Francisco, lleno eres de esperanza

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Desde el inicio de su pontificado, Francisco ha despertado esperanzas de un aire nuevo. Cuando todavía no se ha cumplido un año del comienzo de su pontificado (sólo lleva ocho meses) Francisco ya ha dado un recital de palabras, gestos y decisiones que contemplan al Evangelio como único faro. Cuando habla el pontífice argentino ahora sí se escucha con nitidez el eco de las palabras de Jesús el Nazareno.

No ha necesitado el pontífice grandes eventos ni actos millonarios para conseguir que tanto creyentes como personas agnósticas -y no pocas ateas- se queden prendadas de la forma y del fondo de su mensaje. Los estudios demoscópicos hablan de un apoyo masivo y desconocido hasta la fecha a la Iglesia de Jesús que el papa de los y las pobres dirige como pastor bueno.

Alandar ha querido en este número escuchar voces diversas para identificar por dónde caminan los signos de esperanza: las de una mujer divorciada; el provincial de una orden religiosa; un representante de los curas que defienden el celibato opcional; un teólogo y una teóloga; una defensora de los derechos de las personas homosexuales… En todos los casos se les pregunta sobre qué esperan de un papa que no deja a nadie frío.

Las opiniones recogidas, sin excepción, no son solo muy positivas sino que, además, están preñadas de grandes expectativas sobre lo que está por llegar. Se aplaude la constatable recuperación de los signos de los tiempos que la Iglesia jerarquía había perdido hace demasiadas décadas. Retorna, se dice, ese soplo fresco del espíritu que supusieron, hace medio siglo, los mensajes que emanaban del Concilio Vaticano II. No faltan quienes insisten en exigir hechos tangibles que hagan más creíble la vuelta a los orígenes que parece anunciarse.

Se siente con fuerza una sincera llamada a la conversión, con la que podremos recuperar la esencia de nuestro ser. A esta sensación ayuda el sello franciscano de una austeridad no impostada, de la humanidad que sufre con quienes sufren, un elemento que el nuevo papa ha sabido poner a cada uno de sus actos, de sus declaraciones. No se ocultan, no obstante, los miedos a la resistencia, a la involución, a la lentitud que se augura para cambios que muy poca gente hubiera soñado con que se pudieran producir tan pronto generados desde la cúpula de nuestra amada y criticada Iglesia. Francisco ha llegado como agua fresca a un pueblo de Dios sediento de esperanza y de Evangelio.

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