Ghost in the shell: antropología de un paisaje ciborg

Por Federico Gómez Costa

El universo Ghost in the shell (GITS) ha estrenado su última obra con una película hollywoodiense de gran presupuesto, casting de renombre y una promoción acorde a todo ello. Con esta película ya son cuatro, que se suman a otras tres series de televisión, cuatro videojugeos y los tres cómics originales de Masamune Shirow.

Gran parte de la fama y relevancia de esta creación -que ha adquirido merecidamente el grado de obra de culto- procede del contenido filosófico que consiste precisamente en una reflexión antropológica.

La mayor Kusanagi -interpretada por Scarlett Johansson- es la ciborg que lidera las misiones de espionaje y seguridad pública vertebradoras de las historietas. Todas ellas tienen de fondo el conflicto de identidad de la mayor Kusanagi, quien es completamente artificial aunque conserva su ghost, su alma. “Nada de lo que tengo es mío”, lamenta la mayor refiriéndose a su cuerpo artificial pero, ¿acaso no estamos todos en la misma situación?, ¿no somos criaturas con una corporeidad que nos ha sido dada y no hemos conquistado?

Una crítica desde la fe a Ghost in the ShellLa aventura acontece en un espacio evidentemente inspirado en Hong Kong, punto de encuentro entre oriente y occidente (colonia del Reino unido hasta 1997), la tradición y el progreso, la sabiduría y la técnica, el cuerpo y el ghost En definitiva, el encuentro entre esencia y existencia. Estos binomios se desarrollan en un futuro ciberpunk en el que ciborgs, humanos y androides conviven creando un sustrato perfecto para la reflexión antropológica.

Este diálogo entre los polos opuestos se propone como constitutivo del ser humano. La mayor se siente ajena a sus memorias y a su entorno al decir “Todos a mi alrededor parecen unidos a algo. Yo no.” El ser humano es relación. Relación entre su esencia (su ghost) y su existencia (su cuerpo, sea biomecatrónico como el de Kusanagi o sólo orgánico, como el nuestro).

Tal reflexión no sucede en el campo de la razón, sino de la estética y del conflicto de identidad. La estética combina escenas urbanas a pie de calle que muestran una sociedad hipertecnológica y decadente con escenas a vuelo de pájaro de rascacielos impecables y hermosos. Vista desde lejos parece una ciudad perfecta, vista de cerca es una ciudad humana. En GITS la ciudad es a la comunidad lo mismo que el cuerpo es a la persona: una concreción estética del ser. Es decir, nos jugamos nuestra propia esencia en lo que mostramos al exterior al relacionarnos con otros.

La guinda del pastel de esta antropología relacional la pone la banda sonora que usa una canción tradicional matrimonial que invoca a los dioses para sellar la unión definitiva y perfecta entre dos elementos distintos. Sin duda esto nos refiere al misterio, a lo numinoso. El conflicto de identidad de la mayor es permanente y nunca termina de resolverse. Eso sí, esta película muestra un final esperanzado y positivo en el que la mayor se siente segura de sí misma por primera vez. El film se abre con un nacimiento o una creación que la mayor recrea emergiendo de un frío y oscuro mar. Del silencio y del vacío venimos y a él nos sentimos unidos. La muerte del villano acaba sumergiéndolo en esa misma y temible nada. Sin embargo, la extinción de Hideo, quien ha vivido en dignidad, no le hunde sino que le permite llegar al mar de datos, lugar desde el que mantenerse en comunión con la mayor: “Siempre estaré ahí, para ti”, le dice un instante antes de desconectarse de su cuerpo.

En definitiva, según GITS vivir es religar la presencia espacial del ser humano con su misterio esencial e inmaterial. Esta idea está presentada al estilo oriental que recuerda necesariamente a la obra filosófica ya clásica de Tetsuro Watsuji: “Antropología del paisaje”. Watsuji insiste en que el ser humano no puede entenderse de una perspectiva únicamente temporal, sino también espacial. Su obra es una respuesta a la obsesión occidental con la economía del tiempo y la eternidad, sintetizada en la obra de Heidegger Tiempo y ser. En cuanto que individuos somos cuerpo, en cuanto que comunidad somos ciudades, es decir, somos nuestros espacios.

La idiosincrasia americana no podía estar ausente, de manera que los aires serenos de las anteriores producciones desaparecen y se sustituyen por montañas de acción bien traídas. Estados Unidos se hace aún más presente en términos filosóficos. Esta película insiste repetidas veces en dar una respuesta cerrada y final a la pregunta en torno al ghost y la identidad humana, la cual siempre quedó abierta en el resto de producciones. Esta vez se identifica ghost con mente o alma y lo que define a la persona son sus acciones; una solución muy neopositivista, poco mistérica, impropia de GITS, pero capaz de aumentar las ventas. Por tres veces -muy bíblico- se le pregunta a la mayor durante la película “¿Quién eres?”, una cuestión de tal calado que ninguna respuesta puede alcanzar toda su hondura, que encierra el misterio del ser humano. La pregunta sobre el ser no se responde con palabras, se contempla en silencio. Director y guionistas no pudieron soportar el silencio.

 

El autor

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