Por Ricardo Olmedo

La llamaron por teléfono para que oyera los gritos de su marido mientras lo torturaban.  La policía de Stroessner quería dar una vuelta de tuerca al dolor. La angustia y el sufrimiento que provocó aquella llamada terminó siendo mortal. Se sintió mal y salió de su casa, nadie la atendió. El miedo la paralizaba. Un infarto acabó por destrozarle el corazón ya herido. Se llamaba Celestina Pérez y era la esposa del hombre con quien estoy ahora, cuarenta años después de aquello.

Me encuentro con Martín Almada en su casa de Asunción. Ya es de noche y a la mañana siguiente tiene previsto viajar a Francia para asistir a unas jornadas universitarias sobre la Operación Cóndor, aquel pacto criminal entre los gobiernos militares de la década de los setenta -Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay- que dejó un reguero de miles de víctimas en esa región del Cono Sur.

Alemansh Daurte, en un momento de la entrevista. FOTO RICARDO OLMEDO

Martín y Celestina, educadores, crearon el Instituto Juan Bautista Alberdi en San Lorenzo. Aquello fue un hervidero de ideas avanzadas en educación, economía, política… Todo lo arrasó la dictadura del general Stroessner. Martín, encarcelado y torturado desde 1974 a 1977, viudo y con hijos, se exilió y acabó trabajando para la Unesco en Francia como experto en educación.

Tras su vuelta a Paraguay, en 1992 Martín y un juez entran en la vieja sede policial de Lambaré, en las afueras de Asunción, en busca de archivos del tiempo de la dictadura. Lo que encuentran, sin embargo, es impactante: cientos de miles de documentos de la represión militar paraguaya y otros muchos que demuestran la cooperación de Estados Unidos con las dictaduras de la región. Es decir, la prueba monumental y definitiva de la existencia de la Operación Cóndor. Los “Archivos del Terror” son ya indispensables para encajar las piezas de la historia reciente de América Latina. En 2002 se le concedió el premio Nobel Alternativo.

Ahora, Paraguay está gobernada por el empresario Horacio Cartes, un empresario de quien parte de la prensa paraguaya afirma que compró su candidatura al Partido Colorado y al que se relaciona con contrabando de tabaco y asunto de drogas.

¿Cómo ve la situación?

En Paraguay, después el golpe al presidente Lugo, hemos sufrido un retroceso muy importante. Estamos viviendo una democracia de fachada. Aquí hay un gobierno narco-político. Gobiernan los productores de soja y de estupefacientes. Este es un país que está al margen de la ley. Esta es la situación de Paraguay y de varios países de América Latina. No solamente paraguaya.

Y ante este panorama, ¿hay una contestación social?

Tengo la impresión de que existen dos sociedades. Una, la de la vieja estructura, que no quiere el cambio. Aquí se cumple lo que decía Gramsci: hay una sociedad vieja que no quiere morir y una sociedad nueva que no puede nacer. A pesar de esto -y a la luz de nuestra realidad-, se produjo un cambio muy radical: hay una juventud que se moviliza, una juventud sin miedo, una juventud que echó a una ministra de educación, que intervino en la Universidad y mandó al rector a la cárcel, una juventud sin miedo que quiere realmente el cambio. La ausencia del Estado es permanente. Aquí hay 5% de ricos, 5 a 10% de clase media en vía de extinción y 80% de pobres, la pobreza aquí es explosiva. Pero hay una juventud dinámica que nos brinda mucha esperanza todos los días.

[quote_right]”No tenemos que permitir que las sociedades anónimas sean nuestros nuevos tiranos. Hay que despertar a los dormidos y movilizar y organizar a los despiertos”[/quote_right]

La situación de desarrollo del país también deja mucho que desear.

Sí, pero depende de qué desarrollo hablemos. Hay dos o más tipos de desarrollo. Uno autogestionario, por ejemplo, es lo ideal: que la gente sea protagonista de su historia. Nosotros no creemos ni en el mercado ni en el Estado. Creemos que todo tiene que ser comunitario. Hemos visto el fracaso del mercado y del Estado. Esta es nuestra convicción. Cuando nosotros llegamos al interior del país,  observamos que lo interesante es no imponer conductas sino difundir valores. Más que nunca nuestra sociedad global necesita hablar de valores. De honestidad. Vemos desde aquí la corrupción española y en Paraguay tampoco estamos cojos. Necesitamos que la educación sea liberadora. Aquí hay una sociedad complaciente con sus ladrones y verdugos e implacable con los soñadores. Lo más importante es transmitir valores. Hablemos de la reforma educativa. Pero aquí necesitamos que esa reforma sea simultánea con la reforma agraria. Un país donde el 80% de la tierra  está en manos de un 2% que, además, no paga impuestos. Este es un país endeudado. Este era un país feliz, lo fue de 1811 a 1870, cuando Inglaterra ordenó destruir la experiencia paraguaya. ¿Qué le molestó a Inglaterra? En Paraguay no había bancos privados. Inglaterra los instaló. Hay que fomentar la participación popular, la autogestión, el crecimiento de la gente. Hay  que cultivar el pensamiento crítico y también el corazón.

Cuando Martín Almada habla de “nosotros”, lo hace del trabajo que despliega la fundación Celestina Pérez de Almada, con proyectos en derechos humanos, desarrollo de energías alternativas y educación con familias campesinas. Almada acaba de cumplir los ochenta y no descansa:

“Hay esperanza. La vida tenemos que vivirla con esperanza y, sobre todo, con solidaridad. La solidaridad es la ternura de los pueblos. Asesinaron a mi esposa, confiscaron mis bienes, me tuve que exiliar… Pero volví convirtiendo el dolor en coraje. Coraje para enfrentar la nueva situación de democracia de fachada que tenemos. Por ejemplo, para seguir denunciando que el Cóndor sigue volando. ¿Quién dirige el Cóndor hoy? ¿Cómo fue el Cóndor de ayer? Los archivos que encontramos tienen 700.000 páginas y tienen acorralados a todos los genocidas de la región. Se cuenta cómo las multinacionales colaboran con las tiranías de América Latina. ¿Qué ha ocurrido en Brasil?, ¿qué pasó con el presidente Lugo? Ya no son los militares, son las multinacionales, el foro de Bildelberg… No tenemos que permitir que las sociedades anónimas sean nuestros nuevos tiranos, hay que intentarlo: crear conciencia de que la sociedad civil tiene que vigilar y controlar a las grandes compañías. Hay que despertar a los dormidos y movilizar y organizar a los despiertos.