resurrección general y un juicio al final del mundo y se establecerá un reino, una nueva creación en la que solo tendrán cabida los justos. En el islam hay también un juicio en el que el destino se decide con criterios éticos con final en infierno o paraíso y en ese juicio Mahoma intercede por la comunidad; en el Corán hay  una imagen gráfica del cielo que muchos musulmanes interpretan literalmente y que queda abierta a una exégesis histórico-critica. Judíos, cristianos y musulmanes confían al mismo Dios el futuro de los injustamente tratados por la vida.

¿Y qué aporta la cultura bíblica?

Hay que agradecer a Israel que introdujera en el mundo la sensibilidad frente a las injusticias de la historia. Las fes judía y cristiana en la resurrección nacieron  como respuesta a la injusticia y pienso que ahí sigue residiendo su vigencia. Pero con una diferencia. Mientras el judaísmo espera pacientemente la resurrección universal al final de los tiempos, el cristianismo proclama que nuestra historia ha sido ya testigo de una resurrección, la de Jesús de Nazaret, y esa resurrección anticipa ya la del resto de la humanidad. El mensaje cristiano otorga sentido y valor a esta vida. Supone incluso que se puede ser feliz en ella. Pero sabe que esa felicidad no llega a todos. Existen los injustamente tratados, los humillados y ofendidos, las víctimas del egoísmo y la barbarie, los hundidos en el olvido y el desprecio. Y ahí es donde surgió la fe en la resurrección. Es probable que, inicialmente, se dirigiese solo a ellos. Es una fe difícil de compartir, pero no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida donde ésta sucumbe. Y, lo más importante, la fe en la resurrección, en otra vida, ha iluminado muchos últimos instantes y suavizado innumerables despedidas; ha sido el último soporte amable al que millones de personas se han agarrado antes de decir adiós a todo lo que habían amado en esta tierra. Ya solo por eso la resurrección se merece que hablemos bien de ella. Eugenio Trías, catedrático de Historia de las ideas, afirmó: “La vida no se desvanece con la muerte; más que de fe, mi postura es de apuesta”.