Por qué el patriarca de Constantinopla no quiso bendecir al papa

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Durante su gira por Turquía, el papa Francisco se entrevistó con el patriarca ortodoxo Bartolomé I. ¿Por qué el patriarca de Constantinopla no quiso bendecir al papa Francisco? Si todo el mundo pudo ver el gesto increíble del obispo de Roma, el sábado 29 de noviembre en Estambul, pidiendo la bendición con la cabeza inclinada, pocos son los que notaron que, en realidad, el patriarca dio un respingo, rechazando la bendición para finalmente besar la cabeza, en un gesto afectuoso.

Una petición inaudita

¿Timidez? ¿Reticencia? No. Sin ninguna duda, el patriarca quedó sorprendido por la petición. Que resulta, por lo demás, inaudita: una manera de señalar, casi mil años después del Gran Cisma de 1054, que el obispo de Roma rechaza situarse por encima de otras Iglesias cristianas y considerar que solo la católica es poseedora de la verdad. Un gesto que recuerda otro gesto, igualmente imprevisto del papa Pablo VI, en 1975, arrodillándose ante el metropolita Melitón, enviado del patriarca Demetrio, para besarle los pies.

Sin embargo, esta vez, el patriarca Bartolomé apenas dudó un segundo: no podía de ninguna manera aceptar la petición de bendición. Hubiera sido ir demasiado lejos respecto a otros patriarcas ortodoxos -hostiles a Roma- y hubiera provocado la cólera y la incomprensión del poderoso patriarca de Moscú. De hecho, la condena del conflicto ucraniano, en la declaración conjunta que firmaron ese mismo día Bartolomé y Francisco, ha levantado ya ampollas en la capital rusa.

Ruptura con la Dominus Iesus

¿Fue, entonces, un gesto inútil? No, porque resume, por sí solo, la concepción del ecumenismo desarrollada por Francisco, al día siguiente, en un discurso esencial durante la liturgia común. Un texto que abre una nueva etapa en el diálogo ecuménico, catorce años después de la declaración Dominus Iesus del cardenal Ratzinger.

Deseando terminar con una aproximación estrictamente teológica, el papa definió a partir de dos términos lo que él entiende como primacía de Pedro, punto de fricción entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas: ni sumisión ni absorción. Es decir, la Iglesia católica no busca imponer la jurisdicción del papa en todo el mundo. Tampoco desea absorber a los ortodoxos haciéndoles entrar dentro de la Iglesia católica.

En el año 2000, la Dominus Iesus, que afirmaba a la católica como la única Iglesia en posesión de la plenitud de la salvación, provocó el alejamiento de las “Iglesias hermanas” ortodoxas. Para Francisco, estas reservas no tienen sentido y los obstáculos teológicos no deben impedir la vuelta a la comunión plena; ésta es posible, dice el papa, puesto que la confesión de fe es la misma.

Entonces, ¿qué queda por hacer para acabar con un milenario de separación entre Occidente y Oriente? Que la Iglesia ortodoxa esté dispuesta a responder a esta petición. Lo que no es el caso, mientras se encuentra inmersa en sus múltiples problemas nacionales -como muestra la deriva política de la Iglesia de Moscú- y desgarrada por los conflictos entre las diferentes autocefalias de cada Iglesia nacional. El rechazo, discreto pero firme, de Bartolomé al gesto de Francisco no quería significar otra cosa.

*Artículo publicado en La-Croix.com (traducción Luis Fermín Moreno)

¿Tienen católicos y ortodoxos la misma visión del primado?

Jean-François Colosimo, teólogo ortodoxo*

La cuestión del primado y de cómo ejercerlo constituye hoy el principal obstáculo para la unidad de las Iglesias católica y ortodoxa. Estas diferencias tienen que ver a la vez con la naturaleza y con la historia de la Iglesia. Para la ortodoxia, todas las Iglesias locales se consideran situadas en el mismo plano de igualdad. “Allí donde está el obispo, allí está la Iglesia”, escribió San Ignacio de Antioquía, explicando que todos los obispos tienen los mismos poderes, cualesquiera que sean sus títulos o la antigüedad de su sede. Para los católicos, por el contrario, la fuente de unidad es la comunión con el papa.

Las Iglesias ortodoxas aceptaron siempre la primacía universal de la sede de Roma, capital del imperio y lugar de martirio de Pedro y Pablo. Esta primacía confiere, sobre todo al papa, la posibilidad de convocar concilios y la capacidad de arbitrar en caso de conflictos.

Pero, a partir de la ruptura progresiva entre Oriente y Occidente desde el siglo V, el papado vivió un desarrollo histórico propio: de San Gregorio Magno (590-614) a la proclamación del dogma de la infalibilidad (1870). Así, el poder atribuido al papa de pronunciar ex-cathedra declaraciones doctrinales es totalmente inconcebible desde la óptica de la tradición conciliar ortodoxa. No es el papa de Roma lo que molesta a los ortodoxos, sino la existencia de todo un sistema institucional y administrativo –la curia- que controla a partir de un centro todas las periferias.

Los debates actuales no tratan, pues, sobre la noción del primado, sino sobre el modo de ejercerlo. En 2000, Juan Pablo II abrió una puerta con la encíclia Ut unum sint (“Que sean una”). Francisco, haciéndose llamar “obispo de Roma” desde su elección y promoviendo una amplia reflexión sobre la colegialidad en la Iglesia católica, va mucho más lejos que todos sus predecesores. De hecho, se está mostrando en perfecta consonancia con la eclesiología ortodoxa, que concibe el primado como una “presidencia en la caridad”.

¿Y qué hacemos con la historia? ¿Cómo integrar en una comunión futura los siglos que cada Iglesia ha pasado separada? La católica –históricamente marcada por la hipercentralización- no se va a hacer ortodoxa, ni la Iglesia ortodoxa –que corre un riesgo perpetuo de estallido- se va a someter a un papado “light” cuando, en su propio seno, Moscú y Constantinopla se enfrentan por la jurisdicción de una ortodoxia de amplitud hoy planetaria.

Por eso, el papa Francisco invita a todos los cristianos a plantearnos la cuestión: ¿qué significa la comunión desde el punto de vista de la tradición apostólica? ¿Cómo vivir en el tercer milenio para acabar con el escándalo de la división y proponer al mundo un testimonio verdadero de salvación?

Francisco y Bartolomé prefieren comenzar por los cimientos, sin otra condición que la profesión de fe común y la constatación de que hoy la unidad de los cristianos se está mostrando en el martirio, de la misma manera que cuando el cristianismo vio la luz.

*Publicado en La Croix. Traducción L.F.M.

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