La banca islámica (se) crece con la crisis

cantarentierraextrana-3.jpgLa banca islámica es ética, pero también más resistente a los cracs financieros. Como sabe, el Corán prohíbe la usura, así que tampoco puede haber hipotecas basura”. Así hablaba el pasado 29 de octubre, en el diario barcelonés La Vanguardia, Sulaiman al Fahim, jeque dubaití. Este hombre de negocios intentaba explicar por qué los países árabes resisten a la crisis. No siempre: poco después, su propio país, Dubai, ejemplo mundial de innovación, inversiones y lujo, casi se viene abajo y ha tenido que ser rescatado de la quiebra por su emirato vecino Abu Dabi.

Pero este mal ejemplo no le quita valor a su tesis. Por el contrario, la aclara: Dubai es, precisamente uno de los países musulmanes que menos sigue los preceptos financieros islámicos y, además, su carencia de petróleo le ha hecho imitar demasiado las pautas occidentales de desarrollo inmobiliario y turístico. Frente a este modelo, la banca islámica, tachada durante décadas de medieval y oscurantista, está demostrando ser mucho más eficaz en estos tiempos de crisis y se presenta ahora, en palabras del banquero indonesio Riawan Amin, como una alternativa “más ética, más segura, menos opaca y a salvo de la especulación y los activos tóxicos”. En efecto, la banca islámica –también conocida como la “sharía financiera”- está regulada por criterios muy estrictos y, aunque cuenta con menos margen de maniobra, actúa con un sistema claro y detallado centrado en productos reales o poco volátiles y caracterizado, sobre todo, por la prudencia.
En sustancia, la banca islámica tiene que atenerse a dos principios generales: la prohibición de la riba, que puede traducirse como la usura; y las limitaciones para participar en actividades como el juego, el alcohol, la prostitución, la fabricación de armas o la venta de carne de cerdo. Este último punto no es difícil de solucionar: se trata, sencillamente, de invertir en fondos éticos. El primero es más complicado. Las entidades bancarias no pueden no cobrar ni ofrecer intereses en o por sus hipotecas, fondos, cuentas corrientes, créditos, etc. Así, se las tienen que ingeniar para idear mecanismos que les permitan sortear las restricciones y obtener beneficios, al menos sobre el papel.

La mushakara es un ejemplo: en lugar de dar una hipoteca a un cliente, el banco compra la casa y la vende al cliente a un precio más alto. La diferencia no se considera interés, al no estar sujeta a las fluctuaciones del mercado, sino una compensación por el riesgo de la operación. Para reembolsar el precio, el banco establece una especie de “alquiler” mensual de acuerdo con el mercado local. De no poder pagar, la casa se subasta y los beneficios se reparten entre ambos. Hay otros similares, como la iyara, una especie de leasing según el cual el banco compra bienes y los transfiere por un periodo determinado al cliente; los hibah o regalos que los bancos dan a sus clientes en lugar de dar interés; o los sukuk, bonos canjeables por acciones.

La idea que subyace en el precepto coránico es la repartición de las riquezas y la lucha contra la desigualdad social. Así, las finanzas islámicas impulsan el concepto de responsabilidad compartida de riesgos y ganancias entre el cliente y el banco. De ahí que numerosos economistas, como cita Gonzalo Escribano, profesor de Economía Aplicada en la UNED, piensen que “el sistema financiero islámico sería superior al capitalismo en términos de justicia social y al marxismo en términos de libertad y eficiencia”. De la misma opinión es Lorena Napoleoni, economista italiana que considera que sus métodos son “innovadores, flexibles y más creativos” y sostiene que pronto controlarán el 5 por ciento del sistema bancario mundial, dado que están atrayendo cada vez más capital occidental a causa de la crisis.

A la chita callando, desde que surgiera la primera entidad de este tipo en 1963, la banca islámica se ha extendido por todo el mundo: en la actualidad está presente en 80 países, crece a un ritmo anual de entre un 20 y un 30 por ciento y mueve en torno a 450.000 millones de euros. No se crea que todos los países musulmanes cuentan con servicios bancarios halal. En algunos como Malasia, Indonesia, Líbano, Bahrein o Arabia Saudí están bien asentados. En otros, como Qatar o Marruecos comienzan a convivir con la banca occidental. Pero aún hay estados, como Omán o Kuwait donde están prohibidos o sufren fuertes restricciones. Esto se compensa en el resto del mundo, donde existen ya más de 300 entidades islámicas repartidas por Estados Unidos -incluso la poderosa bolsa de Nueva York tiene ya un índice para empresas que respetan las leyes islámicas: el Dow Jones Islamic Markets (DJIM)-, China, Corea del Sur o Europa occidental.

Gran Bretaña cuenta ya con cuatro bancos islámicos, aunque tres son exclusivamente de negocios. Pero como los bancos no menosprecian a ningún cliente siempre que éste huela a dinero, y en el país británico hay un mercado potencial de dos millones de musulmanes, grandes entidades como Barclays, HSBC, Lloyds o Royal Bank of Scotland se han lanzado a competir con nuevos e imaginativos productos que no producen interés, aunque tengan que hacer un mayor esfuerzo de contabilidad creativa. Y no sólo para los musulmanes asentados en Europa: Francia está cambiando algunas normas fiscales para atraer reservas financieras de los países árabes y dos universidades del país vecino ofrecen cursos especializados en finanza islámica dirigidos a banqueros, aseguradores, juristas o abogados que puedan asesorar a posibles inversores. En España, por el momento, sólo Bancorreos, la entidad creada por Correos y Deutsche Bank, que ofrece productos financieros adaptados al más de un millón de musulmanes que vive en nuestro país.

Y no son sólo voces de economistas o de musulmanes interesados los que ven en la banca islámica una alternativa frente a la crisis. También –o incluso- el Vaticano, que ha comenzado a valorar su esencial aspecto ético. En noviembre de 2008, la declaración final del primer foro de diálogo católico-musulmán contenía una petición a “los creyentes” para desarrollar un “sistema financiero ético”. Aunque, lamentablemente, no se especificaba cómo debe ser dicho sistema, sí se apuntaba la creación de “mecanismos de regulación que consideren la situación de los pobres”. Se trata de la primera vez que musulmanes y católicos se ponen de acuerdo para hacer una solicitud de este tipo. Y, sobre todo, el reconocimiento de la Santa Sede de la “moralidad” de los principios que propugna la banca islámica. Que es lo importante: para disfrutar de sus productos no es necesario creer en Alá y Mahoma, su profeta; basta con compartir sus principios, que son principalmente humanos.

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