Por una de esas casualidades que tiene la vida, yo estuve presente a la hora del nacimiento de Alandar. Vivía entonces en la Dehesa de la Villa, cerca de la parroquia en la que estaba Julián del Olmo, y eso me facilitó estar presente en el momento del parto. Aporté las 100 pesetas que creo recordar se solicitaban para los gastos iniciales y ya en el primer número comencé a publicar la historia de la diócesis de Madrid-Alcalá en forma de cómic.

Pasaron los años y llegó el 1991, en el que Ramón Ajo, tercer director de la revista, decidió dejar ese puesto. Como ya he contado en alguna ocasión, Alandar buscaba un director y yo buscaba trabajo, de modo que fue un matrimonio de conveniencia pero que resultó feliz.

Yo no había dirigido ninguna revista y tuve que aprender deprisa. Sin embargo, como todos los sucesivos directores y directoras, en lo primero que me tuve que poner al día fue en los números… en los números rojos. En efecto, Alandar era deficitario y de cada cinco papeles que examinabas uno era una factura sin pagar. No sólo eso. De cuando en cuando alguien te daba un susto. Por ejemplo, cuando el de la imprenta, amigo de Julián, pretendió cobrar de golpe las deudas acumuladas. En otra ocasión Correos subió la tarifa del envío de una peseta ¡a once! En otro momento y contra toda razón, Hacienda nos exigió dos millones de pesetas sobre las que ya habíamos pagado de impuestos por la compra del local donde se hacía Alandar. Hubo que pagarlas.

Todo esto sirvió para hacerme más creyente porque pude comprobar que Jesús tenía razón cuando hablaba de los lirios del campo y de las revistas utópicas. Por ejemplo: en marzo de 2001, más agobiado que de costumbre y con una serie de problemas burocráticos y financieros, puse un titular en la portada: Necesitamos 35 hombres justos, con el doble sentido que la frase conlleva. Se trataba de encontrar 35 personas que aportasen 100.000 pesetas cada una. Dos meses más tarde ya se habían encontrado los tres millones y medio.

Otra experiencia –ésta menos alentadora- tuvo que ver con los colaboradores que me encontré. Al llegar yo, las personas que habían participado en los primeros años de la revista se fueron escapando poco a poco. Sin duda hubiera entendido que alegaran que ya llevaban mucho tiempo, que habían querido ayudar a Julián del Olmo… No fue así. Fueron desapareciendo uno tras otro y tuve que ir improvisando un nuevo consejo de redacción. Verdad es que mi madre me inculcó siempre que lo que puedas hacer tú solo mejor lo haces así. Comprendo que no es el mejor criterio para un director de una revista.

Hay que añadir sin embargo que los voluntarios y voluntarias que cubrían la secretaría, empaquetaban, mantenían la relación con los lectores… se mantuvieron fieles a su trabajo oculto pero bien importante.

Mi tiempo en Alandar era aun un tiempo muy manual, apenas se usaba el ordenador y la imprenta componía todos los textos en plomo para la linotipia. Tiempos prehistóricos, vistos desde ahora pero que para mí resultaban apasionantes. Cada mes hacía la experiencia de reunir un montón de escritos, de cartas, de documentos, de dibujos, de fotografías, ver cómo salían para la imprenta con un diseño rudimentario y recibir de vuelta las veinte páginas ordenadas, interesantes y jugosas de un nuevo número de Alandar, con una visión esperanzada de la Iglesia y del mundo.

Lo dije antes y lo repito: para mí fueron diez años de un matrimonio feliz.