Sin IBAN no eres nadie

Decía aquella ranchera de Vicente Fernandez que “con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero y su palabra es mi ley”, sin darse cuenta de que hoy en dia puedes tener mucho dinero, pero si no tienes uno de esos 20 dígitos que componen lo que se ha venido a llamar IBAN (siglas en inglés del Número Bancario Internacional), no vas a ninguna parte ni puedes hacer lo que quieras. 

Viene esta reflexión al hilo de un comentario volcado no hace mucho en las redes sociales por las buenas gentes de San Carlos Borromeo que venían a preguntarse por qué los bancos no se dedican -también- a que personas sin recursos puedan abrir una cuenta bancaria: Si eres pobre no tienes derecho a IBAN pero sí a disfrutar de todo el paternalismo social que la banca organiza. 

Efectivamente. Hay un viejo dicho bancario que establece que los bancos solo prestan al que demuestra que ya tiene dinero. Actualizado a los tiempos que corren viene a ampliarse a que solo puede abrir una cuenta en un banco aquel que demuestra que puede llenarla. ¡Claro! un banco es un negocio, no una ONG, nos dirán, y una cuenta corriente (un IBAN) es uno de los instrumentos (el primero, el básico, la puerta de entrada) para que el banco gane. 

Hasta aquí todo clarísimo. Sin embargo, hemos organizado toda nuestra economía en torno a esos 20 numeritos. Para cobrar una nómina, una factura (si queremos hacer las cosas bien), un subsidio, una ayuda, una prestación, el ingreso mínimo vital… hay que tenerlos. Si queremos alquilar un piso, hay que tenerlos. Empleadores, ventanillas sociales de ayuntamientos y mancomunidades, arrendadores de pisos, clientes, etc. nos van a pedir que les digamos nuestro número de cuenta para formalizar nuestra relación.

Así, en aras de la transparencia y para evitar delincuencias económicas organizadas (blanqueo de capitales, evasión fiscal) parece que tenemos todo controladito y vigilado, para que nadie se escape a, pongamos por ejemplo y solo como un ejemplo, Abu Dhabi. O, si se escapa, poder observar en qué se gasta el dinero que tiene a buen recaudo.

Ahora pensemos que somos, como decían los de San Carlos, pobres. De esos que no tenemos ingresos regulares ni esporádicos, pero sí una familia a la que alimentar. No tenemos una nómina, una pensión, un papel que justifique el origen de lo que ingresamos. Nos han concedido el Ingreso Mínimo Vital tras no pocas vicisitudes y el funcionario/a de turno nos ha pedido el número de cuenta del banco, esa que no tenemos porque el banco no nos ha dejado abrir. Somos pobres y por lo tanto sospechosos. 

Pensemos que somos una persona solicitante de asilo, médica, abogada, arquitecta… Tuvimos que salir huyendo porque en nuestro país nos perseguían por nuestras ideas, nuestra orientación sexual o simplemente por osar ejercer nuestra profesión siendo mujeres. Al llegar a España nos han dado una cartulina (literal) roja, sin plastificar, con nuestra foto pegada con pegamento de barra y nos han asegurado que con ella podremos ejercer todos nuestros derechos. 

Y colegas de profesión españoles, al enterarse que estábamos aquí y conocedores de nuestro buen hacer y de nuestra profesionalidad nos han ofrecido trabajar con ellos. Y al ir firmar el contrato hay un espacio que dice “IBAN”. Y nosotros no podemos ponerlo porque no tenemos, porque cuando hemos ido al banco a abrir una cuenta corriente y decir de dónde venimos resulta que nuestro tercermundista país, precisamente por eso, por tercermundista, está en una lista de países sospechosos. Lista que automáticamente convierte a todas sus ciudadanas y ciudadanos en sospechosas por el mero hecho de haber nacido allí.

La sociedad de consumo, desarrollada, rica nos identifica por nuestro número de cuenta corriente. Si él no somos nadie ni vamos a ningún lado. Es el círculo vicioso de la exclusión, una vez más. Un círculo que se inicia con la ley de blanqueo de capitales, el control de la solvencia de la banca por parte del Banco de España y resto de autoridades monetarias. Un círculo que les impide, aún queriendo, aún deseándolo como me consta que alguna de las bancas éticas de nuestro país quiere, atender esta situación. 

Hay atisbos de solución que pasan como es habitual por la tutela de la persona sin recursos: un aval de alguna entidad social, parroquia, ONG que diga que esa persona, aun siendo pobre, es de fiar, es buena persona, aunque no tenga dinero. Que no es un delincuente y no va a dejar de pagar impuestos ni va a usar al banco para blanquear fondos provenientes de actuaciones ilícitas. Vuelvo arriba, al inicio de esta columna. Si tienes dinero y lo puedes demostrar entonces nadie dudará. Si eres pobre y no tienes IBAN entonces dudarán de ti y de tus intenciones.

Dejo para una futura columna qué pasa si además eres una persona mayor de 80 años y no tienes un teléfono móvil de los que se conectan a internet, pero quieres conocer el estado de tu cartilla yendo, como has hecho toda la vida, a tu banco. Qué pasa cuando quieres ingresar o retirar dinero en ventanilla, no a través de una máquina incrustada en la pared. Lo dejo para otro día, porque en estos casos, afortunados ellos y ellas que al menos tienen un IBAN

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