El poder en la Iglesia

Ahora que está en marcha la configuración de una Iglesia sinodal, me parece pertinente hacer una reflexión sobre el poder en la Iglesia. No me quiero remontar a los altos niveles de decisión sino quedarme en el nivel más cercano de las vidas de los fieles.

Quiero comenzar con un recuerdo personal ya tan añejo que no creo pueda molestar a nadie.

Cuando el padre Sopeña abandonó la iglesia de Santo Tomás en la Ciudad Universitaria, siguieron las actividades –creo no equivocarme-  bajo la figura de  parroquia. Con el tiempo, la comunidad que la frecuentaba se dividió en dos bandos. Un grupo apoyaba al párroco con un modelo más convencional y otro, sostenido por el coadjutor, deseaba construir una parroquia democrática. Las tensiones hicieron que el párroco dimitiera y en consecuencia había que encontrar uno nuevo. El coadjutor estaba esperando poder dejar el trabajo pastoral para secularizarse y casarse.

La cosa no resultaba fácil porque los curas propuestos, personas valiosas, –Julio Lois,  Luis González-Carvajal- no eran aceptados porque los mandaban “ellos”, es decir, la jerarquía. Al final llegué yo a prueba, tanto para ellos como para mí.

A los seis meses anuncié que abandonaba y expliqué mis razones: aparte de un estilo que no compartía, se me había dicho que se trataba de  una comunidad democrática, pero en realidad era marxista-leninista. Es decir, había un grupo, una nomenklatur, que tomaba las decisiones y las imponía al resto de la comunidad. Se enfadaron mucho conmigo, me reprocharon que les había hecho perder medio año y que mi diagnóstico no era cierto. Si otro grupo quería imponer sus opciones no tenía más que convocar una asamblea y ganar una votación. Cosa que, naturalmente, nadie tenía intención de  hacer.

No hace falta recordar el diagnóstico tan acertado de Jesucristo y su recomendación: Los jefes de las naciones las oprimen y se hacen llamar bienhechores pero que no sea así entre vosotros.

Pensando en todo esto, se me ocurre lo siguiente: la Iglesia católica está estructurada en parroquias, es decir, en unidades pastorales ligadas a un territorio y las medidas y decisiones se encomiendan a un párroco. No es infrecuente que, cuando uno de ellos llega a una parroquia, cambie todo lo anterior e instaure un espíritu y unas actividades nuevas. Naturalmente, lo hace por el bien de los feligreses, y se tiene por tanto por bienhechor.

Pero también sucede  a veces que un grupo pretende hacerse con el poder y, con la anuencia o el desinterés del párroco, se erige en guía de la comunidad parroquial.

Entretanto, hay una mayoría ajena a estas cuestiones, que pertenece a la parroquia porque asiste a la misa dominical y participa acaso en alguna actividad y que acepta sin protestar lo que se le ofrece.

Tengo para mí que, en la medida en que este esquema de Iglesia se perpetúe, la cuestión de la autoridad seguirá sin resolverse. Pero imaginemos otro modelo. Durante un tiempo se hace un trabajo de concienciación, convenciendo a los fieles de que ser cristiano implica llevar a cabo un trabajo en el mundo. Ellos son la sal de la tierra. Esta misión no puede realizarse individualmente, requiere pertenecer a un grupo, a una pequeña comunidad que será, por definición, independiente y que irá descubriendo su vocación: atender a enfermos o personas solas, crear proyectos propios  o apoyar los ajenos, atender a emigrantes, tutelar a personas sin recursos, luchar contra la desigualdad… La gracia del grupo y la Gracia de Dios darán lugar a invenciones e iniciativas.

En este contexto, la eucaristía dominical no estará centrada en un sermón generalmente repetitivo sino en la puesta en común de esas ideas y proyectos y desembocará en  una acción de gracias por ellos. De tiempo en tiempo habrá una gran puesta en común de todos y un debate sobre su orientación y sus logros. Si hay que tomar decisiones para todos, se determinarán por consenso.

En este esquema, el cura tendrá autoridad sacramental pero no decisoria. Y en todo caso se prestará atención a los deseos de poder que existen en todo ser humano, en unos más que en otros. Siempre habrá quien quiera mandar teniéndose por bienhechor pero puede que no encuentre espacio para hacerlo en esa Iglesia sinodal.

Carlos F. Barberá
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