Teología feminista y luchas migrantes

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Foto: Territorio DomésticoHace unos años, la teóloga feminista española Pilar de Miguel afirmaba que “Mientras exista sexismo en la Iglesia y en las ciencias la vida de una mujer consciente en la Iglesia no podrá ser otra cosa que vivir en las fronteras”. Hablar hoy de fronteras, en el contexto del endurecimiento salvaje de las leyes migratorias y sus consecuencias en los cuerpos violentados y resilientes de las mujeres que intentan cruzarlas, no resulta en absoluto un recurso estilístico sino una resignificación política y simbólica aún más poderosa.

La frontera nos desafía a perder el miedo a cruzarnos y cruzar. Por eso, transitar fronteras, residir militantemente en ellas, nos lleva a transgredir su lógica excluyente y a abrirnos a la novedad. La frontera es lugar donde se gestan nuevas identidades, también para los feminismos. Gloria Anzaldúa utiliza la categoría “identidades fronterizas” para referirse a la situación en la que se encuentran muchas mujeres que viven en el cruce de fronteras culturales, sociales, de género, raza, sexualidad y clase. Es imposible articular un feminismo que prescinda del sexismo, del racismo, del heterosexismo y de las diferencias de estatus económico, puesto que todo ello interactúa en la realidad concreta de mujeres concretas.

Las luchas de las mujeres sin papeles por la ciudadanía y las de las trabajadoras domésticas contra las cadenas globales de cuidados, la explotación y la invisibilización de su trabajo representan algunos aspectos emergentes de estos feminismos. La teología feminista como decía el lema de una celebración del 8 marzo en Madrid hace unos años “el feminismo está en la calle”.

La calle, la plaza pública, es lugar donde la sabiduría corre y pide ser escuchada y proclamada, como nos evoca, entre otros textos bíblicos, el libro del Apocalipsis: “En medio de las plaza y en los márgenes del río crece el árbol de la vida” (Ap22, 2). Así, los movimientos sociales protagonizados por las mujeres son también un escenario privilegiado para la teología feminista.

¿Puede haber una teología feminista que no se alíe y mezcle con el pensamiento, el cuerpo, la palabra, la espiritualidad, las rabias, los sueños, propuestas, visiones, etc. de las mujeres más empobrecidas en nuestros contextos? ¿Puede la teología feminista quedarse al margen de la crítica y la propuesta amasada con otros movimientos de mujeres ante la crisis que atraviesa Europa y sus repercusiones en las vidas de las mujeres, especialmente de las más precarizadas y excluidas (desmantelamiento de lo público, precariedad y explotación en el empleo, restricciones sociales, económicas, sanitarias, que retorna a las mujeres a posiciones de dependencia y reclusión)?

Quiero concretar este atrevimiento en la experiencia de las luchas de las mujeres sin papeles y las empleadas de hogar desde el colectivo Territorio Doméstico bajo el lema: “Porque sin nosotras no se mueve el mundo”.

Cadenas de cuidados

Territorio Doméstico es un movimiento de mujeres que se define a sí mismo como mestizo, tansfronterizo y feminista, formado por mujeres de diversas religiones y de ninguna, mujeres de origen dominicano, colombiano, ecuatoriano, rumano, español, senegalés, bangladeshí, boliviano, argentino, chileno, marroquí, francés, etc. Mujeres que desafiamos las fronteras en busca de una vida mejor y, como nuevas sirofenicias, reclamamos participar en la mesa de los derechos. Nuestro discurso es un discurso en primera persona desde la diversidad y un discurso común que construimos como feministas, como empleadas de hogar, como mujeres que reivindicamos otra reorganización social de los cuidados y el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras domésticas, ya tengan papeles o no.

Nacimos como movimiento de mujeres en el año 2006, a partir de la celebración de las I Jornadas de cuidados, organizadas por la red de cuidados de la coordinadora feminista de Madrid. Denunciamos la crisis global de cuidados y sus consecuencias en nuestras vidas como una crisis que tiene consecuencias trasnacionales y que nos afecta a todas las mujeres de sur a norte del planeta, aunque de manera muy desigual.

Reconocemos que los cuidados son el trabajo de sostenimiento de la vida pero también el más invisible y devaluado por estar histórica y sistémicamente identificado con las mujeres y el ámbito de lo privado. Las cadenas de cuidados se reproducen porque nosotras también necesitamos contar con otras mujeres para que cuiden de los nuestros. Y así la cadena se reproduce y reproduce siempre con un sujeto femenino que cuida, pero a la que no se le reconoce el derecho a no cuidar ni el autocuidado.

Las cadenas globales de cuidados sostienen cotidianamente la vida. Se transfieren trabajos de cuidados de unos hogares a otros en base a ejes de poder, entre ellos el género, la etnia, la clase y el lugar de procedencia.

Denunciamos las cadenas globales de cuidados como una nueva perversión del sistema neoliberal patriarcal sobre las mujeres. Nos apoyamos unas a otras en nuestras luchas por su desmantelamiento tanto en las estructuras sociales como en nuestra forma de relacionarnos y organizarnos.

Otra tarta, otro sistema

La crisis que atraviesa Europa nos golpea duramente como mujeres y como trabajadoras e intensifica especialmente su violencia con las compañeras sin papeles. Nosotras creemos que esta crisis es una crisis mundial y no se arregla solo con recortes y ni siquiera con otro reparto, sino con otro sistema. “No queremos un trozo más grande del pastel, sino otra tarta”, reza uno de nuestros lemas. Un sistema, por ejemplo, que reconozca el cuidado como sostén de la vida y como un derecho: el derecho a cuidar y ser cuidada y el derecho también a no cuidar, un derecho que ha de ser asumido por los grandes ausentes de él: los varones y el Estado.

Otro de nuestros lemas preferidos es “Querían brazos y llegamos personas”. También este eslogan define bien nuestra lucha: somos personas, no mano de obra ni mercancía para el mercado; somos mujeres con palabra propia, con proyectos, mujeres activas y protagonistas en los cambios sociales. Nuestra metodología es la generación de procesos de acción–reflexión–acción como forma de “empoderamiento” personal y colectivo y nuestro escenario está en las asambleas de mujeres donde, a partir de las experiencias y reflexiones compartidas y los talleres, gestamos pensamiento y praxis colectiva y mestiza en las calles de nuestras ciudades.

Nos vamos haciendo expertas en reciclar nuestros sueños y esperanzas, que se rompen a diario con la aplicación cada vez más dura de las leyes de extranjería que se pactan en Bruselas, como lo pone de manifiesto la impunidad con que se están realizando en numerosos países europeos los controles racistas de identidad o redadas indiscriminadas, ingreso en los CIE, deportaciones y vulneración de derechos, desde los acuerdos de la denominada “Directiva de la vergüenza”.

El mestizaje autóctonas-migrantes contra la ley de extranjería y la lucha contra la explotación de las empleadas de hogar nos hace poderosas y creativas en nuestro activismo contra las fórmulas legales que institucionalizan la desigualdad.

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