Atisbos de esperanza

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Foto. Ahmed Abdel-fatahHace dos meses hablamos de que el nuevo ágora egipcio del siglo XXI no acogía los mismos problemas que el de la época de Cirilo. Pero, concluíamos que el siglo IV y la época actual son tiempos que aglutinan un mismo lastre: la fractura interreligiosa. Por ello, nos preguntábamos cómo subsanar esta grieta examinando si quedaban aún atisbos de esperanza para la libertad, la convivencia y el diálogo.

Si se vislumbran o no indicadores de cambios significativos en Egipto es una pregunta que aún no pueden contestar analistas de la realidad política, social y religiosa de la ribera del Nilo. Tanto desde esa orilla del Mediterráneo como desde la occidental, la expectación aumenta al mismo ritmo que la incertidumbre. Mientras que en algunos momentos del largo proceso legislativo se divisan señales de horizonte democrático, en otros inesperados instantes se producen duros enfrentamientos entre quienes apoyan la revolución y las fuerzas de seguridad, donde solo se visualiza un caos que no aporta nada a un proceso pacífico de transición democrática.

Uno de los últimos ejemplos de este caos se concreta a comienzos del mes de febrero en el estadio de Port Said, en el que 74 personas perdieron la vida y más de mil resultaron heridas, tras el enfrentamiento entre ultras y seguidores del Al Masri y el Al Ahli. Tras estos sucesos, el desconcierto se extendió por todo el país con manifestaciones y protestas. Tal gravedad alcanzó el incidente que en El Cairo se contabilizaron otras cuatrocientas personas heridas después de los enfrentamientos entre la multitud y la Policía.

Cada vez que la inestabilidad política se escenifica en Egipto el interrogante de la propuesta democrática se agudiza. A pesar de los trascendentales avances que parecen darse para afianzar el nuevo sistema político, la puerta de la democracia aún está entreabierta. «La Junta militar quiere demostrar que el país va al caos, son gente de Mubarak y aplican la misma estrategia que seguía él», explicó a Reuters Mahmud al-Naggar, miembro de la Coalición de la Juventud Revolucionaria en Port Said. Por su parte, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el órgano que mantiene el poder desde que el anterior presidente, Hosni Mubarak, dejara el cargo el 11 de febrero de 2010, subraya insistentemente la misión de mantener el orden y la seguridad en Egipto. “Revelaremos varias verdades que harán que esta nación se sienta orgullosa de sus Fuerzas Armadas”, ha llegado a afirmar en un comunicado oficial la junta militar, intentando aplacar las persistentes críticas. Y, asimismo, añade que no abandonará el poder hasta el 30 de junio, con la celebración de las primeras elecciones presidenciales democráticas en Egipto.

Estas declaraciones y hechos tan encontrados demuestran que, un año después de las revueltas que se iniciaron en la plaza de Tahrir, la atmósfera egipcia sigue siendo tan dantesca como pesimista. Este ambiente hostil dificulta aún más la pregunta que desde Cantar en tierra extraña nos hacíamos en la edición de enero: ¿quedan aún atisbos de esperanza para la libertad, la convivencia y el diálogo interreligioso?

Pese a que la esperanza en Egipto sea como una ola que va y viene, las consecuencias políticas de las revueltas de la plaza de Tahrir demuestran que un cambio en el sistema puede acabar con la fractura interreligiosa. Por ello, el partido que obtenga la victoria en los comicios presidenciales del próximo mes de julio tendrá el titánico reto de buscar el consenso en materia religiosa en una sociedad profundamente musulmana. Si el verdadero fin en el cristianismo y el islam es Dios o Alá, los símbolos de la limosna y el ayuno podrían tornarse en la promoción de la justicia social, los bienes morales, la libertad y la paz. Y, ¿qué hay de la realidad extrarreligiosa? Sería elemental que la, a priori, mayoría musulmana buscase el bien con los partidos laicos y bebiera del proyecto del modelo democrático y de gestión económica que éstos proponen.

A la espera de los resultados electorales

En principio, esta batería de responsabilidades recae sobre el partido Libertad y Justicia (PLJ), brazo político de los Hermanos Musulmanes, que ganaron las elecciones legislativas el pasado mes de enero y han logrado la presidencia de la Cámara al copar casi la mitad de los escaños (con otra cuarta parte en manos del más radicales salafista de Al Nour). En concreto, el PLJ se proclamó vencedor, al ganar el 47% de los escaños en disputa (235 de 498), lo que supone más capacidad para controlar el Congreso.

Según anunció el pasado 20 de enero el presidente de la Comisión Suprema Electoral, Abdelmoaiz Ibrahim, tras el PLJ se situaron los salafistas del partido Al Nur, con 121 parlamentarios, un 24% del total. En tercer lugar quedó el partido nacionalista más antiguo de Egipto, Wafd (que propone la inserción de la democracia y una reforma económica profunda). Y en cuarto lugar está situado el liberal y laico Bloque Egipcio, agrupación que fue perdiendo fuerza conforme las elecciones salieron de los núcleos urbanos para trasladarse a las áreas rurales del país. Sin embargo, las formaciones surgidas al amparo de la Revolución del 25 de Enero e integradas por movimientos de jóvenes lograron una escasa representación en la Asamblea del Pueblo. En concreto, fue la coalición La Revolución Continúa la que obtuvo tan solo siete escaños.

De esta manera, Mohamed Saad el Katatni, el secretario general del PLJ, se ha ubicado como primer presidente del Parlamento, decisión acordada con el resto de fuerzas políticas. Será a él a quien le toque ver desde la presidencia el desarrollo de este kilométrico proceso electoral. El pasado 29 y 30 de enero se celebró la primera fase de las elecciones al Consejo de la Shura, la Cámara Alta del Parlamento, que se prolongó hasta finales de febrero (momento de la impresión de este número de alandar). No obstante, el verdadero paso para el calendario electoral del país llegará a su cumbre con el referéndum, la aprobación de una nueva Constitución y la elección de un nuevo presidente del país antes de julio, según lo prometido por la Junta Militar egipcia.

El desafío de una Primavera real

La Primavera árabe habrá quedado en agua de borrajas si las distintas instituciones políticas, religiosas y militares y el pueblo egipcio en general no encajan la soberanía popular como base moral y norma inviolable. Para ello, si quiere hacer un verdadero servicio a su pueblo, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas tendrá que comprometerse a ceder el poder cuando haya nueva constitución y nuevo presidente a finales de junio. Para algunos militares, aceptar esa renuncia no va a resultar nada fácil, como el ir más allá de sus intereses particulares pensando en el bien común.

A no ser que se produzcan últimas sorpresas, todo apunta a que la fuerza política con más votos será la de los Hermanos Musulmanes. A pesar de ser un movimiento con hondas raíces religiosas, en reiteradas ocasiones han mostrado cierto interés por el diálogo y aspectos renovadores dentro del mundo árabe, como la presencia de la mujer en la vida pública y el respeto y colaboración con otras confesiones religiosas. Amr Kaki, secretario general adjunto del brazo político de la Hermandad, ha declarado en numerosas entrevistas que quieren crear un nuevo modelo político islámico y que está dispuesto a dialogar y cooperar para tener buenas relaciones dentro y fuera de Egipto.

No sabemos en qué principios se asentará ese nuevo modelo político de los Hermanos Musulmanes. Pero, ¿será un paradigma plenamente nuevo o se parecerá a algunos ya establecidos en la sociedad arábiga? Todavía es bastante temprano para responder a una pregunta que va a empezar revelarse a partir del próximo verano. Lo que es evidente es que en la actualidad, dentro de las filas del PLJ han de posicionarse en, al menos, modelos similares a los distintos paradigmas geopolíticos que ofrece el mercado arábigo: el secular de Turkía, con su consecuente rechazo a la Sharia; el islamista de Arabia Saudí, con su islamismo feudal e influyente wahabismo (rama religiosa conservadora del sunismo); el islamista de Irán y su visión política y social del fundador del moderno Estado chií, Ruhollah Musavi Jomeini (cosa poco probable, ya que los Hermanos Musulmanes asientan sus raíces en el islam suní); el socialista panarábico de Siria, inmerso en la actualidad en plena crisis; el nacionalista de Iraq, que ha quedado completamente en jaque por la invasión de occidente; o un nuevo modelo que sepa integrar la tradición islámica occidental con la democracia liberal a la europea.

Uno de los problemas que va a tener que solventar el nuevo gobierno es el de la economía. La falta de empleo, el crecimiento mal distribuido y las revueltas políticas que el pasado año han alejado a turistas e inversores. No obstante, nada de esto podrá estabilizarse si no están bien afianzadas las metas, los principios morales y las máximas de convivencia religiosa de la ciudadanía egipcia. Por ello, no convendrá olvidar la hipótesis que aporta Hans Küng para solucionar los problemas sociales de raíz: “No habrá paz entre las naciones si no hay paz entre las religiones”. Este es el momento más indicado para que en Egipto renazca el verdadero ágora.

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