Con motivo de los 500 años de la Reforma de Lutero, desde alandar proponemos iniciar el diálogo que sin duda protagonizará 2017 en las voces de Carlos F. Barberá y del reverendo Juan Larios.

Lutero fue una figura clave en el renacimiento y continúa estando presente.

Lutero en la iglesia Marktkirche de Hannover. Foto Gabriella Alu’

Durante siglos -y hasta fechas muy recientes- el protestantismo ha sido para nosotros una realidad exótica, algo que no tenía que ver con nuestro horizonte cultural ni con nuestra vida cotidiana. Después aquí y allá se han ido abierto pequeños templos o lugares de reunión, más tarde nos llegaron noticias del desembarco de predicadores protestantes en Guatemala o en Brasil, nos visitaron testigos de Jehová, que no sabíamos si eran o no protestantes… De diversas formas el protestantismo entró en nuestra realidad. El reciente viaje del papa a Suecia para participar en la inauguración de los 500 años de la Reforma puede ser una ocasión para hacer un repaso de nuestras conocimientos sobre el significado de la revolución de Lutero.

Comencemos, pues, por él. Figura sin duda discutida, su perfil se ha movido entre la condena absoluta en el campo católico y la hagiografía en el protestante. En 1904 el dominico Denifle, en un libro de gran erudición, había defendido que se trataba de un fraile orgulloso y carnal, autor de una doctrina que justificase sus debilidades. En el otro extremo Lutero ha sido “el muy digno y glorioso Moisés de los alemanes”, “el campeón de la libertad de conciencia”.

Hoy los juicios son más equilibrados, tanto por una parte como por otra. J. Lortz, historiador católico, escribió en los años cuarenta del pasado siglo: “Lutero fue un personaje eminentemente religioso” y el dominico Congar añadió: “Lutero se halla obsesionado por el deseo de encontrar la paz de su corazón, un corazón vivo, cálido, ensoñador con su Dios”.

[quote_right]La rapiña e ignorancia de muchos clérigos habían creado un clima de malestar en la cristiandad[/quote_right]

Ahora bien, ¿cuál fue la causa del conflicto primero y de la ruptura después que provocaron las actitudes de Lutero? Es un lugar común responder alegando la corrupción y decadencia de la Iglesia de finales del siglo XV y comienzos del XVI. Es cierto que el destierro de Avignon, el llamado cisma de Occidente, la actitud de los papas constituidos en príncipes seculares, la rapiña e ignorancia de muchos clérigos habían creado un clima de malestar en la cristiandad. Sin embargo no todos admiten que eso fuera la última causa de la Reforma.

Como es sabido, lo que produce la primera chispa es la campaña de las indulgencias. El papa León X busca dinero para construir la basílica de San pedro en Roma. Alberto de Brandenburgo, que había comprado el obispado de Maguncia, es nombrado comisario general de la indulgencia, con cuyos ingresos podrá ayudar a construir San Pedro ya la vez  su propia catedral.

Ante esta campaña Lutero, doctor en teología, profesor de Universidad, reacciona decididamente. Redacta  95 tesis que envía a su obispo y da a conocer en la Universidad y que adquieren rápidamente una gran difusión. Lutero defiende que sólo Dios puede perdonar culpas, el Papa no está legitimado para ello. Pero esta primera toma de postura trae consigo otras en cadena: la gracia no es una realidad superpuesta a la naturaleza, no es algo casi físico que se infunde en la persona, no es una realidad que pueda aumentar o disminuir (y menos comprarse con dinero) sino la entrega de un Dios cercano y misericordioso. En consecuencia, los sacramentos no son dadores de gracia, son únicamente signos de nuestra fe en el amor de Dios. Pero si el papado se ha equivocado en la interpretación de todas esas realidades, no está legitimado como voz suprema en la Iglesia. La Iglesia no es, pues, la jerarquía sino la comunidad espiritual de todos los creyentes, de los que has aceptado la fe en Jesús y por esa fe (y no por sus obras) son salvados. Una Iglesia que no tiene otra fuente que la Escritura.

De este modo, paso a paso, sobre todo en los escritos de 1520, su año más fecundo, Lutero traza un panorama teológico que subvierte el medieval vigente hasta él.

Hans Küng ha utilizado el concepto de paradigma para explicar todo este proceso. Desde un comienzo, en diálogo consigo misma y con la sociedad,  la Iglesia y la teología, han elaborado un marco hecho de sensibilidades, conceptos, normas, acciones. Ese paradigma no es eterno sino histórico, los acontecimientos van ejerciendo su crítica hasta que llega un momento en que debe ser sustituido por otro. Para el teólogo suizo, frente al paradigma católico-romano medieval vigente en la Iglesia desde San Agustín, Lutero formula un nuevo paradigma mucho más acorde con los tiempos. De ahí su enorme éxito y su rápida y extensa difusión. De ahí también la imposibilidad de un acuerdo con Roma. Eran dos posturas y dos lenguajes totalmente opuestos, destinados a no entenderse.

En el 500 aniversario de la promulgación de la Reforma de Lutero analizamos su figura

El papa Francisco a su llegada a Suecia para su histórico encuentro con la Iglesia Reformada. Foto L’Observattore Romano

Frente a un Dios en sí, lejano, definido con conceptos metafísicos, Lutero opone un Dios cercano y misericordioso. Frente a a una Iglesia jerárquica, impositiva, centralizada, Lutero cree en una Iglesia de creyentes basada en el sacerdocio común de los fieles. Frente a una doctrina basada en la Biblia pero envuelta en doctrinas, decretos y autoridades, reivindica la vuelta a la Escritura. Frente a los miles de intercesores, Jesús es el único intercesor ante el Padre. Frente a los méritos acumulados por las penitencias y las buenas obras, la salvación sólo se consigue por la fe. Finalmente, frente a una teología muy racional, con conceptos venidos del helenismo, una teología existencial con la mirada puesta en la cruz de Jesús.

Pero dicho esto, reconociendo que Lutero transformó la teología ¿puede considerársele el precursor de la Modernidad, un antecesor de lo que ocurrirá a finales del siglo siguiente? Ciertamente no.  Veamos por qué-

Puesto que el final del siglo XV y el comienzo del XVI son el tiempo de la revolución copernicana, de Leonardo, Rafael o Miguel Angel, tendemos a pensar que se trata de una época optimista, esperanzada, abierta a la creación. No es así en absoluto. Son innumerables los textos contemporáneos que reflejan desolación, desesperanza, temor el fin del mundo. “La naturaleza humana es perversa, malvada, egoísta” (L. B. Alberti). “Las espadas del poder imperial se han cubierto de herrumbre…la justicia ha muerto, la blasfemia triunfa…el ultraje es tan grande que se extiende por todas las partes” (La nave de los locos). “Nuestro siglo es peor que todos los que le han precedido” (Henri Estienne). “La religión y el desprecio hacia Dios se colocan al mismo nivel, la ruina de las costumbres, la derrota del cristianismo, la destrucción de las virtudes se extienden como un incendio” (Guillaume Budé)

No es extraño que en este clima se haga un recuento de frecuentes eclipsis, de hechos asombrosos, de nacimientos de animales con dos cabezas, de la proliferación de monstruos. Para muchos se trata del anuncio de un fin del mundo ya próximo, al que algunos ponen fecha.

Lutero no es ajeno a ese espíritu general, que coincide con las condiciones psicológicas de su propio espíritu. Así escribe en 1544, con ocasión de la enfermedad mortal de su hija Margarita: “No me irritaría contra el Señor si la liberase de este tiempo y de este siglo satánicos y desearíamos que yo y los míos fuéramos arrancados de él porque anhelo la llegada del día que pondrá fin a la furia de Satán y los suyos”.

[quote_right]Frente a los méritos acumulados por las penitencias y las buenas obras, la salvación sólo se consigue por la fe[/quote_right]

Por esta razón en el centro de la Reforma no está el cambio de la Iglesia sino el tema de la salvación (Küng). Heredero de San Agustín, llevando hasta el extrema la doctrina del pecado original, Lutero tiene una concepción pesimista de la persona humana: “…si Cristo no está ahí, el mundo por desgracia y el reino del Diablo están ahí. De lo que se deduce que todos los dones que tú posees –tanto espirituales como corporales- tales como la sabiduría, la justicia, la santidad, la elocuencia, el poder, la belleza, las riquezas son el instrumento y as armas serviles del infierno y del Diablo. A cambio de todo ello tú estás obligado a servirle, a promover su reino y acrecentarlo”. Y puesto que en la persona humana todo está contaminado, no queda sino la fe, la confianza en la justificación que viene de Dios. Pero si algunos se pierden es porque Dios no se la concede: es la doctrina de la predestinación, que llegará con Calvino.