La fascinación del Dalai-Lama (1)

Dalai-Lama.jpgMe van a permitir, mis improbables lectores, que por una vez mezclemos en estas líneas la religión y la política. O, por mejor decir, que hablemos de política más que de religión. Ambas cosas se confunden en la figura del Dalai-lama. Es verdad que nuestro Papa también es jefe de un estado, pero no debe tanto su influencia a motivos políticos. Por contra, es indudable que el budista goza de gran notoriedad gracias en buena parte a su condición de exiliado y, aprovechando su aura espiritual, es recibido por todo el mundo como un gran defensor de los derechos humanos.

¿De los derechos humanos? ¿O de “sus” derechos humanos? Porque, en realidad, lo que reclaman el Dalai-lama y sus seguidores es un territorio que fue suyo. Y no para vivir, sino para gobernar. Como se sabe, los budistas denuncian el “genocidio cultural” de que está siendo objeto su país y exigen la independencia y la vuelta del gobierno que había antes de la invasión china de 1950. Muchas voces respaldan esta reivindicación. Al fin y al cabo, se trata de un pueblo oprimido. Y el Dalai-lama cuenta con muchas simpatías por el mundo, entre ellas las de toda una cohorte de artistas y famosos convertidos al budismo. Y aquí vuelven a entreverarse la política y la religión.

Pero la cosa no es tan sencilla como parece. Nunca lo es. Repasemos sucintamente la situación. China considera que el Tíbet siempre ha formado parte de su territorio. Y no le falta razón. De hecho, el Tíbet era desde el siglo XIII un departamento feudal del imperio chino. Numerosos monumentos imperiales tienen en sus frontones textos escritos en las cinco lenguas oficiales chinas, entre ellas el tibetano. Esta relación de “vasallaje” se rompió con el hundimiento de la China imperial en 1911. El decimotercer Dalai-lama se negó a reconocer la república china y proclamó la independencia del Tíbet. Los monjes budistas, que estaban en lo más alto de la escala social feudal y no eran precisamente un dechado de virtudes democráticas, gobernaron de manera absolutista hasta que en 1950 el Ejército de Popular de Liberación comunista invadió el país, creó un gobierno autónomo e instauró nuevas normas. Entre otras cosas, abolió la servidumbre -ya se sabe que los monjes no trabajan, y alguien tiene que hacerlo para ellos- suspendió los castigos corporales y las mutilaciones, y reconoció el estatus de la mujer.

En 1959, tras una insurrección fallida de los budistas de Lhasa, la capital, el Dalai-lama abandonó el Tíbet con 150.000 seguidores. Desde entonces, como ningún país de la comunidad internacional reconoce la independencia del Tíbet, el gobierno en el exilio se ha centrado en denunciar los ataques contra la cultura y la espiritualidad tibetanas y los atentados a los derechos humanos. Estas denuncias se concretan en cosas como que los funcionarios públicos no pueden practicar el budismo o que la lengua tibetana ha dejado de usarse en la administración. Por supuesto, denuncias todas ellas reales, porque no se pone en cuestión la represión del régimen comunista chino.
Pekín destina todos los años cientos de millones de yuanes al desarrollo de la región. Los budistas afirman que sólo sirven para que cientos de comerciantes chinos se estén asentando en la región y excluyendo a la población autóctona. Incluso se han opuesto a la construcción de una línea férrea que les une con el resto del país porque “facilitará el control chino del Tíbet, implicará la llegada de numerosos emigrantes chinos y se llevará los recursos naturales ya sobreexplotados”.

Lo cierto es que el Tíbet, que ocupa casi un cuarto de la superficie de China, es apetecible también por su riqueza natural y su situación geoestratégica. Pekín lo considera indispensable para su seguridad. La altitud de sus montañas permite vigilar estrechamente lo que ocurre en las tierras de sus vecinos tanto indios como rusos. Por no hablar de sus abundantes minerales, principalmente cobre, y la reserva hidráulica que supone los grandes ríos como el Mekong o el Bramaputra. Por lo demás, China tiene muy presente el desmenuzamiento de la Unión Soviética en los años 90 y teme que cualquier cesión a los tibetanos provoque nuevas reivindicaciones de otras minorías, como los oigures del Turkestán, al oeste del país, de religión musulmana, o los mongoles del Gobi, al norte.

Pero volvamos a nuestros budistas. Además de la independencia, ¿es una vuelta a aquel régimen teocrático lo que reclaman? ¿O se han democratizado y serán capaces de distinguir de verdad entre religión y política? ¿Estarían dispuestos, llegado el caso, a respetar la libertad religiosa que piden? No está claro. El ejemplo de Bután, el último reino budista independiente que queda en el Himalaya, no es muy favorable para la tesis de los lamas: hace apenas unos años, en virtud de una idea de supremacía étnica fuertemente arraigada entre ellos, el rey hizo eliminar violentamente a la minoría de origen nepalés. Por no hablar de los testigos que, en medio las protestas contra China del año pasado, vieron en Lhasa cómo grupos de tibetanos se dedicaban a agredir a musulmanes… En fin, y a pesar de la radical postura no violenta que preconiza su santidad el dalai, el budismo tibetano llega a justificar para salvar el dharma, su ley universal. Esto es, cuando la identidad budista se sienta amenazada.

Sea como fuere, la figura del Dalai-lama sigue fascinando a Occidente. De las razones religiosas, espirituales y de otro jaez para esta fascinación habría mucho que decir. Lo haremos aquí el mes que viene.

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